Cuentos:El Peque√Īo Tuk

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El Peque√Īo Tuk

Cuento de Hans Christian Andersen


El Peque√Īo Tuk

Pues s√≠, √©ste era el peque√Īo Tuk. En realidad no se llamaba as√≠, pero √©ste era el nombre que se daba a s√≠ mismo cuando a√ļn no sab√≠a hablar. Quer√≠a decir Carlos, es un detalle que conviene saber. Resulta que ten√≠a que cuidar de su hermanita Gustava, mucho menor que √©l, y luego ten√≠a que aprenderse sus lecciones; pero, ¬Ņc√≥mo atender a las dos cosas a la vez? El pobre muchachito ten√≠a a su hermana sentada sobre las rodillas y le cantaba todas las canciones que sab√≠a, mientras sus ojos echaban alguna que otra mirada al libro de Geograf√≠a, que ten√≠a abierto delante de √©l. Para el d√≠a siguiente habr√≠a de aprenderse de memoria todas las ciudades de Zelanda y saberse, adem√°s, cuanto de ellas conviene conocer. Lleg√≥ la madre a casa y se hizo cargo de Gustavita. Tuk corri√≥ a la ventana y se estuvo leyendo hasta que sus ojos no pudieron m√°s, pues hab√≠a ido oscureciendo y su madre no ten√≠a dinero para comprar velas. - Ah√≠ va la vieja lavandera del callej√≥n -dijo la madre, que se hab√≠a asomado a la ventana-. La pobre apenas puede arrastrarse y a√ļn tiene que cargar con el cubo lleno de agua desde la bomba. Anda, Tuk, s√© bueno y ve a ayudar a la pobre viejecita. Har√°s una buena acci√≥n. Tuk corri√≥ a la calle a ayudarla, pero cuando estuvo de regreso la oscuridad era completa, y como no hab√≠a que pensar en encender la luz, no tuvo m√°s remedio que acostarse. Su lecho era un viejo camastro y, tendido en √©l estuvo pensando en su lecci√≥n de Geograf√≠a, en Zelanda y todo lo que hab√≠a explicado el maestro. Debiera haber seguido estudiando, pero era imposible, y se meti√≥ el libro debajo de la almohada, porque hab√≠a o√≠do decir que aquello ayudaba a retener las lecciones en la mente; pero no hay que fiarse mucho de lo que se oye decir. Y all√≠ se estuvo piensa que te piensa, hasta que de pronto le pareci√≥ que alguien le daba un beso en la boca y en los ojos. Se durmi√≥, y, sin embargo, no estaba dormido; era como si la anciana lavandera lo mirara con sus dulces ojos y le dijera: - Ser√≠a un gran pecado que ma√Īana no supieses tus lecciones. Me has ayudado, ahora te ayudar√© yo, y Dios Nuestro Se√Īor lo har√°, en todo momento. Y de pronto el libro empez√≥ a moverse y agitarse debajo de la almohada de nuestro peque√Īo Tuk. - ¬°Quiquiriqu√≠! ¬°Put, put! -. Era una gallina que ven√≠a de Kj√∂ge. - ¬°Soy una gallina de Kj√∂ge! -grit√≥, y luego se puso a contar del n√ļmero de habitantes que all√≠ hab√≠a, y de la batalla que en la ciudad se hab√≠a librado, a√Īadiendo empero que en realidad no val√≠a la pena mencionarla-. Otro meneo y zarandeo y, ¬°bum!, algo que se cae: un ave de madera, el papagayo del tiro al p√°jaro de Prast√∂. Dijo que en aquella ciudad viv√≠an tantos habitantes como clavos ten√≠a √©l en el cuerpo, y estaba no poco orgulloso de ello-. Thorwaldsen vivi√≥ muy cerca de m√≠. ¬°Catapum! ¬°Qu√© bien se est√° aqu√≠! Pero Tuk ya no estaba tendido en su lecho; de repente se encontr√≥ montado sobre un caballo, corriendo a galope tendido. Un jinete magn√≠ficamente vestido, con brillante casco y flotante penacho, lo sosten√≠a delante de √©l, y de este modo atravesaron el bosque hasta la antigua ciudad de Vordingborg, muy grande y muy bulliciosa por cierto. Altivas torres se levantaban en el palacio real, y de todas las ventanas sal√≠a viv√≠sima luz; en el interior todo eran cantos y bailes: el rey Waldemar bailaba con las j√≥venes damas cortesanas, ricamente ataviadas. Despunt√≥ el alba, y con la salida del sol desaparecieron la ciudad, el palacio y las torres una tras otra, hasta no quedar sino una sola en la cumbre de la colina, donde se levantara antes el castillo. Era la ciudad muy peque√Īa y pobre, y los chiquillos pasaban con sus libros bajo el brazo, diciendo: - Dos mil habitantes -. Pero no era verdad, no ten√≠a tantos. Y Tuk segu√≠a en su camita, como so√Īando, y, sin embargo, no so√Īaba, pero alguien permanec√≠a junto a √©l. - ¬°Tuquito, Tuquito! -dijeron. Era un marino, un hombre muy peque√Ī√≠n, semejante a un cadete, pero no era un cadete. - Te traigo muchos saludos de Kors√∂r. Es una ciudad floreciente, llena de vida, con barcos de vapor y diligencias; antes pasaba por fea y aburrida, pero √©sta es una opini√≥n anticuada. - Estoy a orillas del mar, dijo Kors√∂r; tengo carreteras y parques y he sido la cuna de un poeta que ten√≠a ingenio y gracia; no todos los tienen. Una vez quise armar un barco para que diese la vuelta al mundo, mas no lo hice, aunque habr√≠a podido; y, adem√°s, ¬°huelo tan bien! Pues en mis puertas florecen las rosas m√°s b ellas. Tuk las vio, y ante su mirada todo apareci√≥ rojo y verde; pero cuando se esfumar on los colores, se encontr√≥ ante una ladera cubierta de bosque junto al l√≠mpido fiordo, y en la cima se levantaba una hermosa iglesia, antigua, con dos altas torres puntiagudas. De la ladera brotaban fuentes que bajaban en espesos riachuelos de aguas murmurantes, y muy cerca estaba sentado un viejo rey con la corona de oro sobre el largo cabello; era el rey Hroar de las Fuentes, en las inmediaciones de la ciudad de Roeskilde, como la llaman hoy d√≠a. Y todos los reyes y reina s de Dinamarca, coronados de oro, se encaminaban, cogidos de la mano, a la vieja iglesia, entre los sones del √≥rgano y el murmullo de las fuentes. Nuestro peque√Īo Tuk lo ve√≠a y o√≠a todo. - ¬°No olvides los Estados! -le dijo el rey Hroar. De pronto desapareci√≥ todo. ¬ŅD√≥nde hab√≠a ido a parar? Daba exactamente la impresi√≥n de cuando se vuelve la p√°gina de un libro. Y hete aqu√≠ una anciana, una escardadera venida de Sor√∂, donde la hierba crece en la plaza del mercado. Llevaba s u delantal de tela gris sobre la cabeza y colg√°ndole de la espalda; estaba muy mojado - seguramente hab√≠a llovido -. S√≠ que ha llovido -dijo la mujer, y le cont√≥ muchas cosas divertidas de las comedias de Holberg, as√≠ como de Waldemar y Abs al√≥n. Pero de pronto se encogi√≥ toda ella y se puso a mover la cabeza como si qu isiera saltar-. ¬°Cuac! -dijo-, est√° mojado, est√° mojado; hay un silencio de muer te en Sor√∂ -. Se hab√≠a transformado en rana; ¬°cuac!, y luego otra vez en una vieja -. Hay que vestirse seg√ļn el tiempo -dijo-. ¬°Est√° mojado, est√° mojado! Mi ciudad es como una botella: se entra por el tap√≥n y luego hay que volver a salir. Antes ten√≠a yo corpulentas anguilas en el fondo de la botella, y ahora tengo muchachos robustos, de coloradas mejillas, que aprenden la sabidur√≠a: ¬°griego, hebreo, cuac, cuac! -. Sonaba como si las ranas cantasen o como cuando camin√°is por e l pantano con grandes botas. Era siempre la misma nota, tan fastidiosa, tan mon√≥tona, que Tuk acab√≥ por quedarse profundamente dormido, y le sent√≥ muy bien el sue√Īo, porque empezaba a ponerse nervioso. Pero aun entonces tuvo otra visi√≥n, o lo que fuera. Su hermanita Gustava, la de ojos azules y cabello rubio ensortijado, se hab√≠a convertido en una esbelta muchacha, y, sin tener alas, pod√≠a volar. Y he aqu√≠ que los dos volaron por encima de Zelanda, por encima de sus verdes bosques y azules lagos. - ¬ŅOyes cantar el gallo, Tuquito? ¬°Quiquiriqu√≠! Las gallinas salen volando de Kj√∂ge. ¬°Tendr√°s un gallinero, un gran gallinero! No padecer√°s hambre ni miseria. Cazar√°s el p√°jaro, como suele decirse; ser√°s un hombre rico y feliz. Tu casa se levantar√° altivamente como la torre del rey Waldemar, y estar√° adornada con columnas de m√°rmol como las de Prast√∂. Ya me entiendes. Tu nombre famoso dar√° la vuelta a la Tierra, como el barco que deb√≠a partir de Kors√∂r y en Roeskilde - ¬°no te olvides de los Estados! dijo el rey Hroar -; hablar√°s con bondad y talento, Tuquito, y cuando desciendas a la tumba, reposar√°s tranquilo... - ¬°Como si estuviese en Sor√∂! - dijo Tuk, y se despert√≥. Brillaba la luz del d√≠a, y el ni√Īo no recordaba ya su sue√Īo; pero era mejor as√≠, pues nadie debe saber cu√°l ser√° su destino. Salt√≥ de la cama, abri√≥ el libro y en un periquete se supo la lecci√≥n. La anciana lavandera asom√≥ la cabeza por la puerta y, dirigi√©ndole un gesto cari√Īoso, le dijo: - ¬°Gracias, - hijo m√≠o, por tu ayuda! Dios Nuestro Se√Īor haga que se convierta e n realidad tu sue√Īo m√°s hermoso. Tuk no sab√≠a lo que hab√≠a so√Īado, pero ¬Ņcomprendes? Nuestro Se√Īor s√≠ lo sab√≠a.

 

Cuento original de Hans Christian Andersen


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