Cuentos:El Jabalí de Bronce

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El Jabalí de Bronce

Cuento de Hans Christian Andersen


El Jabalí de Bronce

En la ciudad de Florencia, no lejos de la Piazza del Granduca, corre una calle transversal que, si mal no recuerdo, se llama Porta Rossa. En ella, frente a una especie de mercado de hortalizas, se levanta la curiosa figura de un jabal√≠ de bronce, esculpido con mucho arte. Agua l√≠mpida y fresca fluye de la boca del animal, que con el tiempo ha tomado un color verde oscuro. S√≥lo el hocico brilla, como si lo hubiesen pulimentado - y as√≠ es en efecto - por la acci√≥n de los muchos centenares de chiquillos y pobres que, cogi√©ndose a √©l con las manos, acercan la boca a la del animal para beber. Es un bonito cuadro el de la bien dibujada fiera abrazada por un gracioso rapaz medio desnudo, que aplica su fresca boca al hocico de bronce. A cualquier forastero que llegue a Florencia le es f√°cil encontrar el lugar; no tiene m√°s que preguntar por el jabal√≠ de bronce al primer mendigo que encuentre, seguro que lo guiar√°n a √©l. Era un anochecer del invierno; las monta√Īas aparec√≠an cubiertas de nieve, pero en el cielo brillaba la luna llena; y la luna llena en Italia es tan luminosa como un d√≠a gris de invierno de los pa√≠ses n√≥rdicos; y le gana a√ļn, pues el aire brilla y adquiere relieve, mientras que en el Norte el techo de plomo, fr√≠o y l√ļgubre, deprime al hombre, lo aplasta contra el suelo, ese suelo h√ļmedo y fr√≠o que un d√≠a cubrir√° su ata√ļd. Un chiquillo harapiento se hab√≠a pasado todo el d√≠a sentado en el jard√≠n del Gran Duque, bajo el tejado de pinos, donde incluso en invierno florecen las rosas por millares; un chiquillo que pod√≠a pasar por la imagen de Italia, tal era de hermoso, sonriente y, sin embargo, enfermizo de aspecto. Sufr√≠a hambre y sed, nadie le daba un c√©ntimo y al oscurecer - hora de cerrar el jard√≠n - el portero lo ech√≥. Durante un largo rato se estuvo entregado a sus ensue√Īos en el puente que cruza el Arno, contemplando las estrellas que se reflejaban en el agua, entre √©l y el magn√≠fico puente de m√°rmol ¬ędella Trinit√°¬Ľ. Se dirigi√≥ luego hacia el jabal√≠ de bronce, hinc√≥ la rodilla al llegar a √©l y, pasando los brazos alrededor del cuello de la figura, aplic√≥ la boca al reluciente hocico y bebi√≥ a grandes tragos de su fresca agua. Al lado yac√≠an unas hojas de lechuga y dos o tres casta√Īas; aquello fue su cena. En la calle no hab√≠a ni un alma; el chiquillo estaba completamente solo; sent√≥se sobre el dorso del jabal√≠, se apoy√≥ hacia delante, de manera que su rizada cabecita descansara sobre la del animal, y, sin darse cuenta, qued√≥se profundamente dormido. Al sonar la medianoche, el jabal√≠ de bronce se estremeci√≥, y el ni√Īo oy√≥ que dec√≠a: - ¬°ag√°rrate bien, chiquillo, que voy a correr! -. Y emprendi√≥ la carrera, con √©l a cuestas. ¬°Extra√Īo paseo! Primero llegaron a la Piazza del Granduca, donde el caballo de bronce de la estatua del pr√≠ncipe los acogi√≥ relinchando. El pol√≠cromo escudo de armas de las antiguas casas consistoriales brillaba como si fuese transparente, mientras el David de Miguel √Āngel bland√≠a su honda. Por doquier rebull√≠a una vida sorprendente. Los grupos de bronce que representan Perseo y el rapto de las Sabinas se agitaban fren√©ticamente; de la boca de las mujeres surgi√≥ un grito de mortal angustia, que reson√≥ en la gran plaza solitaria. El jabal√≠ de bronce se detuvo en el Palazzo degli Uffizi, bajo la arcada donde se re√ļne la nobleza en las fiestas de carnaval. - Ag√°rrate bien - repiti√≥ el animal - vamos a subir por esta escalera -. El ni√Īo permanec√≠a callado, entre tembloroso y feliz. Entraron en una larga galer√≠a, que √©l conoc√≠a muy bien; ya antes hab√≠a estado en ella. De las paredes colgaban magn√≠ficos cuadros, y hab√≠a estatuas y bustos, todo iluminado por viv√≠sima luz, como en pleno d√≠a. Pero lo m√°s hermoso vino cuando se abrieron las puertas que daban acceso a una sala contigua. El ni√Īo no hab√≠a olvidado cu√°n magn√≠fico era aquello, pero nunca lo hab√≠a visto tan esplendoroso como aquella noche. Hab√≠a all√≠ una maravillosa mujer desnuda, como s√≥lo pueden moldearla la Naturaleza y el cincel de los grandes maestros. Mov√≠a los graciosos miembros, delfiness altaban a sus pies, la inmortalidad brillaba en sus ojos. El mundo la llama la Venus de M√©dicis. Todo en torno reluc√≠an las estatuas de m√°rmol, en las que la pi edra aparec√≠a animada por la vida del esp√≠ritu: figuras de hombres magn√≠ficos, uno afilando la espada - por eso se le llama el Afilador -, m√°s all√° el grupo de los Pugilistas; la espada era aguzada, y los combatientes luchaban por la Diosa de la Belleza. El chiquillo estaba como deslumbrado por todo aquel esplendor; las paredes ard√≠an de color, y todo era vida y movimiento. Pod√≠an verse dos Venus, representando la Venus terrena, turgente y ardorosa, tal como Tiziano la hab√≠a apretado sobre su coraz√≥n. Eran dos soberbias figuras femeninas. Los bellos miembros desnudos se extend√≠an sobre los mullidos almohadones; el pecho se levantaba, y la cabeza se mov√≠a dejando caer los abundantes rizos en torno a los bien curvados hombros, mientras los oscuros ojos expresaban ardientes pensamientos. Pero ninguno de aquellos personajes osaba salir por completo de su marco. La propia Diosa de la Belleza, los Pugilistas y el Afilador, permanec√≠an en sus puestos, pues la Gloria que irradiaba de la Madonna, de Jes√ļs y San Juan, los manten√≠a sujetos. Las im√°genes de los santos no eran ya im√°genes, sino los santos en persona. ¬°Qu√© esplendor y qu√© belleza de sala en sala! Y el ni√Īo lo ve√≠a todo; el jabal√≠ de bronce avanzaba paso a paso por entre toda aquella magnificencia. Una visi√≥n eclipsaba a la otra, pero una sola imagen se fij√≥ en el alma del ni√Īo, seguramente por los ni√Īos alegres y dichosos que aparec√≠an en ella, y que el peque√Īo ya hab√≠a visto antes a la luz del d√≠a. Son muchos los que pasan por delante de aquel cuadro sin apenas reparar en √©l, y , sin embargo, encierra un tesoro de poes√≠a. Es Cristo descendiendo a los infiernos; pero a su alrededor no se ve a los condenados, sino a los paganos. El florentino Angiolo Bronzino pint√≥ aquel cuadro, lo m√°s sublime del cual es la certeza reflejada en el rostro de los ni√Īos, de que ir√°n al cielo: dos de ellos se abrazan ya; uno, muy chiquit√≠n, tiende la mano a otro que est√° a√ļn en el abismo, y se se√Īala a s√≠ mismo, como diciendo: ¬ę¬°Me voy al cielo!¬Ľ. Todos los restantes permanecen indecisos, esperando o inclin√°ndose humildemente ante Jes√ļs Nuestro Se√Īor. El ni√Īo emple√≥ en la contemplaci√≥n de aquel cuadro mucho m√°s rato que en todos los dem√°s. El jabal√≠ de bronce segu√≠a parado delante de √©l. Se percibi√≥ un leve suspiro; ¬Ņsal√≠a de la pintura o del pecho del animal? El ni√Īo extendi√≥ el brazo hacia los sonrientes peque√Īuelos del cuadro, y entonces el jabal√≠ prosigui√≥ su camino, saliendo por el abierto vest√≠bulo. - ¬°Gracias, y Dios te bendiga, buen animal! - exclam√≥ el muchacho, acariciando a su montura, que bajaba saltando las escaleras. - ¬°Gracias, y Dios te bendiga a ti! - respondi√≥ el jabal√≠ -. Yo te he prestado un servicio, y t√ļ me has prestado otro a m√≠, pues s√≥lo con una criatura inocente sobre el lomo me son dadas fuerzas para correr. ¬ŅVes?, hasta puedo entrar dentro del c√≠rculo de luz que viene de la l√°mpara colgada ante el cuadro de la Virgen. A todas partes puedo llevarte, excepto a la iglesia; pero si t√ļ est√°s conmigo, puedo mirar a su interior a trav√©s de la puerta abierta. No te apees de mi espalda; si lo haces, caer√© muerto, tal como me ves durante el d√≠a en la calle de la Porta Rossa. - Me quedar√© contigo, mi buen animal - respondi√≥ el ni√Īo; y el jabal√≠ emprendi√≥ veloz carrera por las calles de Florencia, no deteni√©ndose hasta llegar a la plaza donde se levanta la iglesia de Santa Croce.

 

Cuento original de Hans Christian Andersen


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