Psicologia:No soltéis a los adolescentes

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No soltéis a los adolescentes

Entrevista a Patrick Delaroche, psiquiatra infantil y psicoanalista francés.


«¡No soltéis a vuestros adolescentes!»

Psyhologies.com
Traducción realizada por Internenes.com

Para un adolescente entrar en conflicto es, una forma de desviar la situación y de pedir ayuda. Los padres que ignoran esto se sienten menospreciados, incluso incompetentes. Debemos enseñarles a tener confianza en ellos mismos y a que vuelvan a recuperar su legitimidad para de este modo responder mejor a las necesidades de su hijo, explica Patrick Delaroche, psiquiatra infantil y psicoanalista.

Flavia Mazelin Salvi

Psychologies: ¡Vuestros adolescentes os necesitan ! Este título suena a una verdadera llamada al orden. ¿Los padres se habrían olvidado de lo que parece evidente?

Patrick Delaroche: No se olvidan de ello, más bien al contrario, tienen además mucha más conciencia que antaño de la importancia del papel que tienen que desempeñar, pero tienen problemas a la hora de asumirlo plenamente, por varias razones. Por todo ello me gustaría que oyesen esta frase más como para dar ánimo que cómo una crítica. Uno de los grandes problemas de hoy en día es que los padres se sienten ante los ojos de sus hijos incapaces. Al menor conflicto, se creen menospreciados por ellos. Sin embargo, el conflicto es para el adolescente, una forma desviada de pedir ayuda. Los padres no obstante, en sus reproches, en sus criticas o en su agresividad no oyen más que acusaciones de incompetencia. Dudan de ellos mismos pues no se sienten suficientemente legitimizados para imponerse. Estiman que ya no son el principal referente educativo de sus hijos, sino uno más entre otros: enseñantes, amigos, psicólogos, y no nos olvidemos de Internet.

Psychologies: ¿Los psicólogos estarían impidiéndoles a los padres ser plenamente padres?

No todos los psicólogos, sino los que dan la impresión de estar en posesión de las «llaves de oro» de la educación, o que, con el pretexto de recordar los fundamentos del psicoanálisis o de la pedagogía, los descalifican. Estos distorsionan gravemente la relación entre padres e hijos. Estoy convencido de que es urgente que apelemos a las competencias de los padres y de las madres para ayudarles a que vuelvan a ocupar un lugar esencial en la vida de sus adolescentes. Estos últimos tienen necesidad de situarse frente a adultos seguros de su legitimidad. Una legitimidad que no excluye evidentemente las dudas, los cuestionamientos y las demandas de ayuda en caso de dificultad. Pero lo importante es que los padres no los suelten.

Psychologies: ¿Cómo reconquistar este lugar central?

Sin duda sabréis que no existen recetas milagrosas, pero lo que me parece importante es la relación. A un joven se le acompaña si se está plenamente presente, y hablo aquí de calidad de presencia más que de cantidad. Esto significa desarrollar con él lo que yo llamo «una relación a cuatro ojos», es decir personalizada.

Este adolescente es ante todo un individuo singular que tiene tales gustos, tales miedos, tales deseos… Para mantener un verdadero intercambio con él, tenemos que tomar en consideración esta individualidad, así se sentirá acompañado, respetado y seguro. Lo dicho implica dedicarle tiempo, mirarlo sin escrudiñarlo, escucharlo sin cuestionarlo demasiado, para que se sienta encuadrado, comprendido pero no «disecado».

Es fundamental precisar que esta calidad de presencia no puede desarrollarse con padres amigos. El tener que asumir un papel, es plantear desde el principio y sin ambigüedad el hecho de que una familia, es una jerarquía. Al mando, los adultos, y por debajo, los adolescentes. La familia no es una democracia, los deberes y los derechos no están repartidos del mismo modo. Los jóvenes tienen una necesidad vital de que los padres asuman su posición de autoridad, que les pongan límites y encuadres, a fin de que puedan crecer y experimentar, sin ponerse en peligro.

Psychologies: ¿Qué clase de autoridad necesita un adolescente?

En materia de autoridad deben evitarse dos escollos: una exesiva permisividad, que maltrata el adolescente, pues esto se percibe como un modo de abandono, y la sobreprotección, que lo priva de sus competencias personales y lo mantiene en estado de dependencia. A esa edad, deberíamos pasar a una autoridad directa, immediata, que no deja elección (puesto que el niño no puede ni decidir, ni concebir lo que está bien para él) a una autoridad que, incluso si aplica sanciones, deja en el fondo al adolescente libre de obedecer o no. Esto se hace preferentemente usando el modelo contractual. Podemos decirle por ej: «Me das tu palabra de que…», «Te comprometes a … »

Respetándolo, implicándolo, dándole cada vez más confianza pero estando al mismo tiempo vigilante, le enseñamos a llegar a ser más responsable, y más consciente de las consecuencias de sus actos. El joven le reclama a sus padres su confianza y pruebas de ésta. Para que comprenda algunos rechazos o prohibiciones, podemos explicarle que nos fiamos del adolescente que es, pero no de la adolescencia, período de crisis y de riesgos. Todo es cuestión de ajustes. La vigilancia parental debe ejercerse de forma ininterrumpida pero no de forma excesiva.

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