Cuentos:El Cofre Volador

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El Cofre Volador

Cuento de Hans Christian Andersen


El Cofre Volador

√Črase una vez un comerciante tan rico, que habr√≠a podido empedrar toda la calle con monedas de plata, y a√ļn casi un callej√≥n por a√Īadidura; pero se guard√≥ de hacerlo, pues el hombre conoc√≠a mejores maneras de invertir su dinero, y cuando daba un ochavo era para recibir un escudo. Fue un mercader muy listo... y luego muri√≥. Su hijo hered√≥ todos sus caudales, y viv√≠a alegremente: todas las noches iba al baile de m√°scaras, hac√≠a cometas con billetes de banco y arrojaba al agua panecillos untados de mantequilla y lastrados con monedas de oro en vez de piedras. No es extra√Īo, pues, que pronto se terminase el dinero; al fin a nuestro mozo no le quedaron m√°s de cuatro perras gordas, y por todo vestido, unas zapatillas y una vieja bata de noche. Sus amigos lo abandonaron; no pod√≠an ya ir juntos por la calle; pero uno de ellos, que era un bonach√≥n, le envi√≥ un viejo cofre con este aviso: ¬ę¬°Embala!¬Ľ. El consejo era bueno, desde luego, pero como nada ten√≠a que embalar, se meti√≥ √©l en el ba√ļl. Era un cofre curioso: echaba a volar en cuanto se le apretaba la cerradura. Y as√≠ lo hizo; en un santiam√©n, el muchacho se vio por los aires metido en el cofre, despu√©s de salir por la chimenea, y mont√≥se hasta las nubes, vuela que te vuela. Cada vez que el fondo del ba√ļl cruj√≠a un poco, a nuestro hombre le entraba p√°nico; si se desprendiesen las tablas, ¬°vaya salto! ¬°Dios nos ampare! De este modo lleg√≥ a tierra de turcos. Escondiendo el cofre en el bosque, entre hojarasca seca, se encamin√≥ a la ciudad; no llam√≥ la atenci√≥n de nadie, pues todos los turcos vest√≠an tambi√©n bata y pantuflos. Encontr√≥se con un ama que llevaba un ni√Īo: - Oye, nodriza -le pregunt√≥-, ¬Ņqu√© es aquel castillo tan grande, junto a la ciudad, con ventanas tan altas? - All√≠ vive la hija del Rey -respondi√≥ la mujer-. Se le ha profetizado que quien se enamore de ella la har√° desgraciada; por eso no se deja que nadie se le acerque, si no es en presencia del Rey y de la Reina, - Gracias -dijo el hijo del mercader, y volvi√≥ a su bosque. Se meti√≥ en el cofre y levant√≥ el vuelo; lleg√≥ al tejado del castillo y se introdujo por la ventana en las habitaciones de la princesa. Estaba ella durmiendo en un sof√°; era tan hermosa, que el mozo no pudo reprimirse y le dio un beso. La princesa despert√≥ asustada, pero √©l le dijo que era el dios de los turcos, llegado por los aires; y esto la tranquiliz√≥. Sent√°ronse uno junto al otro, y el mozo se puso a contar historias sobre los ojos de la muchacha: eran como lagos oscuros y maravillosos, por los que los pensamientos nadaban cual ondinas; luego historias sobre su frente, que compar√≥ con una monta√Īa nevada, llena de magn√≠ficos salones y cuadros; y luego le habl√≥ de la cig√ľe√Īa, que trae a los ni√Īos peque√Īos. S√≠, eran unas historias muy hermosas, realmente. Luego pidi√≥ a la princesa si quer√≠a ser su esposa, y ella le dio el s√≠ sin vacilar. - Pero tendr√©is que volver el s√°bado -a√Īadi√≥-, pues he invitado a mis padres a tomar el t√©. Estar√°n orgullosos de que me case con el dios de los turcos. Pero mira de recordar historias bonitas, que a mis padres les gustan mucho. Mi madre las prefiere edificantes y elevadas, y mi padre las quiere divertidas, pues le gusta re√≠rse. - Bien, no traer√© m√°s regalo de boda que mis cuentos -respondi√≥ √©l, y se despidieron; pero antes la princesa le regal√≥ un sable adornado con monedas de oro. ¬°Y bien que le vinieron al mozo! Se march√≥ en volandas, se compr√≥ una nueva bata y se fue al bosque, donde se puso a componer un cuento. Deb√≠a estar listo para el s√°bado, y la cosa no es tan f√°cil. Y cuando lo tuvo terminado, era ya s√°bado. El Rey, la Reina y toda la Corte lo aguardaban para tomar el t√© en compa√Ī√≠a de la princesa. Lo recibieron con gran cortes√≠a. - ¬ŅVais a contarnos un cuento -pregunt√≥le la Reina-, uno que tenga profundo sentido y sea instructivo? - Pero que al mismo tiempo nos haga re√≠r -a√Īadi√≥ el Rey.- De acuerdo -respond√≠a el mozo, y comenz√≥ su relato. Y ahora, atenci√≥n. ¬ę√Črase una vez un haz de f√≥sforos que estaban en extremo orgullosos de su alta estirpe; su √°rbol geneal√≥gico, es decir, el gran pino, del que todos eran una astillita, hab√≠a sido un a√Īoso y corpulento √°rbol del bosque. Los f√≥sforos se encontraban ahora entre un viejo eslab√≥n y un puchero de hierro no menos viejo, al que hablaban de los tiempos de su infancia. -¬°S√≠, cuando nos hall√°bamos en la rama verde -dec√≠an- est√°bamos realmente en una rama verde! Cada amanecer y cada atardecer ten√≠amos t√© diamantino: era el roc√≠o; durante todo el d√≠a nos daba el sol, cuando no estaba nublado, y los pajarillos nos contaban historias. Nos d√°bamos cuenta de que √©ramos ricos, pues los √°rboles de fronda s√≥lo van vestidos en verano; en cambio, nuestra familia luc√≠a su verde ropaje, lo mismo en verano que en invierno. Mas he aqu√≠ que se present√≥ el le√Īador, la gran revoluci√≥n, y nuestra familia se dispers√≥. El tronco fue destinado a palo mayor de un barco de alto bordo, capaz de circunnavegar el mundo si se le antojaba; las dem√°s ramas pasaron a otros lugares, y a nosotros nos ha sido asignada la misi√≥n de suministrar luz a la baja plebe; por eso, a pesar de ser gente distinguida, hemos venido a parar a la cocina. ¬Ľ - Mi destino ha sido muy distinto -dijo el puchero a cuyo lado yac√≠an los f√≥sforos-. Desde el instante en que vine al mundo, todo ha sido estregarme, ponerme al fuego y sacarme de √©l; yo estoy por lo pr√°ctico, y, modestia aparte, soy el n√ļmero uno en la casa, Mi √ļnico placer consiste, terminado el servicio de mesa, en estarme en mi sitio, limpio y bru√Īido, conversando sesudamente con mis compa√Īeros; pero si except√ļo el balde, que de vez en cuando baja al patio, puede decirse que vivimos completamente retirados. Nuestro √ļnico mensajero es el cesto de la compra, pero ¬°se exalta tanto cuando habla del gobierno y del pueblo!; hace unos d√≠as un viejo puchero de tierra se asust√≥ tanto con lo que dijo, que se cay√≥ al suelo y se rompi√≥ en mil pedazos. Yo os digo que este cesto es un revolucionario; y si no, al tiempo.¬Ľ - ¬°Hablas demasiado! -intervino el eslab√≥n, golpeando el pedernal, que solt√≥ una chispa-. ¬ŅNo podr√≠amos echar una cana al aire, esta noche?¬Ľ - S√≠, hablemos -dijeron los f√≥sforos-, y veamos qui√©n es el m√°s noble de todos nosotros.¬Ľ - No, no me gusta hablar de mi persona -objet√≥ la olla de barro-. Organicemos una velada. Yo empezar√© contando la historia de mi vida, y luego los dem√°s har√°n lo mismo; as√≠ no se embrolla uno y resulta m√°s divertido. En las playas del B√°ltico, donde las hayas que cubren el suelo de Dinamarca...¬Ľ - ¬°Buen principio! -exclamaron los platos-. Sin duda, esta historia nos gustar√°.¬Ľ - ...pas√© mi juventud en el seno de una familia muy reposada; se limpiaban los muebles, se restregaban los suelos, y cada quince d√≠as colgaban cortinas nuevas.¬Ľ - ¬°Qu√© bien se explica! -dijo la escoba de crin-. Dir√≠ase que habla un ama de casa; hay un no s√© que de limpio y refinado en sus palabras.¬Ľ -Exactamente lo que yo pensaba -asinti√≥ el balde, dando un saltito de contento que hizo resonar el suelo.¬Ľ La olla sigui√≥ contando, y el fin result√≥ tan agradable como hab√≠a sido el principio.¬Ľ Todos los platos casta√Īetearon de regocijo, y la escoba sac√≥ del bote unas hojas de perejil, y con ellas coron√≥ a la olla, a sabiendas de que los dem√°s rabiar√≠an. "Si hoy le pongo yo una corona, ma√Īana me pondr√° ella otra a m√≠", pens√≥.¬Ľ - ¬°Voy a bailar! -exclam√≥ la tenaza, y, ¬°dicho y hecho! ¬°Dios nos ampare, y c√≥mo levantaba la pierna! La vieja funda de la silla del rinc√≥n estall√≥ al verlo-. ¬ŅMe vais a coronar tambi√©n a m√≠? -pregunto la tenaza; y as√≠ se hizo.¬Ľ - ¬°Vaya gentuza! -pensaban los f√≥sforos.¬Ľ Toc√°bale entonces el turno de cantar a la tetera, pero se excus√≥ alegando que estaba resfriada; s√≥lo pod√≠a cantar cuando se hallaba al fuego; pero todo aquello eran remilgos; no quer√≠a hacerlo m√°s que en la mesa, con las se√Īor√≠as.¬Ľ Hab√≠a en la ventana una vieja pluma, con la que sol√≠a escribir la sirvienta. Nada de notable pod√≠a observarse en ella, aparte que la sumerg√≠an demasiado en el tintero, pero ella se sent√≠a orgullosa del hecho.¬Ľ - Si la tetera se niega a cantar, que no cante -dijo-. Ah√≠ fuera hay un ruise√Īor enjaulado que sabe hacerlo. No es que haya estudiado en el Conservatorio, mas por esta noche seremos indulgentes.¬Ľ - Me parece muy poco conveniente -objet√≥ la cafetera, que era una cantora de cocina y hermanastra de la tetera - tener que escuchar a un p√°jaro forastero. ¬ŅEs esto patriotismo? Que juzgue el cesto de la compra.¬Ľ - Francamente, me hab√©is desilusionado -dijo el cesto-. ¬°Vaya manera est√ļpida de pasar una velada! En lugar de ir cada cual por su lado, ¬Ņno ser√≠a mucho mejor hacer las cosas con orden? Cada uno ocupar√≠a su sitio, y yo dirigir√≠a el juego. ¬°Otra cosa ser√≠a!¬Ľ - ¬°S√≠, vamos a armar un esc√°ndalo! -exclamaron todos.¬Ľ En esto se abri√≥ la puerta y entr√≥ la criada. Todos se quedaron quietos, nadie se movi√≥; pero ni un puchero dudaba de sus habilidades y de su distinci√≥n. "Si hubi√©semos querido -pensaba cada uno-, ¬°qu√© velada m√°s deliciosa habr√≠amos pasado!".¬Ľ La sirvienta cogi√≥ los f√≥sforos y encendi√≥ fuego. ¬°C√≥mo chisporroteaban, y qu√© llamas echaban!¬Ľ "Ahora todos tendr√°n que percatarse de que somos los primeros ‚Äďpensaban-. ¬°Menudo brillo y menudo resplandor el nuestro!" Y de este modo se consumieron¬Ľ. - ¬°Qu√© cuento tan bonito! -dijo la Reina-. Me parece encontrarme en la cocina, entre los f√≥sforos. S√≠, te casar√°s con nuestra hija. - Desde luego -asinti√≥ el Rey-. Ser√° tuya el lunes por la ma√Īana -. Lo tuteaban ya, consider√°ndolo como de la familia. Fij√≥se el d√≠a de la boda, y la v√≠spera hubo grandes iluminaciones en la ciudad, reparti√©ronse bollos de pan y rosquillas, los golfillos callejeros se hincharon de gritar ¬ę¬°hurra!¬Ľ y silbar con los dedos metidos en la boca... ¬°Una fiesta magn√≠fica! ¬ęTendr√© que hacer algo¬Ľ, pens√≥ el hijo del mercader, y compr√≥ cohetes, petardos y qu√© s√© yo cu√°ntas cosas de pirotecnia, las meti√≥ en el ba√ļl y emprendi√≥ el vuelo. ¬°Pim, pam, pum! ¬°Vaya estr√©pito y vaya chisporroteo! Los turcos, al verlo, pegaban unos saltos tales que las babuchas les llegaban a las orejas; nunca hab√≠an contemplado una traca como aquella, Ahora s√≠ que estaban convencidos de que era el propio dios de los turcos el que iba a casarse con la hija del Rey. No bien lleg√≥ nuestro mozo al bosque con su ba√ļl, se dijo: ¬ęMe llegar√© a la ciudad, a observar el efecto causado¬Ľ. Era una curiosidad muy natural. ¬°Qu√© cosas contaba la gente! Cada una de las personas a quienes pregunt√≥ hab√≠a presenciado el espect√°culo de una manera distinta, pero todos coincidieron en calificarlo de hermoso. - Yo vi al propio dios de los turcos -afirm√≥ uno-. Sus ojos eran como rutilantes estrellas, y la barba parec√≠a agua espumeante. - Volaba envuelto en un manto de fuego -dijo otro-. Por los pliegues asomaban unos angelitos preciosos. S√≠, escuch√≥ cosas muy agradables, y al d√≠a siguiente era la boda. Regres√≥ al bosque para instalarse en su cofre; pero, ¬Ņd√≥nde estaba el cofre? El caso es que se hab√≠a incendiado. Una chispa de un cohete hab√≠a prendido fuego en el forro y reducido el ba√ļl a cenizas. Y el hijo del mercader ya no pod√≠a volar ni volver al palacio de su prometida. Ella se pas√≥ todo el d√≠a en el tejado, aguard√°ndolo; y sigue a√ļn esperando, mientras √©l recorre el mundo contando cuentos, aunque ninguno tan regocijante como el de los f√≥sforos.

 

Cuento original de Hans Christian Andersen


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