Cuentos:El Cuello de la Botella

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El Cuello de la Botella

Cuento de Hans Christian Andersen


El Cuello de la Botella

En una tortuosa callejuela, entre varias m√≠seras casuchas, se alzaba una de paredes entramadas, alta y desvencijada. Viv√≠an en ella gente muy pobre; y lo m√°s m√≠sero de todo era la buhardilla, en cuya ventanuco colgaba, a la luz del sol, una vieja jaula abollada que ni siquiera ten√≠a bebedero; en su lugar hab√≠a un gollete de botella puesto del rev√©s, tapado por debajo con un tap√≥n de corcho y lleno de agua. Una vieja solterona estaba asomada al exterior; acababa de adornar con pr√≠mulas la jaula donde un diminuto pardillo saltaba de uno a otro palo cantando tan alegremente, que su voz resonaba a gran distancia. ¬ę¬°Ay, bien puedes t√ļ cantar! -exclam√≥ el gollete. Bueno, no es que lo dijera como lo decimos nosotros, pues un casco de botella no puede hablar, pero lo pens√≥ a su manera, como nosotros cuando hablamos para nuestros adentros -. S√≠, t√ļ puedes cantar, pues no te falta ning√ļn miembro. Si t√ļ supieras, como yo lo s√©, lo que significa haber perdido toda la parte inferior del cuerpo, sin quedarme m√°s que cuello y boca, y aun √©sta con un tap√≥n metido dentro... Seguro que no cantar√≠as. Pero vale m√°s as√≠, que siquiera t√ļ puedas alegrarte. Yo no tengo ning√ļn motivo para cantar, aparte que no s√© hacerlo; antes s√≠ sab√≠a, cuando era una botella hecha y derecha, y me frotaban con un tap√≥n. Era entonces una verdadera alondra, me llamaban la gran alondra. Y luego, cuando viv√≠a en el bosque, con la familia del pellejero y celebraron la boda de su hija... Me acuerdo como si fuese ayer. ¬°La de aventuras que he pasado, y que podr√≠a contarte! He estado en el fuego y en el agua, metida en la negra tierra, y he subido a alturas que muy pocos han alcanzado, y ah√≠ me tienes ahora en esta jaula, expuesta al aire y al sol. A lo mejor te gustar√≠a o√≠r mi historia, aunque no la voy a contar en voz alta, pues no puedo¬Ľ. Y as√≠ el gollete de botella - hablando para s√≠, o por lo menos pens√°ndolo para sus adentros - empez√≥ a contar su historia, que era notable de verdad. Entretanto, el pajarillo cantaba su alegre canci√≥n, y abajo en la calle todo el mundo iba y ven√≠a, pensando cada cual en sus problemas o en nada. Pero el gollete de la botella recuerda que recuerda. Vio el horno ardiente de la f√°brica donde, soplando, le hab√≠an dado vida; record√≥ que hac√≠a un calor sofocante en aquel horno estrepitoso, lugar de su nacimiento; que mirando a sus honduras le hab√≠an entrado ganas de saltar de nuevo a ellas, pero que, poco a poco, al irse enfriando, se fue sintiendo bien y a gusto en su nuevo sitio, en hilera con un regimiento entero de hermanos y hermanas, nacidas todas en el mismo horno, aunque unas destinadas a contener champa√Īa y otras cerveza, lo cual no era poca diferencia. M√°s tarde, ya en el ancho mundo, cabe muy bien que en una botella de cerveza se envase el exquisito ¬ęlacrimae Christi¬Ľ, y que en una botella de champa√Īa echen bet√ļn de calzado; pero siempre queda la forma, como ejecutoria del nacimiento. El noble es siempre noble, aunque por dentro est√© lleno de bet√ļn. Despu√©s de un rato, todas las botellas fueron embaladas, la nuestra con las dem√°s. No pensaba entonces ella que acabar√≠a en simple gollete y que servir√≠a de bebedero de p√°jaro en aquellas alturas, lo cual no deja de ser una existencia honrosa, pues siquiera se es algo. No volvi√≥ a ver la luz del d√≠a hasta que la desembalaron en la bodega de un cosechero, junto con sus compa√Īeras, y la enjuagaron por primera vez, cosa que le produjo una sensaci√≥n extra√Īa. Qued√≥se all√≠ vac√≠a y sin tapar, presa de un curioso desfallecimiento. Algo le faltaba, no sab√≠a qu√© a punto fijo, pero algo. Hasta que la llenaron de vino, un vino viejo y de solera; la taparon y lacraron, peg√°ndole a continuaci√≥n un papel en que se le√≠a: ¬ęPrimera calidad¬Ľ. Era como sacar sobresaliente en el examen; pero es que en realidad el vino era bueno, y la botella, buena tambi√©n. Cuando se es joven, todo el mundo se siente poeta. La botella se sent√≠a llena de canciones y versos referentes a cosas de las que no ten√≠a la menor idea: las verdes monta√Īas soleadas, donde maduran las uvas y donde las retozonas muchachas y los bulliciosos mozos cantan y se besan. ¬°Ah, qu√© bella es la vida! Todo aquello cantaba y resonaba en el interior de la botella, lo mismo que ocurre en el de los j√≥venes poetas, que con frecuencia tampoco saben nada de todo aquello. Un buen d√≠a la vendieron. El aprendiz del peletero fue enviado a comprar una botella de vino ¬ędel mejor¬Ľ, y as√≠ fue ella a parar al cesto, junto con jam√≥n, salchichas y queso, sin que faltaran tampoco una mantequilla de magn√≠fico aspecto y un pan exquisito. La propia hija del peletero vaci√≥ el cesto. Era joven y linda; re√≠an sus ojos azules, y una sonrisa se dibujaba en su boca, que hablaba tan elocuentemente como sus ojos. Sus manos eran finas y delicadas, y muy blancas, aun que no tanto como el cuello y el pecho. Ve√≠ase a la legua que era una de las mozas m√°s bellas de la ciudad, y, sin embargo, no estaba prometida. Cuando la familia sali√≥ al bosque, la cesta de la comida qued√≥ en el regazo de la hija; el cuello de la botella asomaba por entre los extremos del blanco pa√Īuelo; cubr√≠a el tap√≥n un sello de lacre rojo, que miraba al rostro de la muchacha. Pero no dejaba de echar tampoco ojeadas al joven marino, sentado a su lado. Era un amigo de infancia, hijo de un pintor retratista. Acababa de pasar felizmente su examen de piloto, y al d√≠a siguiente se embarcaba en una nave con rumbo a lejanos pa√≠ses. De ello hab√≠an estado hablando largamente mientras empaquetaban, y en el curso de la conversaci√≥n no se hab√≠a reflejado mucha alegr√≠a en los ojos y en la boca de la linda hija del peletero. Los dos j√≥venes se metieron por el verde bosque, enzarzados en un coloquio. ¬ŅDe qu√© hablar√≠an? La botella no lo oy√≥, pues se hab√≠a quedado en la cesta. Pas√≥ mucho rato antes de que la sacaran, pero cuando al fin, lo hicieron, hab√≠an sucedido cosas muy agradables; todos los ojos estaban sonrientes, incluso los de la hija, la cual apenas abr√≠a la boca, y ten√≠a las mejillas encendidas como rosas encarnadas. El padre cogi√≥ la botella llena y el sacacorchos. Es extra√Īo, s√≠, la impresi√≥n que se siente cuando a una la descorchan por vez primera. Jam√°s olvid√≥ el cuello de la botella aquel momento solemne; al saltar el tap√≥n le hab√≠a escapado de dentro un raro sonido, ¬ę¬°plump!¬Ľ, seguido de un gorgoteo al caer el vino en los vasos. - ¬°Por la felicidad de los prometidos! - dijo el padre, y todos los vasos se vaciaron hasta la √ļltima gota, mientras el joven piloto besaba a su hermosa novia. - ¬°Dichas y bendiciones! -exclamaron los dos viejos. El mozo volvi√≥ a llenar los vasos. - ¬°Por mi regreso y por la boda de hoy en un a√Īo! -brind√≥, y cuando los vasos volvieron a quedar vac√≠os, levantando la botella, a√Īadi√≥: - ¬°Has asistido al d√≠a m√°s hermoso de mi vida; nunca m√°s volver√°s a servir! -. Y la arroj√≥ al aire. Poco pens√≥ entonces la muchacha que a√ļn ver√≠a volar otras veces la botella; y, sin embargo, as√≠ fue. La botella fue a caer en el espeso ca√Īaveral de un peque√Īo estanque que hab√≠a en el bosque; el gollete recordaba a√ļn perfectamente c√≥mo hab√≠a ido a parar all√≠ y c√≥mo hab√≠a pensado: ¬ęLes di vino y ellos me devuelven agua cenagosa; su intenci√≥n era buena, de todos modos¬Ľ. No pod√≠a ya ver a la pareja de novios ni a sus regocijados padres, pero durante largo rato los estuvo oyendo cantar y charlar alegremente. Llegaron en esto dos chiquillos campesinos, que, mirando por entre las ca√Īas, descubrieron la botella y se la llevaron a casa. Volv√≠a a estar atendida. En la casa del bosque donde moraban los muchachos, la v√≠spera hab√≠a llegado su hermano mayor, que era marino, para despedirse, pues iba a emprender un largo viaje. Corr√≠a la madre de un lado para otro empaquetando cosas y m√°s cosas; al anochecer, el padre ir√≠a a la ciudad a ver a su hijo por √ļltima vez antes de su partida, y a llevarle el √ļltimo saludo de la madre. Hab√≠a puesto ya en el hato una botellita de aguardiente de hierbas arom√°ticas, cuando se presentaron los muchachitos con la botella encontrada, que era mayor y m√°s resistente. Su capacidad era superior a la de la botellita, y el licor era muy bueno para el dolor de est√≥mago, pues entre otras muchas hierbas, conten√≠a corazoncillo. Esta vez no llenaron la botella con vino, como la anterior, sino con una poci√≥n amarga, aunque excelente, para el est√≥mago. La nueva botella reemplaz√≥ a la antigua, y as√≠ reanud√≥ aqu√©lla sus correr√≠as. Pas√≥ a bordo del barco propiedad de Peter Jensen, justamente el mismo en el que serv√≠a el joven piloto, el cual no vio la botella, aparte que lo m√°s probable es que no la hubiera reconocido ni pensado que era la misma con cuyo contenido hab√≠an brindado por su noviazgo y su feliz regreso. Aunque no era vino lo que la llenaba, no era menos bueno su contenido. A Peter Jensen lo llamaban sus compa√Īeros ¬ęEl boticario¬Ľ, pues a cada momento sacaba la botella y administraba a alguien la excelente medicina - excelente para el est√≥mago, entend√°monos -; y aquello dur√≥ hasta que se hubo consumido la √ļltima gota. Fueron d√≠as felices, y la botella sol√≠a cantar cuando la frotaban con el tap√≥n. De entonces le vino el nombre de alondra, la alondra de Peter Jensen. Hab√≠a transcurrido un largo tiempo, y la botella hab√≠a sido dejada, vac√≠a, en un rinc√≥n; mas he aqu√≠ que - si la cosa ocurri√≥ durante el viaje de ida o el de vuelta, la botella no lo supo nunca a punto fijo, pues jam√°s desembarc√≥ - se levant√≥ una tempestad. Olas enormes negras y densas, se encabritaban, levantaban el barco hasta las nubes y lo lanzaban en todas direcciones; quebr√≥se el palo mayor, un golpe de mar abri√≥ una v√≠a de agua, y las bombas resultaban in√ļtiles. Era una noche oscura como boca de lobo, y el barco se iba a pique; en el √ļltimo momento, el joven piloto escribi√≥ en una hoja de papel: ¬ę¬°En el nombre de Dios, naufragamos!¬Ľ. Estamp√≥ el nombre de su prometida, el suyo propio y el del buque, meti√≥ el papel en una botella vac√≠a que encontr√≥ a mano y, tap√°ndola fuertemente, la arroj√≥ al mar tempestuoso. Ignoraba que era la misma que hab√≠a servido para llenar los vasos de la alegr√≠a y de la esperanza. Ahora flotaba entre las olas llevando un mensaje de adi√≥s y de muerte. Hundi√≥se el barco, y con √©l la tripulaci√≥n, mientras la botella volaba como un p√°jaro, llevando dentro un coraz√≥n, una carta de amor. Y sali√≥ el sol y se puso de nuevo, y a la botella le pareci√≥ como si volviese a los tiempos de su infancia, en que ve√≠a el rojo horno ardiente. Vivi√≥ per√≠odos de calma y nuevas tempestades, pero ni se estrell√≥ contra una roca ni fue tragada por un tibur√≥n. M√°s de un a√Īo estuvo flotando al azar, ora hacia el Norte, ora hacia Mediod√≠a, a merced de las corrientes marinas. Por lo dem√°s, era due√Īa de s√≠, pero al cabo de un tiempo uno llega a cansarse incluso de esto. La hoja escrita, con el √ļltimo adi√≥s del novio a su prometida, s√≥lo duelo habr√≠a tra√≠do, suponiendo que hubiese ido a parar a las manos a que iba destinada. Pero, ¬Ņd√≥nde estaban aquellas manos, tan blancas cuando, all√° en el verde bosque, se extend√≠an sobre la jugosa hierba el d√≠a del noviazgo? ¬ŅD√≥nde estaba la hija del peletero? ¬ŅD√≥nde se hallaba su tierra, y cu√°l ser√≠a la m√°s pr√≥xima? La botella lo ignoraba; segu√≠a en su eterno vaiv√©n, y al fin se sent√≠a ya harta de aquella vida; su destino era otro. Con todo, continu√≥ su viaje, hasta que, finalmente, fue arrojada a la costa, en un pa√≠s extra√Īo. No comprend√≠a una palabra de lo que las gentes hablaban; no era la lengua que oyera en otros tiempos, y uno se siente muy desvalido cuando no entiende el idioma.

 

Cuento original de Hans Christian Andersen


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