Cuentos:El Elfo del Rosal

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El Elfo del Rosal

Cuento de Hans Christian Andersen


El Elfo del Rosal

En el centro de un jard√≠n crec√≠a un rosal, cuajado de rosas, y en una de ellas, la m√°s hermosa de todas, habitaba un elfo, tan peque√Ī√≠n, que ning√ļn ojo humano pod√≠a distinguirlo. Detr√°s de cada p√©talo de la rosa ten√≠a un dormitorio. Era tan bien educado y tan guapo como pueda serlo un ni√Īo, y ten√≠a alas que le llegaban desde los hombros hasta los pies. ¬°Oh, y qu√© aroma exhalaban sus habitaciones, y qu√© claras y hermosas eran las paredes! No eran otra cosa sino los p√©talos de la flor, de color rosa p√°lido. Se pasaba el d√≠a gozando de la luz del sol, volando de flor en flor, bailando sobre las alas de la inquieta mariposa y midiendo los pasos que necesitaba dar par a recorrer todos los caminos y senderos que hay en una sola hoja de tilo. Son lo que nosotros llamamos las nervaduras; para √©l eran caminos y sendas, ¬°y no poco largos! Antes de haberlos recorrido todos, se hab√≠a puesto el sol; claro que hab√≠a empezado algo tarde. Se enfri√≥ el ambiente, cay√≥ el roc√≠o, mientras soplaba el viento; lo mejor era retirarse a casa. El elfo ech√≥ a correr cuando pudo, pero la rosa se hab√≠a cerrado y no pudo entrar, y ninguna otra quedaba abierta. El pobre elfo se asust√≥ no poco. Nunca hab√≠a salido de noche, siempre hab√≠a permanecido en casita, dormitando tras los tibios p√©talos. ¬°Ay, su imprudencia le iba a costar la vida! Sabiendo que en el extremo opuesto del jard√≠n hab√≠a una glorieta recubierta de bella madreselva cuyas flores parec√≠an trompetillas pintadas, decidi√≥ refugiarse en una de ellas y aguardar la ma√Īana. Se traslad√≥ volando a la glorieta. ¬°Cuidado! Dentro hab√≠a dos personas, un hombre joven y guapo y una hermos√≠sima muchacha; sentados uno junto al otro, deseaban no tener que separarse en toda la eternidad; se quer√≠an con toda el alma, mucho m√°s de lo que el mejor de los hijos pueda querer a su madre y a su padre. - Y, no obstante, tenemos que separarnos -dec√≠a el joven.¬ć-Tu hermano nos odia; por eso me env√≠a con una misi√≥n m√°s all√° de las monta√Īas y los mares. ¬°Adi√≥s, mi dulce prometida, pues lo eres a pesar de todo! Se besaron, y la muchacha, llorando, le dio una rosa despu√©s de haber estampado en ella un beso, tan intenso y sentido, que la flor se abri√≥. El elfo aprovech√≥ la ocasi√≥n para introducirse en ella, reclinando la cabeza en los suaves p√©talos fragantes; desde all√≠ pudo o√≠r perfectamente los adioses de la pareja. Y se dio cuenta de que la rosa era prendida en el pecho del doncel. ¬°Ah, c√≥mo palpitaba el coraz√≥n debajo! Eran tan violentos sus latidos, que el elfo no pudo pegar el ojo. Pero la rosa no permaneci√≥ mucho tiempo prendida en el pecho. El hombre la tom√≥ en su mano, y, mientras caminaba solitario por el bosque oscuro, la besaba con tanta frecuencia y fuerza, que por poco ahoga a nuestro elfo. √Čste pod√≠a percibir a trav√©s de la hoja el ardor de los labios del joven; y la rosa, por su parte, se hab√≠a abierto como al calor del sol m√°s c√°lido de mediod√≠a. Acerc√≥se entonces otro hombre, sombr√≠o y col√©rico; era el perverso hermano de la doncella. Sacando un afilado cuchillo de grandes dimensiones, lo clav√≥ en el pecho del enamorado mientras √©ste besaba la rosa. Luego le cort√≥ la cabeza y la enterr√≥, junto con el cuerpo, en la tierra blanda del pie del tilo. - Helo aqu√≠ olvidado y ausente -pens√≥ aquel malvado-; no volver√° jam√°s. Deb√≠a emprender un largo viaje a trav√©s de montes y oc√©anos. Es f√°cil perder la vida en estas expediciones, y ha muerto. No volver√°, y mi hermana no se atrever√° a preguntarme por √©l. Luego, con los pies, acumul√≥ hojas secas sobre la tierra mullida, y se march√≥ a su casa a trav√©s de la noche oscura. Pero no iba solo, como cre√≠a; lo acompa√Īaba el min√ļsculo elfo, montado en una enrollada hoja seca de tilo que se hab√≠a adherido al pelo del criminal, mientras enterraba a su v√≠ctima. Llevaba el sombrero puesto, y el elfo estaba sumido en profundas tinieblas, temblando de horror y de indignaci√≥n por aquel abominable crimen. El malvado lleg√≥ a casa al amanecer. Quit√≥se el sombrero y entr√≥ en el dormitorio de su hermana. La hermosa y lozana doncella, yac√≠a en su lecho, so√Īando en aqu√©l que tanto la amaba y que, seg√ļn ella cre√≠a, se encontraba en aquellos momentos caminando por bosques y monta√Īas. El perverso hermano se inclin√≥ sobre ella con una risa diab√≥lica, como s√≥lo el demonio sabe re√≠rse. Entonces la hoja seca se le cay√≥ del pelo, quedando sobre el cubrecamas, sin que √©l se diera cuenta. Luego sali√≥ de la habitaci√≥n para acostarse unas horas. El elfo salt√≥ de la hoja y, entr√°ndose en el o√≠do de la dormida muchacha, cont√≥le, como en sue√Īos, el horrible asesinato, describi√©ndole el lugar donde el hermano lo hab√≠a perpetrado y aqu√©l en que yac√≠a el cad√°ver. Le habl√≥ tambi√©n del tilo florido que crec√≠a all√≠, y dijo: ¬ęPara que no pienses que lo que acabo de contarte es s√≥lo un sue√Īo, encontrar√°s sobre tu cama una hoja seca¬Ľ. Y, efectivamente, al despertar ella, la hoja estaba all√≠. ¬°Oh, qu√© amargas l√°grimas verti√≥! ¬°Y sin tener a nadie a quien poder confiar su dolor! La ventana permaneci√≥ abierta todo el d√≠a; al elfo le hubiera sido f√°cil irse a las rosas y a todas las flores del jard√≠n; pero no tuvo valor para abandonar a la afligida joven. En la ventana hab√≠a un rosal de Bengala; instal√≥se en una de sus flores y se estuvo contemplando a la pobre doncella. Su hermano se present√≥ repetidamente en la habitaci√≥n, alegre a pesar de su crimen; pero ella no os√≥ decirle una palabra de su cuita. No bien hubo oscurecido, la joven sali√≥ disimuladamente de la casa, se dirigi√≥ al bosque, al lugar donde crec√≠a el tilo, y, apartando las hojas y la tierra, no tard√≥ en encontrar el cuerpo del asesinado. ¬°Ah, c√≥mo llor√≥, y c√≥mo rog√≥ a Dios Nuestro Se√Īor que le concediese la gracia de una pronta muerte! Hubiera querido llevarse el cad√°ver a casa, pero al serle imposible, cogi√≥ la cabeza l√≠vida, con los cerrados ojos, y, besando la fr√≠a boca, sacudi√≥ la tierra adherida al hermoso cabello. - ¬°La guardar√©! -dijo, y despu√©s de haber cubierto el cuerpo con tierra y hojas, volvi√≥ a su casa con la cabeza y una ramita de jazm√≠n que florec√≠a en el sitio de la sepultura. Llegada a su habitaci√≥n, cogi√≥ la maceta m√°s grande que pudo encontrar, deposit√≥ en ella la cabeza del muerto, la cubri√≥ de tierra y plant√≥ en ella la rama de jazm√≠n. - ¬°Adi√≥s, adi√≥s! -susurr√≥ el geniecillo, que, no pudiendo soportar por m√°s tiempo aquel gran dolor, vol√≥ a su rosa del jard√≠n. Pero estaba marchita; s√≥lo unas p ocas hojas amarillas colgaban a√ļn del c√°liz verde. - ¬°Ah, qu√© pronto pasa lo bello y lo bueno! -suspir√≥ el elfo. Por fin encontr√≥ otra rosa y estableci√≥ en ella su morada, detr√°s de sus delicados y fragantes p√©talos. Cada ma√Īana se llegaba volando a la ventana de la desdichada muchacha, y siempre encontraba a √©sta llorando junto a su maceta. Sus amargas l√°grimas ca√≠an sobre la ramita de jazm√≠n, la cual crec√≠a y se pon√≠a verde y lozana, mientras la palidez iba invadiendo las mejillas de la doncella. Brotaban nuevas ramillas, y florec√≠an blancos capullitos, que ella besaba. El perverso hermano no cesaba de re√Īirle, pregunt√°ndole si se hab√≠a vuelto loca. No pod√≠a soportarlo, ni comprender por qu√© lloraba continuamente sobre aquella maceta. Ignoraba qu√© ojos cerrados y qu√© rojos labios se estaban convirtiendo all√≠ en tierra. La muchacha reclinaba la cabeza sobre la maceta, y el elfo de la rosa sol√≠a encontrarla all√≠ dormida; entonces se deslizaba en su o√≠do y le contaba de aquel anochecer en la glorieta, del aroma de la flor y del amor de los elfos; ella so√Īaba dulcemente. Un d√≠a, mientras se hallaba sumida en uno de estos sue√Īos, se apag√≥ su vida, y la muerte la acogi√≥, misericordiosa. Encontr√≥se en el cielo, junto al ser amado.

Y los jazmines abrieron sus blancas flores y esparcieron su maravilloso aroma caracter√≠stico; era su modo de llorar a la muerta. El mal hermano se apropi√≥ la hermosa planta florida y la puso en su habitaci√≥n, junto a la cama, pues era preciosa, y su perfume, una verdadera delicia. La sigui√≥ el peque√Īo elfo de la rosa, volando de florecilla en florecilla, en cada una de las cuales habitaba una almita, y les habl√≥ del joven inmolado cuya cabeza era ahora tierra entre la tierra, y les habl√≥ tambi√©n del malvado hermano y de la desdichada hermana. - ¬°Lo sabemos -dec√≠a cada alma de las flores-, lo sabemos! ¬ŅNo brotamos acaso de los ojos y de los labios del asesinado? ¬°Lo sabemos, lo sabemos! -. Y hac√≠an con la cabeza unos gestos significativos. El elfo no lograba comprender c√≥mo pod√≠an estarse tan quietas, y se fue volando en busca de las abejas, que recog√≠an miel, y les cont√≥ la historia del malvado hermano, y las abejas lo dijeron a su reina, la cual dio orden de que, a la ma√Īana siguiente, dieran muerte al asesino. Pero la noche anterior, la primera que sigui√≥ al fallecimiento de la hermana, al quedarse dormido el malvado en su cama junto al oloroso jazm√≠n, se abrieron todos los c√°lices; invisibles, pero armadas de ponzo√Īosos dardos, salieron todas las almas de las flores y, penetrando primero en sus o√≠dos, le contaron sue√Īos de pesadilla; luego, volando a sus labios, le hirieron en la lengua con sus venenos as flechas. - ¬°Ya hemos vengado al muerto! -dijeron, y se retiraron de nuevo a las flores blancas del jazm√≠n. Al amanecer y abrirse s√ļbitamente la ventana del dormitorio, entraron el elfo de la rosa con la reina de las abejas y todo el enjambre, que ven√≠a a ejecutar su venganza. Pero ya estaba muerto; varias personas que rodeaban la cama dijeron: - El perfume del jazm√≠n lo ha matado. El elfo comprendi√≥ la venganza de las flores y lo explic√≥ a la reina de las abejas, y ella, con todo el enjambre, revolote√≥ zumbando en torno a la maceta. No hab√≠a modo de ahuyentar a los insectos, y entonces un hombre se llev√≥ el tiesto afuera; mas al picarle en la mano una de las abejas, solt√≥ √©l la maceta, que se rompi√≥ al tocar el suelo. Entonces descubrieron el l√≠vido cr√°neo, y supieron que el muerto que yac√≠a en el lecho era un homicida. La reina de las abejas segu√≠a zumbando en el aire y cantando la venganza de las flores, y cantando al elfo de la rosa, y pregonando que detr√°s de la hoja m√°s m√≠nima hay alguien que puede descubrir la maldad y vengarla.

 

Cuento original de Hans Christian Andersen


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