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Médicos del sufrimiento

Entrevista a Marcel Rufo, psiquiatra infantil sobre su trabajo con jóvenes.


Marcel Rufo: "Somos los médicos del sufrimiento"

Por Patrice De Méritens - el 16/04/2010
Traducción realizada por Internenes.com

Entrevista con Marcel Rufo, psiquiatra infantil en el servicio de pediatría infantil - juvenil en el hospital Sainte - Marguerite de Marsella.

El célebre psiquiatra infantil defiende el psicoanálisis - «una disciplina fundamental del conocimiento humano» - explica su método muy personal con sus jóvenes pacientes: empatía sensible y tratamiento en profundidad.

Le Figaro Magazine- ¿Por qué el psicoanálisis freudiano está actualmente tan cuestionado?

Marcel Rufo- Porque Freud ha vivido entre los siglos XIX y XX y la sociedad ha evolucionado enormemente. Pero hasta el día de hoy, sigue siendo el Cristóbal Colon de nuestro pensamiento. Al explorar el continente inconsciente, sacó a la luz la psicopatología de la vida cotidiana. Su genialidad consiste en haber dicho que un lapsus, un sueño, un acto fallido “tienen un significado". Un descubrimiento esencial en un mundo donde las religiones están fundamentadas sobre el inconsciente. Como sabemos la catequesis interviene a los 6 años cuando el niño está en plena fase de latencia: sus ganas de aprender está en esos momentos al máximo. La comunión, el bar-mitzvah, los ritos iniciáticos de los primeros pueblos llegan en el momento de la autonomía. Las religiones siguen los pasos por lo tanto del desarrollo psicomotor. Sigmund Freud le ha puesto palabras a estas realidades codificadas, las cuales han pasado desde entonces al vocabulario corriente. Él, que no era precisamente derrochador, supo financiar las investigaciones de antropología psicoanalítica del etnólogo Géza Róheim, en Australia, de ellas se dedujeron que los aborígenes tenían los mismos rituales de circuncisión que la “gentry” judía vienesa de la época. Por mi parte defenderé siempre la apertura de la puerta freudiana con lo que respecta a la cuestión de la noción universalista.

Se le reprocha sin embargo haber dogmatizado sus propias fallas…

Pero es el heredero del pensamiento de las luces, y sobre todo, acude a casa de Charcot, en la Salpetrière que pone a histéricas en representación, anoréxicas mentales con “el vientre vacio”. Freud, que estudiaba el comportamiento dilatador de los insectos, pensaba que la histeria era más interesante en las manifestaciones clínicas sin causa. Esto es lo fabuloso: busca una causa no médica. Derroca el reparto del sentido, de la significación con respecto a la clínica. El Inglés Donald Winnicott retoma esto maravillosamente cuando explica la diferencia entre un pediatra y un psiquiatra infantil. El pediatra encuentra un síntoma. Le hace falta un segundo. Un tercero. Es un síndrome. De ahí el diagnóstico y el tratamiento. El psiquiatra infantil no tiene porqué interesarse por el síntoma para, eventualmente, poder captar el sentido. ¡Imagine los 180 grados de este pensamiento! El psicoanálisis continúa siendo por tanto una disciplina fundamental del conocimiento humano.

Sin embargo el siglo XXI le da más importancia a las técnicas de los conductistas. ¿Qué le suscita a usted esta modernidad?

Numerosos médicos residentes se inclinan por lo cognitivo-conductual, que tiene, la ventaja de la inmediatez y de la eficacia. Pero no perdamos la esperanza de que pronte se pongan a reflexionar.

¿Qué quiere usted decir?

Voy a simplificar y pido disculpas por adelantado. Imagínese que usted es abogado, que trabaja en Wall Street. Usted le tiene miedo a los ascensores. Sube con usted hasta su piso. ¡Bravo! Pero la cuestión sigue en pié: ¿Por qué ha tenido usted miedo? «Are you OK? –I am OK!» Así es el conductismo, que responde a nuestra impulsividad, a nuestra rapidez.

En las fobias, por ejemplo, es tremendamente eficaz, pero para descifrar una patología de este calibre, hace falta tiempo, un tratamiento en profundidad es costoso y a veces arduo, de ahí la reacción: "¿Por qué no curar la molestia y pasar a otra cosa? Esa no es mi forma de pensar". Por mi parte, prefiero, el encuentro con las personas. Mi técnica, si hay que emplear esa palabra, es la de un clínico. Un ejemplo. He visto esta semana a un niño pequeño que se hace caca. Tiene 2 años y medio. Se lo hace encima. Lo observo. De repente me dirijo a él: «Sabes una cosa, ya es hora de que dejes de ser un niño chico, puesto que eres un chico mayor». Se inmoviliza. Me mira. Sigo: «A partir de ahora, le preguntaré con regularidad a tus padres por ti. ¿Te has enterado?» No responde. «Dime solamente sí o no». Esboza con la mano un golpeteo indicándome que ha comprendido perfectamente. He esperado el momento para intervenir. Se trata de una práctica más fenomenológica que psicoanalista, en la que la conciencia cuestiona a la conciencia. Algunos filósofos afirmarían que la fenomenología no tiene ningún valor teniendo en cuenta que el niño es un ser en construcción, pero se equivocan. Yo que no soy más que un modesto practicante, observo que los niños son esencialmente una conquista del tiempo y del espacio. Eso sí, con tiempo diferentes del nuestro. Piense en las vacaciones de su infancia, en lo largas que eran. Ser pequeño, es tener un tiempo infinito de descubrimiento y de capacidad.

¿Qué actitud tiene usted con sus jóvenes pacientes?

En vez de emplear una neutralidad complaciente como la de mis compañeros de trabajo y amigos psicoanalistas, me he deslizado hacia una empatía sensible. Sin colocarme en una posición demagógica o de erotización, me he interesado por lo que cuenta el niño. Incluso he establecido un protocolo particular en mi práctica: cuando el niño deja mi despacho, escribo 20 líneas de resumen sobre lo que he vivido. No comprendidas, vividas. Luego, cuando vuelve, una vez que las he leído, le hablo de lo que he sentido, viéndole. El niño se hace sensible: no es sólo una consulta, examino también mi propia sensibilidad con respecto a él. Algunos chillarán hablando de seducción y manipulación, pero esto sería reducir trágicamente el alcance de las cosas. Si usted se encuentra frente a un psiquiatra con una actitud poco interesada cuyo diálogo se basa en algunas frases estereotipadas, del tipo: “Prosiga… Vaya usted más lejos en su pensamiento… ¿Qué sentido tiene su propuesta?, sin duda abandonará usted rápidamente su consulta. La empatía es esencial en el encuentro. Me acuerdo, siendo niño, de haber transgredido las prohibiciones de mi abuela: estábamos en un tren, me inclinaba por la ventana “è pericoloso sporgersi!”. ¡Mira por dónde! se me mete un carboncillo en un ojo. Mi abuela me pregunta porque lloro. Le respondo: “Es que hay luces que se encienden en las casas, llena de gentes a las que no le hablaré nunca.” Mentía, claro está, sin embargo, no mentía.

¿Podemos temer una forma de alienación, de dependencia de nuestra sociedad con respecto de los psicólogos?

La psicología es por definición altruista, cubre todos los sectores de la sociedad, sin exclusividad. Está ahí, es una evidencia, para hacer el bien. Si no hace el bien, de todos modos jamás hará daño. El efecto mínimo es evitar los antidepresivos prescritos por los médicos de cabecera.

¿Alienación, dice usted? A veces ocurre que los padres exageran. Una vez al mes, aproximadamente veo un niño que no tiene nada pero que “debe” ver un psiquiatra infantil. Aplico una técnica simple. Le doy un certificado asegurándole de que lo he visto: “Tus padres te han traído para que te vea. No tienes necesidad de mí para nada.” Invariablemente el adolescente pega el certificado en su cuarto. De este modo les dice a sus padres: “Dejadme ya de me fastidiarme. Esto es lo que dice el médico …” Paralelamente observo a menudo que un adolescente que ha afirmado no querer venir, a los tres cuarto de horas viene. Porque hablar de uno, es interesante. Los que vienen a verme creen que me van a contar la historia más interesante que no haya oído jamás. Y yo estoy dispuesto a aceptar esa propuesta. La más bella definición de mi oficio, me la propuso un niño de 5 años. Me dijo: “Tú eres el médico de los sufrimientos/ problemas/ preocupaciones”

Entre las mutaciones de la sociedad, citaremos la crisis de la autoridad, que no puede por menos que traerle pacientes…

Sí. ¡Está prohibido, prohibir! Mayo del 68 es terriblemente psicoanalítico, con la muerte del padre, de alguna manera, el general de Gaulle: “Nuestra felicidad no depende de ti que nos ha salvado hace ya mucho tiempo, durante la guerra.” El mensaje mal entendido de este periodo está recogido por los hippies post años 70 de las Cévennes et du Luberon. «Paséate por el campo, ¡no te laves!, ¡no vayas a la escuela!» Es de imbécil. Freud decía que había frustraciones necesarias, pues una sociedad no puede funcionar sin límites. Aquí se plantea el debate sobre la autoridad. A fuerza de ser cómplices, de estar en una eterna juventud en la que los padres ya no envejecen ya - dígale a Jane Fonda que es vieja y le mandará a freír espárragos - los adolescentes están en competición, cuando de lo que tienen necesidad es de radicalidad: "Tú, el hachís ni probarlo; nada de borracheras los sábados por la noche; en el cole se trabaja; nada de traer novietas a casa…eso para cuando tu abuela esté en Lourdes!"

En esto consiste el problema del padre. Con respecto a este tema estoy a puntito de crear un “movimiento del masculinismo”… El feminismo ha sido un factor de progreso tan grande, de igualdad de los sexos, que hay que cuidar de que ciertos excesos no hagan del padre un pequeño castrado accesorio: los papás gallinas tienen necesidad de psicoterapia y Tres hombres y un biberón, no son objetivamente, más que, tres enfermos mentales. No existe sobre la tierra más que dos especies, los chicos y las chicas, en la igualdad, claro está. Pero no iguales. El padre quiere a su hija, la madre, quiere a su hijo. Se habla de Edipo, pero no nos olvidemos de ¡Yocasta!

A propósito de padre-hija…

Ya, sé por dónde va: pues fíjese que mi hija se propone montar ¡una “asociación de hijos de psicólogos”! Alice tiene 29 años, acaba de terminar, es consejera diplomática en le Quai D´Orsay y sigue pensando que yo sigo siendo el buen alumno. Esto le da al asunto una cierta ambigüedad que cultivo con mucho mimo. Inútil, es precisar que estoy tan orgulloso de ello cómo aquél vendedor de Palmira que se hizo una tumba tan grande como la de los reyes. Pero es muy crítica conmigo y con la psicología en general. Al parecer su asociación reivindicaría una pensión para los hijos de psicólogos por haber vivido desarreglos a lo largo de su infancia. Le he pedido que me explique de qué va la cosa. Me ha contado lo que sigue: “Cuando volvías a casa, contabas historias que habías comprendido. Yo que tenía 7 años y estaba en CE1 me decía: ”No le voy a confiar nada de lo que pienso si no me va a comprender.” Se escondía de los exploradores del psiquismo que son los psicólogos. ¿Qué quiere usted?, estoy hecho de este modo. Soy incurable.

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