Psicologia:Coloquio sobre la Orfandad

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Coloquio sobre la Orfandad

Mesa redonda: Ser un joven huérfano.


MESA REDONDA: Ser un joven huérfano. Construirse sin su padre y su madre.

UNAF.fr
Traducción realizada por Internenes.com

Participan en el debate:
- Serge Moati, Realizador, Productor y Escritor
- Magali Molinié, Psicóloga clínica, profesora en La Universidad de París 8
- Fabienne Quiriau, Directora general de la Convention nationale des associations de protection de l’enfant (CNAPE) y Consejera técnica de Philippe Bas, Ministre en charge de la famille de 2005 à 2007
- Professeur Marcel Rufo, psiquiatra infantil, Director médico de l’Espace méditerranéen de l’adolescence à l’Hôpital Salvator de Marseille
- Gilles Séraphin, Sociólogo, Director de investigación en l’Union nationale des associations familiales (UNAF)
La mesa redonda está coordinada por Corinne Rieber, periodista independiente.

Los huérfanos, invisibles para ellos mismos y para la colectividad.

Magali Molinié: (…) «Hay que saber más sobre su situación para que salgan de la invisibilidad, para poder ayudarles mejor.»

Corinne Rieber: Serge Moati, al preparar juntos este coloquio nos ha hecho usted participe de su vergüenza. ¿Por qué este sentimiento?

Serge Moati: No, no he sentido un sentimiento de vergüenza porque se realizaba el coloquio. Al contario, en ese momento viví un momento de irrealidad. La vergüenza la he sentido mucho antes: cuando me converti en huérfano, a la edad de 11 años. Jamás me habría imaginado que pudiese realizarse una reunión sobre este tema en la Asamblea nacional, delante de una audiencia tan prestigiosa. Cuando mis padres murieron, ningún organismo psicológico se hizó cargo de mí. Nadie me procuró psicológos para hablar de mi estado. La vergüenza proviene de este acontecimiento y del sentimiento de culpabilidad que he desarrollado: tenía la impresión de haber hecho algo malo, de haber causado la muerte de mis padres. Soy responsable de su fallecimiento, así que no hablaré de ello para borrar esta historia. De este modo he mentido a lo largo de mi adolescencia. No sé si respondo a su pregunta.

Corinne Rieber: En parte. Le ha parecido a usted sorprendente el hecho de tener que hablar de huérfanos en el marco de un coloquio en l´Assemblée Nationale o de hablar de un libro. Para aclararnos, nada ha cambiado desde 1957, el año en el que perdió usted a sus padres.

Serge Moati: Intento explicar lo contrario. En 1957, hubiese sido totalmente imposible mantener un coloquio de este estilo, pues este tema no le interesaba a nadie. (…)

Corinne Rieber: (…) Señor Rufo, ¿Acaso existe una especie de inconsciente colectivo o más exactamente una negación colectiva para evocar los huérfanos y, más allá de esto, la muerte?

Marcel Rufo: Primero voy a inclinarme sobre el caso de Serge Moati. Si hablamos con propiedad, estar vivo, es negar la idea de muerte. Efectivamente, podemos sentir una forma de hostilidad hacia los que han perdido sus padres, porque su situación provoca el miedo a un contagio. ¿Siendo amigo de Serge, acercándome a su desgracia, no voy, yo también, a participar y perder a mis padres? Este mecanismo se llama en psicología una “contratransferencia pasiva”, sobre el que materializa/encarna la desgracia.

En la infancia encontramos tres grupos de huérfanos. Primero, los huérfanos crónicos, que son los que han perdido sus padres y son huérfanos de un modo definitivo. Su vida está marcada por este estado. Su situación no es curable. Nunca hacemos el duelo de un ser constitutivo de su identificación y de su vida. Hacer el duelo es un concepto psicológico irreal. En segundo lugar, existen huérfanos agudos, cuando el fallecimiento del padre o madre, ocurre en condiciones sorprendentes. Es muy difícil concebir la muerte de alguien que sale a trabajar, que coge un avión, etc. Por último, todos somos huérfanos del futuro. Conocemos todos a huérfanos, todos adorables, que aparecen en los cuentos de hadas, con el tiempo todos nos convertimos en huérfano un día u otro. Entonces es cuando emerge el sentimiento de comunidad. Hay que llegar a ser huérfano para poder comprender mejor a los vecinos y compañeros, que hemos rechazados en nuestra infancia.

Encuentro en las palabras de Serge una dimensión muy importante respecto a mi propia vida de niño: Como psiquiatra infantil, marcado por unos rasgos originales, ¿cómo me preocupaba yo ya de la situación de los huérfanos? En mi infancia esta problemática estaba encarnada por una niña pequeñita de la película Jeux interdits, que representaba los huérfanos de la guerra al final del segundo conflicto mundial. Estos niños habían perdido a sus padres en campos de concentración, en combates o por enfermedades.

Esta población era tutelada por organismos de acogida, por regla general en un entorno parafamiliar. Hoy día, estas misiones están asumidas por el servicio de ayuda social a la infancia (ASE). En aquella época, no existía una gestión de acogida individual. Constato que los comportamientos estaban ya modelados por una repugnancia hacia la desgracia y hacia una proximidad transversal imaginaria. Estoy contentisimo de poder participar en este coloquio, que aborda un tema extremadamente interesante.

Boceto de un retrato de huérfanos

Corinne Rieber: Magali Molinié, hemos quedado en que la imagen social de los huérfanos había sido borrada o truncada, testigos de ello son las histrias de Oliver Twist y Harry Potter. ¿Qiénes son hoy día estos huérfanos?

Magali Molinié: Los estudios sobre las grandes cifras, a partir del trabajo de Alain Monnier y de Sophie Pennec que han utilizado los datos del precedente censo, muestran que se trata de niños de unos diez años de media en el momento del fallecimiento de uno o de los dos padres, sacados de categorias populares, que pierden la mayoría de la veces más al padre que a la madre y que permanecen en el seno de su familia.

Sandrine Dekens explica en la obra por qué una parte de estos niños son institucionalizados en la ASE.

«La mayoría de los huérfanos crecen con sus madres, a veces en situaciones de grandísimas dificultades financieras y morales. Este es el retrato trazado por los demográfos.»

No obstante, estos datos no describen la situación singular vivida por un huérfano, confrontado a la pérdida de uno de sus padres. (…)

El anuncio del fallecimiento

Corinne Rieber: Marcel Rufo, usted ha indicado que el duelo causaba una cicatriz indeleble. ¿Cómo anunciarle a un niño la muerte de uno o de sus dos padres?

Marcel Rufo: Antes de responder a su pregunta, deseo poner en la mesa una dimensión que no hemos todavía mencionado. Es cierto que hoy en día existen alrededor de 800.000 huérfanos, pero hay que tener igualmente en cuenta los hijos de huérfanos. El campo de estudio es por lo tanto muy amplio.

Por ejemplo, soy hijo de un huérfano y ese estado ha marcado mi vida. Dejénme contarle cómo el fallecimiento de mi abuelo le fue anunciado a mi padre. Mi abuelo le hacía con frecuencia visitas a su propia abuela en Italia, en la región de los Abruzzos. Se trataba de un viaje larguísimo. Teniendo en cuenta que mi abuelo disponía de pocos ingresos, terminaba el viaje a pie. Pero ocurría que era hipertenso. Murió en los brazos de su abuela y fue vestido por el único hombre del pueblo, como era costumbre en esa época. Por su parte, mi padre iba todos los días a la estación de Toulon para esperar la vuelta de su padre. Por aquel entonces, en 1925, las comunicaciones no eran tan rápidas como hoy día y no les habían advertido del fallecimiento. Llegando a las proximidades de su casa, oyó el grito de dolor de mi abuela, su madre que daba alaridos de dolor con la noticia del fallecimiento de su marido. Con ese grito comprendió que ya no vería más a su padre. Desde mi punto de vista ha sido un padre impecable, como si hubiese compensado con su proximidad conmigo la ausencia de proximidad con su padre que murió demasiado pronto. Esta anécdota pretende mostrar que el anuncio puede ser vivido trágicamente, como en el caso de mi padre, o vivido de forma irreal, y para testimonio de ello tenemos al héroe de L’Étranger de Camus. Este anuncio es siempre traumático, accidental y brutal. Se trata de un acontecimiento difícil, pues el adulto que anuncia el fallecimiento no puede comportarse de un modo sereno o adecuado. En mi opinión, no hay que temerle a la emoción. Este sentimiento en nuestra sociedad es sistemáticamente devaluado o neutralizado. He vivido en mi carrera momentos difíciles, casos de fallecimiento de niños que había que anunciar a padres. Siendo un joven médico interno en el Hospital Nord de Marseille, tuve que anunciarle la muerte de un niño de cuatro años a su padre. Ese hombre, un simple pescador de Martigues, me agarró y lloramos los dos en brazos el uno del otro. En esos momentos, la emoción es esencial y no hay que evitarla.

Corinne Rieber. ¿Hay que saber emocionarse de un modo distinto según la edad del niño?

Marcel Rufo: Está usted planteando una cuestión interesante: la del desarrollo en el niño. Entre cero y dos años, la perdida importante para el niño es la de la madre. Así los niños adoptados a esa edad permanecen haciendo el duelo de su madre biológica, sea cuál sea las capacidades de la familia de acogida. A los tres o cuatro años, la muerte es para un niño un concepto reversible. Sirva lo que sigue de ejemplo, si un niño que juega con su gato inventa que éste se cae por la ventana, él se imaginará muerto, que llega al hospital y luego que vuelve de nuevo al lado de su gato. Cuando se le anuncie el fallecimiento de un adulto, un niño de esa edad esperará la vuelta del difunto. No puede concebir la idea de la muerte. Alrededor de los cinco o siete años el niño comprende la mortalidad. La primera muerte que teme es la de sus padres. Los abuelos hacen función de pantalla. En la etapa siguiente, la adolescencia es un período de riesgos. La muerte se actúa: hay que arriesgar nuestra vida para apropiarse de ella. El resto de la vida constituye un caminar que se acaba ineludiblemente con la muerte.

Corinne Rieber. Gilles Séraphin, en su encuesta, ¿Qué recuerdo conservan los huérfanos del anuncio de la muerte de uno o de los dos padres?

Gilles Séraphin: Se trata de un shock. Tan sólo un 9% de los encuestados indican que no se acuerdan de ese momento, una gran parte debido a su temprana edad. En la mayoría de los casos este anuncio deja una marca punzante e indeleble. Las personas interrogadas se acuerdan muy precisamente de las circunstancias, del interlocutor, de los sentimientos percibidos. En algunos casos, los anuncios son brutales y sorprendentes: por ejemplo cuando la Gendarmerie le da la noticia a un niño que acaba de descolgar el teléfono. Hemos analizado que algunas noticias podian haber sido reconducidas, sobre todo, se podía haber tenido cuidado en la forma de narrar ese episodio. Desde luego no cabe duda de que el sentimiento es el de un shock, de un derrumbamiento y en todo caso, de un momento clave.

Corinne Rieber. Serge Moati, usted evoca un «acontecimiento esencial».

Serge Moati: Efectivamente ¿Cómo no sería de peso? Tengo siempre la sensación de tener once años. Mis padres se murieron en un intervalo de dos meses. Las dos veces, me sacaron de la habitación, pues «no había que ver eso» Me alejaron con el pretexto de que lo que ocurría no tenía que ver conmigo, que debía volver a mis juegos. Mi padre murió en el hospital y mi madre, dos meses más tarde en nuestra casa de Túnez. Me sacaron al jardín y estaba tan furioso de que no me echaran cuenta que empecé a hacer mucho ruido con mi bici. Una de mis tías se alzó en mi contra, porque no concebía que no pudiese llorar. Le chillé: «¡No quiero comprender!» y estas palabras resuenan siempre en mis oídos. Sigo todavía sin comprender. ¿Por qué tendríamos que exigir a un niño que encima del traumatismo que siente, que comprenda la situación? Por el contrario, he asimilado bien el «trabajo del duelo»; se trata por otra parte de una curiosa expresión. Personalmente trabajo mi duelo desde hace más de cincuenta años. Pienso que el huérfano siempre tiene la edad del día en que se quedó huérfano.

El Diputado Sr. Colombier evocó a mi gran amigo Philippe Séguin, al que había filmado en la Asamblea Nacional. De hecho, este último me confesó que nunca se sentiría Presidente de la Asamblea, aunque ocupase ese puesto. Se sentía permanentemente ilegítimo. Es un sentimiento que hemos compartido. En lo que a mí respecta, me siento con tan poca legitimidad que dedico mi tiempo a expresarme a través de la televisión y las cámaras, para demostrar que existo. No vayan ustedes a creer que se trata de una broma o de una apariencia. Es la realidad vivida por todos los huérfanos. Volveremos sobre este tema, puesto que me he encontrado con numerosas personas en mi misma situación.

Corinne Rieber: Fabienne Quiriau, desde un punto de vista jurídico ¿el niño tiene derecho a saber que uno de sus padres ha fallecido?

Fabienne Quiriau: Desde la Convención internacional de los derechos del niño, el niño está sujeto a derecho. Muy a menudo, se le separa de una historia que le concierne de un modo muy particular cuando se trata de su padre o de su madre. Los adultos intentan proteger al niño escondiendo, incluso negando el drama, creyendo que actúan bien y estimando que no comprende la situación. Hay que estar atento al modo en que se le anuncia el fallecimiento. Me parece que el derecho puede permitir hacer evolucionar las mentes y los comportamientos acerca de este tema. Hay que tener en cuenta la edad, la personalidad, el entorno del niño. En cualquier caso, es fundamental tratar con cuidado la noticia sin ocultarla. Cualquier adulto se siente incómodo con el tema de la muerte. A este respecto, tenemos que decir que es difícil designar a la persona que anunciará la noticia. El agobio no sólo afecta a los más cercanos, sino también a los profesionales de la salud y de la infancia. Estas personas deben estar preparadas y formadas par dar tales noticias y deben mantener un seguimiento o supervisión a lo largo de toda la vida.

Corinne Rieber: Está usted indicando la necesidad de una preparación.

Magali Molinié, nadie hoy día está preparado para la muerte.

Magali Molinié: Exactamente. Cada uno de nosotros debería poder en estas circunstancias poder chillar, llorar, arrancarse los pelos con el fin de exteriorizar sus sentimientos.En Italia por ejemplo, la práctica de las lamentaciones funébres sigue existiendo. Como adultos, no estamos protegidos del shock de la muerte. Después de todo, afortunadamente y menos mal que se trata todavía hoy día de un acontecimiento dramático: eso indica que no vivimos en una sociedad totalmente deshumanizada.

La muerte siempre es dolorosa y profundamente injusta. Es una suerte que podamos ser capaces de hacerle frente. ¿Cómo integrar a los niños? La sociedad nos impone protegerlos, ya sean pequeños o mayorcitos, de las circunstancias que nos afectan. Sin embargo, es importante dejarlos que intervengan en los acontecimientos de la vida, tanto felices como infelices. Por ejemplo, los padres invitan a sus hijos a su boda. ¿Por qué no integrarlos en la pérdida de un ser querido, en un hecho marcado tan negativamente? ¿Por qué hay que apartar a los niños? Creo que es esencial compartir en circunstancias dolorosas, las emociones, los pensamientos y los gestos dirigidos al difunto. Está claro que hay que reflexionar sobre las modalidades de este procedimiento, según la edad y la personalidad del niño. A través de estos gestos y estas emociones, los adultos permanecen en relación con el desaparecido. No hay que privar los niños de ello, pues sienten por otra parte estos acontecimientos con una gran vivacidad. Todos recordamos la intensidad de nuestra relación con el mundo en la infancia y la adolescencia. Este sentimiento se debilita en los adultos. Por eso es importante integrar a los niños y utilizar una palabra verdadera y justa. Algunas personas, por otra parte, eligen hablar de la muerte sin que estén, en ese momento de su vida confrontadas directamente con ellas. Algunas familias proceden por ellas mismas de este modo. Yo evocaba recientemente este tema con personas afligidas y particularmente con una abuela, que me ha contado como transcurren las tardes con sus nietos. A lo largo de las actividades recreativas que hacen juntos, esta señora está pendiente de explicarle que no estará siempre ahí para acompanarlos, pero que ellos conservarán siempre recuerdos de ella. Por lo tanto es posible evocar la muerte fuera de un contexto de un fallecimiento, traumático y terrible de soportar. Cualquiera de nosotros desearía escaparse de esta experiencia. Sin embargo, hay que enfrentarse y disfrutar de un espacio de creatividad, en el que pensamientos o acciones a favor del difunto sean posibles. Los niños están dispuestos sin reserva a participar en esta forma de proceder. Creo firmemente que no debemos privar de esta oportunidad ni a los niños, ni privarnos a nosotros mismos como adultos que somos.

Corinne Rieber: Gilles Séraphin, estamos mencionando el modo de integrar a los niños que están pasando un duelo, en el marco de algunos rituales que sobreviven en relación con los funerales. ¿Cuál es el testimonio a este respecto de los huérfanos preguntados en vuestra encuesta?

Gilles Séraphin: Existen ritos que permiten expresar emociones y darle sentido a la muerte. El ritual funerario constituye a este respecto un lenguaje corporal, con actitudes y palabras específicas. Es cierto, que estos ritos por una parte tienden a desaparecer y por otra no están adaptados a los niños. Intentamos que los niños cumplan gestos y palabras destinadas a los adultos; no estoy seguro que comprendan bien el sentido. Algunos psicológos podrían informarnos a este respecto. Estos ritos podrían incluso ser percibidos como órdenes. Así, varios testimonios muestran que el hecho de abrazar el cuerpo del padre o la madre fallecida es vivido como una obligación desagradable. La mitad de los encuestados dicen haber visto el cuerpo del difunto con impresiones diferentes. Algunos lo han percibido como una experiencia negativa, sobre todo cuando estaba unido a la obligación de abrazar al muerto.

Corinne Rieber: Marcel Rufo, ¿este trámite ritual debería ser obligatorio? No parece que sea necesario añadir un traumatismo a otro.

Marcel Rufo: Entramos en mi especialidad y estoy de acuerdo con el comentario sobre la formación de los profesionales. A menudo me contactan psiquiatras que me piden cómo abordar a los jóvenes pacientes cuyo padre o madre se ha suicidado. El suicidio plantea un problema exepcional en el niño: se trata no solamente de una pérdida, sino también de un abandono. El niño piensa que su padre o su madre no lo han querido suficientemente para sobrevivir. Cuando me contacta un psiquiatra, no puedo hacer un ejercicio de mayeútica socrática, debo responderle. Después de largas sesiones de trabajo en común, decidimos explicarle al joven paciente, sea cual sea su edad, que su padre o su madre “no quería vivir más”. Se trata de no mentir, pero si de disimular los detalles mórbidos. Debo utilizar un ejemplo para hacerle a usted comprender que no podemos decirles todo a los niños. Pongo por ejemplo el caso de una madre que se ha envuelto el rostro con un paño rociado de gasolina, y que luego metió la cabeza en la chimenea. Está claro que no debo contar esta secuencia al niño. Guardar el secreto no constituye un problema, pues los secretos son generalmente la tierra de cultivo de las familias ¡Puedo asegurarle que incluso los psiquiatras que dicen la verdad tienen secretos de familia! Hay que explicarle al niño, sin mentirle, que su padre o su madre no quería vivir más. Más tarde, este planteará eventualmente la cuestión del suicidio. No hemos evocado el hecho religioso o tradicional. Recientemente, he apoyado a un amigo cuyo hijo se ha suicidado. Afortunadamente, los funerales se han desarrollado en Córcega, en un entorno animado por cantos religiosos y costumbres tradicionales. La casa más grande del pueblo estaba abierta a todos los amigos. Después del entierro cada uno ha traido algo de comer y hemos evocado al desaparecido alrededor de la mesa. También estaban presente niños que jugaban en el jardín debajo de un azufaifo, como Serge con su bicicleta en el momento del fallecimiento de su madre. Como soy un incorrigible clínico, me dí cuenta que estos niños se dedicaron a un juego muy singular: enterraban los azufaifos. Participaban así, a su manera, en los funerales. Esta anécdota me recuerda mi fallecido amigo Pierre Samson, que me había contado que deseaba, a su muerte, ser llevado a la tumba en un coche fúnebre tirado por cuatro caballos que andase lentamente. Le pregunté acerca de la razón de ese deseo. Me respondió que de esta forma, las personas presentes hablarían durante largo tiempo de él antes de que lo metieran en tierra.

Reconstruirse después de la pérdida de un padre o una madre

Corinne Rieber: Gilles Séraphin, ¿cómo se construye el niño después del duelo de uno o de los dos padres, según los testimonios que usted ha recogido? ¿hacia qué personas se vuelve él para cumplir esta etapa?

Gilles Séraphin: En primer lugar, a menudo son o el otro padre/madre o los abuelos los que anuncian la muerte. En muchos testimonios, el fallecimiento no se ha planteado claramente. A menudo se utiliza la metáfora del viaje, dando lugar a una esperanza de retorno. El viaje evoca un lugar diferente, pero siempre en el mundo de los vivos. En el contexto del fallecimiento, las personas encargadas de dar la noticia están ellas mismas golpeadas por el dolor y no están forzosamente en estado de abordar este tema. La cuestión de la muerte no es sistemáticamente abordada en el momento, o incluso más tarde. Así, las personas interrogadas nos han confiado que habían comprendido a menudo la situación por ellos mismos, por cuchilleos o actos de la vida cotidiana. Estos niños por lo tanto se construyen sólos una imagen del padre o de la madre fallecida. Todos los testimonios indican esa “conspiración de silencio” y de la imposibilidad de un intercambio con otras personas.

Corinne Rieber: Serge Moati, ha vivido usted exactamente esta situación. Ha perdido usted a sus padres con once años. Tuvo que pasar nueve años para evocar ese drama: estaba usted en África, subido sobre un caballo.

Serge Moati: Deseo volver atrás si usted me lo permite: nosotros los huérfanos no tenemos jamás derecho a transgredir. He mentido permanentemente con respecto a la muerte de mis padres, pues no me parecía correcto ser huérfano, sobre todo siendo un interno en un instituto de París. Un día, me encontraba en una colonia de vacaciones de la radiotelevisión francesa, al cual tenía derecho, pues mi padre era periodista. Como no quería confesar que era huérfano, les hice creer a mis compañeros que era el hijo de León Zitrone. Esta mentira funcionó muy bien y me permitió hacerme muy popular en el seno de la colonia. ¡Por desgracia, los hijos verdaderos del presentador llegaron! Me convertí en el usurpador de la identidad y estuve doblemente rechazado por la colonia: como huérfano y como mentiroso. Esta anécdota muestra que ningún subterfugio permite gestionar esta situación. Quizás, tan sólo funcionan, la ternura y la compasión. Para volver a nuestra cuestión, me he callado, he mentido y usurpado durante varios años. Más tarde, encontré en el marco de mi servicio de cooperación en Nigeria un oficial de caballería que tabajaba para la ONU. Éste era un excelente jinete, yo sin embargo me parecía a Sancho Panza montado en mi caballo. Un día le confesé que era huérfano. Me respondió con una frase muy simple: “Tú no los has matado”. Me deshice en lágrimas; me quité un peso immenso de mis espaldas. Esta historia es importante, pues muestra que la culpabilidad del huérfano es total. Continuo considerando que he hecho algo malo, y que he sido tan poco bueno que no he sido querido en primer lugar por parte de mis padres. La muerte no es percibida como racional, sino como un abandono. Mi madre no ha muerto de un cáncer de pecho y mi padre de una enfermedad del corazón: me han abandonado. Van a volver. Al principio de la mañana, cuando las puertas de la sala se abrían y se cerraban con el paso del público, me imagné que mis padres iban a llegar y franquear el umbral. Para cualquier huérfano, este “juego” no se acaba nunca. Desearía que mis padres me conociénse hoy. Nadie me ha dicho jamás, como un padre o una madre, que estaba orgulloso de mí. Mi bulimia de actividades mediáticas es la búsqueda de una validación que no llegará nunca. Estoy siempre atento a las críticas, buenas o malas, que recibo; pero la única crítica que de verdad me importaría es la de mis padres. Nadie me ha dado un achuchón. En contrapartida, soy extremadamente efusivo con mis hijos. ¡Están hartos de tener un padre huérfano! no sé si soy un buen padre, pero lo que si soy es fusional y omnipresente.

Corinne Rieber: Marcel Rufo, sin hacerle un psicoanálisis a Serge Moati, ¿considera usted que el modo de un niño hacer el duelo de uno o de sus dos padres es revelador de su personalidad anterior al drama?

Marcel Rufo: Por supuesto. Uno no se convierte en lo que es por una pérdida, metabolizamos la noción de pérdida dependiendo de nuestra estructura preexistente. Un hijo vulnerable se verá más afectado por un fallecimiento; e inversamente, algunos más resistentes hacen paradójicamente de esta experiencia una fuerza. El testimonio muy realista de Serge me recuerda igualmente que el éxito escolar y social es relativo a la situación y a un mandato de los padres. Antiguamente no ocurría así: los niños cumplían un recorrido marcado por los padres. Actualmente los padres animan a sus hijos para que sean mejores que ellos mismos. Podemos comprender así mejor el éxito de Serge, hijo de periodista, en el ámbito periodístico. Ha conseguido su mandato transgeneracional con respecto a su padre, pero le falta la validación paterna.

Serge ha evocado igualmente el retorno de sus padres. Deseo insistir sobre la importancia de la reaparición de los difuntos en los sueños de los huérfanos, o de niños convertidos en adultos. Esta etapa ocupa generalmente mucho tiempo. Algunas personas no sueñan jamás con la persona amada desaparecida, sin duda a causa del sentimiento de culpabilidad. Ilustro este propósito con un ejemplo: usted no soporta más las llamadas telefónicas de su madre alcohólica. Sin embargo, su madre fallece accidentalmente, después de que usted le haya usted colgado bruscamente después de su última conversación telefónica. Usted no la ha apoyado a pesar de que le pedía ayuda. La «parentalización» de los hijos constituye una dimensión capital. El niño se convierte, con los años, en el padre o la madre de sus ascendientes, por ejemplo en el caso de la enfermedad de Alzheimer. Sin embargo el huérfano está privado de esta etapa de la vida. Además, el orgullo de un padre o de una madre es el principio de la superación y del éxito de un niño con respecto a sus padres. Los huérfanos adultos sueñan a menudo que sus padres asisten a su logro. Hemos realizado igualmente una encuesta sobre los padres que han efectuado donaciones de órganos de sus hijos fallecidos. Nuestra sociedad nos obliga a que mantengamos la donación de órganos de fporma anónima. En lo que a mí me concierne yo transgredo la ley, pues considero que un padre que ha efectuado una donación de un órgano tiene el derecho de recibir por parte del niño transplantado una postal anónima de agradecimiento.

Tengo consciencia de estar fuera de la ley, pero eso me importa poco. No es correcto borrar a los padres que han hecho donación de un órgano de su hijo o de su adolescente. Hemos realizado con una amiga psicóloga una encuesta sobre esos padres donantes de órganos. En este marco, nos hemos encontrado con una madre que donó órganos de su hijo muerto en un accidente. Esa madre soñó con su hijo y se trató en este caso de una experiencia traumática: cuando su hijo llegaba le decía que no podía volver porque ya no tenía órganos. El estudio del sueño es esencial, pues el inconsciente lo libera de la realidad.

El imaginario sobrepasa lo real. Estoy convencido que en las semanas próximas, Serge va a soñar con una puerta que se abre sobre sus padres. El sueño confiere por tanto una capacidad de supervivencia y de rebote afectivo. Es vital tener que estudiar los sueños cuando se acompaña a niños traumatizados. Hay que preguntarles a los huérfanos si han soñado con su padre o su madre fallecidos. Al poner de nuevo en escena al padre o a la madre, el niño lo hace revivir, de un modo imaginario. En estos casos, el imaginario es más importante que la realidad.

Corinne Rieber: Soñamos con nuestro padre o nuestra madre y podemos hablarle al estado consciente. Magali Molinié, los hijos intentan igualmente preservar una fachada/apariencia de normalidad, sobre todo en la escuela.

Magali Molinié: Los testimonios de Serge Moati y de Marcel Rufo ilustran situaciones reales. Soy muy sensible al comportamiento de los adultos así como lo que este comportamiento reprime o favorece en el niño. La escuela constituye a este respecto un lugar particular, donde el niño tiene sin duda necesidad de una fachada /apariencia de normalidad, protegido al abrigo del drama familiar. Es por ello que los profesionales de la infancia deben de tener en cuenta esta situación. La vida imaginaria descrita por Marcel Rufo puede hacerse posible de una vez por toda gracias a la presencia de adultos sobre los cuales el niño puede apoyarse, por ejemplo para contar sus sueños. Hoy en día no sabemos ya como hablar de los difuntos. Es normal estar asustado ante la perspectiva de la muerte, pero habría igualmente que poder evocar a los muertos fuera de esta perspectiva traumática. Por ejemplo, últimamente me he encontrado con una colega de trabajo que me ha comunicado el reciente fallecimiento de su madre. Estabamos rodeadas de otras personas. Después de algunos segundos de indecisión, he seguido a pesar de todo la conversación con ella. Hemos pasado una media hora recordando a su madre, sus últimos intercambios y las circunstancias del fallecimiento. Mi colega me ha contado su pena al ver irse su madre, pero también su sensación de que el momento había llegado y el hecho de haber podido hablar con ella acompañó en sus últimos días a la anciana que falleció en paz. Así que hemos pasado un tiempo las dos evocando a la difunta, como si estuviésemos detrás del séquito de Pierre Samson. A final de la conversación, mi colega me dio las gracias. Comprendí a posteriori que ese momento de intercambio supuso un significado particular para ella. No le tengáis miedo a los muertos. No tiene nada de loco, ni de morboso evocar a los muertos, en circunstancias que no tienen porque ser tristes o traumáticas. Algunas veces su recuerdo nos conduce incluso a momentos felices. Es posible hablar de la pena y de la alegría compartidas con ellos. Las personas que están de luto salen siempre calmadas con este tipo de intercambio con seres queridos, amigos o niños. Recordar a un difunto con otras personas permite igualmente construirse de ello otra imagen, más compleja y más completa.

Corinne Rieber: Gilles Séraphin, los testimonios de huérfanos adultos que usted ha recogidos están impregnados de un sentimiento de soledad frente a la pérdida de un padre o una madre.

Gilles Séraphin: Numerosos sentimientos fuertes emergen, como la tristeza, la cólera, la angustia y la culpabilidad como lo ha indicado Serge Moati. Las cartas que acompañan las respuestas al cuestionario versaban sobre todo sobre la noción de transmisión ya evocada por Marcel Rufo. La muerte de un padre o de una madre tiene un control sobre la identidad del huérfano, por la pérdida de un punto de referencia y por la imposibilidad de una transmisión familiar. La ruptura de esta transmisión está muy fuertemente marcada en los testimonios que hemos recibidos. Los huérfanos interrogados han transmitido un sentimiento de soledad, que proviene no solamente de la dificultad del intercambio con el entorno del difunto y su historia, sino también por esa ruptura en la transmisión.

Los riesgos socio-económicos

Corinne Rieber: Magali Molinié ha sugerido, igualmente, en su introducción, los riesgos socioeconómicos que pesan sobre el conyúge que sobrevive. Muy a menudo recaen sobre la madre que no trabaja o que trabaja a tiempo parcial. Cuando se muere un padre se suman por lo tanto consecuencias económicas y sociales importantes, que traen consigo una vulneralidad en la familia.

Magali Molinié: Saludo hoy, aquí presente, a Florence Valet. Ella ha insistido particularmente sobre este tema en su libro. La FAVEC (Asociación de Viudos y Viudas) por su parte también me ha permitido tomar consciencia de este problema en los recorridos de la viudedad. Como psicológa que soy, abordo la situación de una viuda desde el punto de vista de lo íntimo y de la reconstrucción de la identidad. Sin embargo, las mujeres son además vulnerables desde la perspectiva del trabajo. Tenemos que tener presente esta dimensión en el tratamiento de la problemática del huérfano. Actuaciones a nivel de políticas públicas pueden ciertamente ser elaboradas para mejorar la situación financiera y profesional de los conyúges que sobreviven.

Corinne Rieber: Gilles Séraphin, los testimonios que usted ha recogido señalan también el impacto de los riegos sociales y económicos acerca de la situación de las familias y a veces incluso sobre la elección de un oficio.

Gilles Séraphin: Esto es verdad y por varias razones. Primero desde el punto de vista material, cuando el fallecimiento del padre o de la madre provoca una caída/bajada /recorte del nivel de vida, los niños pueden perder la posibilidad de continuar con sus estudios. Los mayores tienen tendencia a sentirse más responsable y terminan insertándose en la vida profesional más rápidamente. Por último, los huérfanos tienen tendencia a elegir carreras en la educación, lo social, la justicia, etc. En resumen, el fallecimiento afecta a las posibilidades escolares y profesionales a nivel económico, pero también a nivel de la proyección de las responsabilidades familiares.

Corinne Rieber: Fabienne Quiriau, ha apuntado que el padre o la madre que sobrevive, con mayor motivo la madre, se encuentra en una situación de fragilidad para educar a su hijo o sus hijos. Lo mismo les ocurre a los niños influenciados con la elección de sus estudios.

Fabienne Quiriau: Efectivamente, los estudios que hemos realizado acerca de los padres que sobreviven ponen en evidencia una gran vulneralidad social, que se añaden a las consecuencias psicológicas del duelo. La más grave, y deseo señalarlo, es el riesgo de aislamiento social. El entorno juega a este respecto un papel determinante para el adulto y para el niño. Mientrás más se aíslen socialmente las personas en duelo, más difícil será su existencia. Por ello, las dificultades encontradas por los huérfanos y por los cónyuges viudos pueden actuar como un estupendo estimulante y un factor de consolidación de los lazos. De este modo, los lazos familiares, alrededor de un hijo huérfano se fortalecen generalmente.

La calidad del acompañamiento del padre o de la madre tendrá un impacto sobre la situación del niño. Quiero añadir como contrapunto que los niños que tengan sus dos padres no están al abrigo de dificultades de orden material y afectivo. Serge Moati ha apuntado la importancia fundamental del amor y del entorno. El factor humano es efectivamente primordial en la gestión del duelo y el tratamiento de los huérfanos, más allá de los dispositivos públicos previstos. Se trata de una categoria de población extremadamente vulnerable con riesgo de exclusión social.

La reinvención personal o los padres mosáicos

Corinne Rieber: Marcel Rufo, ¿Existe la posibilidad de qué los huérfanos puedan reinventarse y superar su experiencia dolorosa para de este modo poder alimentar su vida adulta?

Marcel Rufo: Su pregunta es interesante, pues vivimos en una sociedad que nada más que concibe la felicidad. Esta concepción me parece incompleta: en realidad nos construimos principalmente sobre las dificultades. Rechazo la psicología de “ositos amorosos”. Estoy realmente entusiasmado con nuestro debate, que me sugieren tres comentarios. En primer lugar, he realizado una asociación de ideas entre Serge Moati y Serge Lebovici, que fue mi maestro. Con la edad de 76 años, este último me confió sentirse desgraciado “como un niño de 10 años” como cuando perdió a su madre. Esta observación llena de perspicacia demuestra que la edad no cuenta si nos fijamos en la intensidad de la desgracia. De igual modo, Serge Moati sigue teniendo la sensación de tener 11 años. En segundo lugar, no ha citado una pulsión común a las personas que han sufrido un fallecimiento: la necesaria agresividad hacia el desaparecido, sobre todo en caso de suicidio. El niño tiene suerte de poder odiar a su padre suicidado. Sin embargo, él no se da cuenta de esto hasta pasado unos pocos años, incluso a veces nunca.

En fin, he recordado anteriormente, en este honorable recinto, cómo transgredo las leyes de la República, en el caso de donaciones de órgano. Se me viene a la cabeza una conversación mantenida con mi amigo Jean Leonetti acerca de la revisión de las leyes de bioética dicutida en l’Assemblée National: recordábamos el caso de los “embriones huérfanos”. ¿En caso de fallecimiento del padre durante el proceso de un proyecto de fecundación in vitro, habría que implantar el embrión? El niño nace de su padre aunque este último muere antes de su nacimiento. ¡La ciencia-ficción supera la realidad! La modificación de la ley depende de la autoridad de los diputados. Por mi parte, reflexiono a la situación de este niño, totalmente diferente de la del niño abandonado por uno de sus padres. La representación del padre es más complicada que su ausencia. Podemos adoptar varios padres “mosaicos”, además del padre biológico. En mi caso, se trata sobre todo de Serge Lebovici. Dejéme contarle otra anécdota que ilustren mis palabras. El 29 de septiembre es el día de San Miguel. En La Provenza, se decoran las casas con hinojos para que huela con motivo de este festejo. Uno de sus maestros es Michel Soulé, que lleva el mismo nombre que mi padre fallecido. Cada año le traigo para su santo un ramo de hinojo, en honor a esos dos Michel.

Corinne Rieber: Serge Moati, usted también ha tenido igualmente a lo largo de su carera la posibilidad de reinventarse con padres mosaicos, según la expresión de Marcel Rufo.

Serge Moati: Exactamente. Estoy emocionado con las palabras de Marcel Rufo. Compartimos el mismo maestro, Serge Lebovici. Para empezar, quiero señalar que no me llamo Serge. Para el registro civil, mi nombre es Henry, pero cogí el de mi padre muerto. ¡Soy por tanto doblemente usurpador! Ya nadie me llama Henry y no me reconozco ni yo mismo con ese nombre. Volviendo a Serge Lebovici, ha tenido la delicadeza de morir el mismo día que mi propio padre, el 16 de Agosto, que es la víspera de mi cumpleaños. Mi padre por tanto ha estropeado todos mis cumpleaños desde los once años. Para responder a su pregunta, no existe padre de substitución.

Corinne Rieber: He utilizado el término de padre «mosaico».

Serge Moati: Me he construido varias figuras paternas y fraternas, pilladas por aquí y por allí, pero jamás habría reconocido a alguien que se hubiera hecho pasar por mi padre. Nadie es como él. Incluso cuando era un niño, unas señoras me invitaban a comer en sus casas y me decían “eres como mi hijo”. ¡Su cuscús no era tan bueno como el de mi madre! Siempre me han parecido sospechosas esas personas que intentaban reemplazar a mis padres. Me he fabricado un catálogo de padres, con François Truffaut que me ha acompañado en el medio cinematográfico, luego con François Mitterand que me eligió para ser su asesor de comunicación. A menudo me han preguntado si este último había sido “como un padre” para mí; esto es totalmente falso. Nada vale unos padres muertos. Simplemente he desarrollado capacidades de proyección y de recreación sobre algunas personas que me han parecido estupendas: se trata de un mecanismo de empatía. Esta capacidad me conduce bastante lejos: cuando realizo entrevistas, me convierto en interlocutor. Dispongo así de padres fugitivos o mosaicos -devolvámosle a Marcel lo que es de Rufo. Me he fabricado igualmente hermanos pequeños mosaicos. Así soy capaz de reconocer un huérfano en cualquier parte del mundo. He realizado muchas películas en el extranjero acerca de huérfanos de guerra. Incluso cuando no hablaba la lengua del país entendía las palabras de estos niños. Reconozco la mirada de un huérfano. De este modo, dispongo de un conjunto de figuras mosaicas que me han ayudado a crecer, pero para mí me ha resultado difícil amar. Durante mucho tiempo, he sido infiel a las mujeres, pues no soportaba apegarme a una persona que podía atreverse a dejarme. El apego es un paso difícil de franquear para un huérfano. Nos sujetamos a leyendas no a seres humanos. De todos modos desconfiamos de las personas que nos proclaman su amor. En cambio, los huérfanos nos amarramos a proyectos. No soy periodista: de hecho no poseo ni siquiera la tarjeta de prensa. Me he convertido en periodista, porque mi padre lo era. De igual manera me hice socialista como él. He abrazado otras características, que no quiero mencionar antes vosotros. Quizás no estaría, hoy aquí, si no hubiese seguido ese deber de fidelidad hacia un muerto.

Corinne Rieber: Marcel Rufo ¿Hace falta talento para desvincularse del duelo? Usted apunta que es más fácil caer en depresión que hacer esfuerzos para tener éxito.

Marcel Rufo: Efectivamente es más difícil tener éxito que fracasar. Me encuentro en mi consulta adolescentes, especialistas en fracasar: fracasan con brío. El éxito exige más voluntad, más análisis y más autocrítica.

Serge Moati ha mencionado sin nombrarla la noción de «identificación proyectiva»: se trata de un ritual psiquíco que permite identificarse proyectándose sobre el otro.No disponemos todos de las mismas capacidades de identificación proyectiva. Mi oficio consiste en comprender como igualar las oportunidades de los niños frente a esta problemática. Me encuentro sistemáticamente con seres frágiles y cuando se me confían pacientes «normales», intento no agravar su caso.

Serge ha hecho esta observación que me ha parecido enteramente interesante: ha explicado que se ha construido copiando a su padre. A pesar de que ha indicado que algunas de sus referencias eran inconfesables, seguidamente ha dejado caer su infidelidad. Todos hemos comprendido que padre e hijo se parecían en ese punto. Sea lo que sea, me planteo como echarle una mano a un niño que dispone de menos capacidades de recuperación que otro. La verdadera problemática de esta jornada, son los huérfanos invisibles y frágiles. Hemos mencionado la estructura preexistente. Los huérfanos resistentes franquearán más fácilmente la étapa del duelo que otros. Podemos transformar su desgracia en fuerza.

Me encanta el personaje de Scarpe, un condottiere que está en lucha con Lorenzo el Magnifico, de la familia de los Médicis, en la época del Renacimiento. Al final, Lorenzo de Médicis desea recompensarlo por su bravura y le propone que escoja su botín. Scarpe rechaza su oferta y le indica que no tiene más que una exigencia: cambiar su nombre en Sforza, recordando de este modo la fuerza del combate. A lo mejor Sforza era huérfano.

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