Cuentos:Dentro de Mil A√Īos

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Dentro de Mil A√Īos

Cuento de Hans Cristian Andersen


Dentro de Mil A√Īos (1853)

S√≠, dentro de mil a√Īos la gente cruzar√° el oc√©ano, volando por los aires, en alas del vapor. Los j√≥venes colonizadores de Am√©rica acudir√°n a visitar la vieja Europa. Vendr√°n a ver nuestros monumentos y nuestras deca√≠das ciudades, del mismo modo que nosotros peregrinamos ahora para visitar las deca√≠das magnificencias del Asia Meridional. Dentro de mil a√Īos, vendr√°n ellos. El T√°mesis, el Danubio, el Rin, seguir√°n fluyendo a√ļn; el Mont¬ćBlanc continuar√° enhiesto con su nevada cumbre, la auroras boreales proyectar√°n sus brillantes resplandores sobre las tierras del Norte; pero una generaci√≥n tras otra se ha convertido en polvo, series enteras de moment√°neas grandezas han ca√≠do en el olvido, como aquellas que hoy dormitan bajo el t√ļmulo donde el rico harinero, en cuya propiedad se alza, se mand√≥ instalar un banco para contemplar desde all√≠ el ondeante campo de mieses que se extiende a sus pies. - ¬°A Europa! -exclamar√°n las j√≥venes generaciones americanas-. ¬°A la tierra de nuestros abuelos, la tierra santa de nuestros recuerdos y nuestras fantas√≠as! ¬°A Europa! Llega la aeronave, llena de viajeros, pues la traves√≠a es m√°s r√°pida que por el mar; el cable electromagn√©tico que descansa en el fondo del oc√©ano ha telegrafiado ya dando cuenta del n√ļmero de los que forman la caravana a√©rea. Ya se avista Europa, es la costa de Irlanda la que se vislumbra, pero los pasajeros duermen todav√≠a; han avisado que no se les despierte hasta que est√©n sobre Inglaterra. All√≠ pisar√°n el suelo de Europa, en la tierra de Shakespeare, como la llaman los hombres de letras; en la tierra de la pol√≠tica y de las m√°quinas, como la llaman otros. La visita durar√° un d√≠a: es el tiempo que la apresurada generaci√≥n concede a la gran Inglaterra y a Escocia. El viaje prosigue por el t√ļnel del canal hacia Francia, el pa√≠s de Carlomagno y de Napole√≥n. Se cita a Moli√®re, los eruditos hablan de una escuela cl√°sica y otra rom√°ntica, que florecieron en tiempos remotos, y se encomia a h√©roes, vates y sabios que nuestra √©poca desconoce, pero que m√°s tarde nacieron sobre este cr√°ter de Europa que es Par√≠s. La aeronave vuela por sobre la tierra de la que sali√≥ Col√≥n, la cuna de Cort√©s, el escenario donde Calder√≥n cant√≥ sus dramas en versos armoniosos; hermosas mujeres de negros ojos viven a√ļn en los valles floridos, y en estrofas antiqu√≠simas se recuerda al Cid y la Alhambra. Surcando el aire, sobre el mar, sigue el vuelo hacia Italia, asiento de la vieja y eterna Roma. Hoy est√° deca√≠da, la Campagna es un desierto; de la iglesia de San Pedro s√≥lo queda un muro solitario, y aun se abrigan dudas sobre su autenticidad. Y luego a Grecia, para dormir una noche en el lujoso hotel edificado en la cumbre del Olimpo; poder decir que se ha estado all√≠, viste mucho. El viaje prosigue por el B√≥sforo, con objeto de descansar unas horas y visitar el sitio donde anta√Īo se alz√≥ Bizancio. Pobres pescadores lanzan sus redes all√≠ donde la leyenda cuenta que estuvo el jard√≠n del har√©n en tiempos de los turcos. Contin√ļa el itinerario a√©reo, volando sobre las ruinas de grandes ciudades que s e levantaron a orillas del caudaloso Danubio, ciudades que nuestra √©poca no cono ce a√ļn; pero aqu√≠ y all√° - sobre lugares ricos en recuerdos que alg√ļn d√≠a saldr√° n del seno del tiempo - se posa la caravana para reemprender muy pronto el vuelo. Al fondo se despliega Alemania - otrora cruzada por una dens√≠sima red de ferrocarriles y canales - el pa√≠s donde predic√≥ Lutero, cant√≥ Goethe y Mozart empu√Ī√≥ el cetro musical de su tiempo. Nombres ilustres brillaron en las ciencias y en las artes, nombres que ignoramos. Un d√≠a de estancia en Alemania y otro para el Norte, para la patria de √Ėrsted y Linneo, y para Noruega, la tierra de los antiguos h√©roes y de los hombres eternamente j√≥venes del Septentri√≥n. Islandia queda en el itinerario de regreso; el g√©iser ya no bulle, y el Hecla est√° extinguido, pero como la losa eterna de la leyenda, la prepotente isla rocosa sigue inc√≥lume en el mar brav√≠o. - Hay mucho que ver en Europa -dice el joven americano- y lo hemos visto en ocho d√≠as. Se puede hacer muy bien, como el gran viajero - aqu√≠ se cita un nombre conocido en aquel tiempo - ha demostrado en su famosa obra: C√≥mo visitar Europa en ocho d√≠as.

 

Cuento original de Hans Christian Andersen


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