Psicologia:Suicidio de un pariente

>Psicologia

Suicidio de un pariente

Orientaciones para la elaboración de un duelo de la pérdida de un pariente por suicidio.


Sobrevivir al suicidio de un pariente: cómo darle sentido a un acontecimiento descabellado

aqps.info
Traducción realizada por Internenes.com

PSICOLOGÍA QUÉBEC • NOVIEMBRE 2002

Por Chantal Vézina psicóloga con consulta privada; ha trabajado durante ocho años en el Centro de prevención del suicidio de Québec.

UNA PERSONA que pone deliberadamente fin a su vida provoca alrededor de ella una onda de choque. En Quebec, las estadísticas indican que tan solo un suicidio afectaría a unas nueve personas de un modo directo. Estas personas dolientes deben convivir con un acontecimiento descabellado que necesita un trabajo psíquico importante.

La persona que vive un duelo por un suicidio tiene como trabajo darle sentido a esa experiencia traumatizante. Se trata de una tarea ardua, que pide tiempo, y valor por parte del paciente (1). Freud se interesó por el trabajo del duelo en su texto «Duelo y melancolía», a partir de 1917. Según él, la noción de trabajo del duelo implica la necesidad del aparato psíquico de asociar las impresiones traumatizantes, el término asociar hace referencia a la producción del sentido. Las características del duelo según Freud son «una depresión profundamente dolorosa, una suspensión del interés por el mundo exterior, la pérdida de la capacidad de amar y la inhibición de cualquier actividad (2)». En realidad toda la energía de la persona se ve requisada por su duelo.

En este contexto, el trabajo del terapeuta se ve estrechamente asociado al del paciente. El terapeuta puede acompañar a la persona doliente en esta búsqueda de sentido sin caer de todas formas en ponerse en el lugar de quien conoce las respuestas. Es a menudo tentador ante la confusión y el sufrimiento intolerable de querer calmar a toda costa. En la clínica del duelo tras un suicidio, los diagnósticos clínicos y los marcos de referencias teóricos tienen su importancia en la medida en la que dan una cierta orientación a la terapia. Debemos, por el contrario, recordar que no son de ninguna utilidad en el relato propio del paciente. Pues aunque ciertas etapas están presentes en la mayoría de los duelos, cada duelo es único.

Caso clínico

Una paciente pide una consulta a las tres semanas del suicidio de su marido. Esta vive con su hija de 13 años mientras que su hijo de 19 vive fuera. El día del primer encuentro, narra que se ha encontrado su marido colgado en el cobertizo. Relata las circunstancias que preceden al suicidio, habla de sus reacciones y de las de su hija, de la nota que dejó y que traerá en un encuentro posterior junto con una foto. Esta paciente vive la primera semana que sigue al suicidio como una verdadera «pesadilla». Imágenes del cuerpo de su marido la persiguen y le impiden dormir. Los encuentros con el médico forense y/o juez de instrucción, los arreglos funerarios, la inquietud frente a la adolescente que se ha encerrado en su mutismo y la interrupción de su trabajo son fuentes de ansiedades añadidas.

Por otra parte, cuenta con una buena red social que la sostiene en sus diligencias oficiales. Tiene la impresión que le «faltan cabos por atar» de esa primera semana. Los funerales parecen haber puesto término a este sentimiento de irrealidad. La confrontación con la pérdida irreversible de su marido provoca un sentimiento de vacío y de abandono que libera las lágrimas hasta ahora retenidas. La demanda inicial de la paciente es la siguiente: quiere saber por qué su marido le «ha hecho esto», quiere respuestas a sus preguntas. Este acontecimiento no tiene sentido para ella, no se integra en la vida que ella conoce. Todos los momentos anteriores al suicidio son recordados, examinados, sopesados con la finalidad de encontrar indicios que explicarían lo inexplicable. La nota dejada por el difunto es leída, releída con objeto de encontrar en ella quizás una explicación. Durante los encuentros, diversas emociones se suceden: tristeza, cólera, vergüenza, culpabilidad. Estas emociones pueden a veces convivir, dejando la paciente confusa y sin palabras. La sugerencia de escribir un diario es bien acogida: eso le permite ponerles palabras a lo que siente, y seguidamente de comunicarlo en las sesiones. Un momento particularmente difícil de la terapia es aquel en el que la paciente dice que va mejor. Cuenta entonces que ha creído percibir su marido en la calle y, que por un momento se lo creyó de verdad. Cuando se dio cuenta de su error, algo en ella «se rompió». A continuación, muestra varios síntomas depresivos (insomnio, pérdida de apetito, ideas suicidas). Tiene la impresión de hacer una regresión y que debido a esto se siente todavía peor que hace unos meses. Tiene miedo de «caer en depresión». Lucha contra ese sentimiento. Se encuentra cada vez más sola en su duelo. Al principio, estaba bien rodeada pero a medida que el tiempo pasa, los demás siguen su vida y ella por el contrario se siente al margen de la de ellos. Ha empezado a dar objetos y ropas que pertenecían a su marido. Cada donación la desgarra. No ve cómo puede salir de esto de una vez por todas. En una de las sesiones pregunta: «¿Cuándo se acaba esto?»

Etapas del duelo llamadas «normal»

Según el modelo de Bowlby (1985), habría cuatro etapas distintas en el proceso de duelo: choque y aletargamiento, protesta y búsqueda de sentido, desorganización y reorganización. Estas etapas forman parte de cualquier proceso de duelo. En el caso del duelo debido a un suicidio, existen particularidades unidas entre otras a la intensidad de las reacciones y a la duración de ciertas etapas. El modelo de Bowlby es antes todo descriptivo. Permite gracias a algunas características, hacerle un seguimiento a la persona en su trabajo de duelo. En el presente caso clínico, la etapa de choque y el aletargamiento están ilustrados por la paciente cuando afirma: «Me faltan cabos por atar» Efectivamente, algunas personas dan la impresión de estar fuera de la realidad, de no tener en apariencia de ninguna emoción, de actuar de un modo mecánico. Otros pueden vivir esta etapa como una sucesión de crisis de llantos que conllevan un derrumbamiento emotivo. Otra persona puede alternar el estado de crisis con el de aletargamiento. En la situación en la que la persona doliente encuentra ella misma el cuerpo (particularmente en situaciones de muerte violenta), es posible encontrar en esas personas algunos síntomas de estado de estrés agudo (impresión de no realidad, ausencia de reactividad emocional, tendencia a revivir el acontecimiento traumático con sueños o alucinaciones, etc.). En las horas o los días siguientes al suicidio, la ayuda que se le da a la persona doliente toma generalmente la forma de una intervención de crisis, es decir de un sostén puntual, de una presencia y de una escucha, de un acompañamiento en las gestiones legales o familiares. Una cuestión se plantea a menudo en este momento: ¿se le debe explicar a los niños la causa de muerte de la madre o del padre? Aunque evidentemente respetemos la decisión de la persona, es preferible no esconderle nada al niño. No obstante, no cabe dude de que con la desaparición de su madre o padre, se forjará sus propias respuestas. Puede por ejemplo decidir que es responsable del suicidio y de este modo evitar sentimientos de abandono y de vacío, consiguiendo así la impresión de ejercer un cierto control sobre los acontecimientos. A veces algunas familias intentan acallar el suicidio, que se convierte en un secreto de familia, una conspiración del silencio que puede venir a obsesionar la filiación durante algunas generaciones. Para la paciente, el final de la etapa del choque y del aletargamiento coincide con los funerales de su marido. Esta primera etapa le da paso a la toma de conciencia gradual e intermitente de la realidad de la pérdida; entonces empieza la etapa de protesta y de búsqueda de sentido. A menudo es en esta etapa en la que la persona doliente puede sentir la necesidad de hacer una demanda de consulta. Busca respuestas a sus preguntas. ¿Por qué ha ocurrido esto? ¿Quería él verdaderamente matarse? ¿Qué debería de hacer para impedir el drama? ¿Soy la única que siento esto? La paciente, ella, quiere saber porqué «ha hecho esto». La forma de expresarse no es anodina y merecerá una atención particular. Durante la segunda etapa del duelo, la persona oscila entre dos estados de ánimo. Por un lado, conserva siempre la esperanza irracional de volver a encontrar la persona desaparecida; esta esperanza la lleva por ejemplo a soñar con la persona fallecida y a prepararse para despertares a menudo amargos. Por otra parte, la doliente se ve confrontada en múltiples ocasiones a la desaparición definitiva del ser querido. A partir del momento en la que la persona doliente toma consciencia de la pérdida definitiva, entra en la etapa de desorganización. Esta etapa sobreviene a menudo a partir de un elemento propulsor preciso: para esta paciente, por ejemplo, la ilusión de haber reconocido a su marido. Los síntomas depresivos pueden entonces aumentar (insomnio y pérdida de apetito, fatiga extrema); pueden sobrevenir ideas de suicidio y deben ser examinadas y evaluadas. El sentimiento de culpabilidad puede acentuarse: «… ya había dicho [que se suicidaría], pero no pensaba que lo haría». La persona tiene necesidad de expresar emociones como la cólera, la vergüenza, la culpabilidad y la tristeza, en un marco que dé seguridad y que esté desprovisto de juicio. La última etapa del proceso del duelo, la de la reorganización, aparece gradualmente a medida que la persona llega a darle sentido a este acontecimiento trágico. Esta etapa puede durar años. Ocurre que un paciente acude a la consulta dos o tres años después de una primera terapia y desea abordar nuevos temas que han emergido de un trabajo que se ha desarrollado durante ese periodo.

Dificultades encontradas en los dolientes

El modelo de Bowlby hace referencia al proceso de duelo que toda persona doliente tiene que vivir. Ocurre sin embargo que el duelo no se desarrolla según el marco de referencia. A veces, el duelo actual levanta experiencias de duelos anteriores no resueltos que hacen complejas la tarea de la persona doliente, ésta «sabe sin duda a quién ha perdido pero no lo que ha perdido en esa persona (3)». Así la demanda inicial de la persona doliente en el momento de una primera consulta puede transformarse a lo largo de los encuentros y puede hacer surgir otras temáticas que eran insospechadas en un primer momento. A veces, el proceso de duelo puede bloquearse, por ejemplo a partir del momento en el que la persona doliente carga totalmente con un sentimiento de culpabilidad con el fin de castigarse por el suicidio. Esta puesta en escena debe entonces hablarse para de ese modo sacar a la luz los pensamientos y las emociones subyacentes que impiden el trabajo de avance. Debajo de esa culpabilidad se esconde una fuertísima agresividad hacia el muerto, agresividad reprimida por el paciente. A veces, parece que hay una ausencia de duelo, la persona doliente ha creído posible pasar de la etapa de choque a la etapa de reorganización sin vivir las emociones dolorosas de las etapas intermediarias. El terapeuta debe entonces convertirse en «paciente», sensible a lo que se rehúye detrás de esa fachada, pero creando al mismo tiempo una alianza terapéutica que permitirá la manifestación de un sufrimiento a menudo demasiado intenso. La ausencia de duelo puede también tomar la forma de una negación total de la pérdida, el paciente continúa entonces actuando como si la persona no hubiese fallecido (4).

La apuesta más importante en la clínica del duelo debido a un suicidio, consiste desde nuestro punto de vista, en mantener como terapeuta una actitud receptiva creando un espacio donde la persona doliente intente encontrar, a partir de una experiencia descabellada en un principio, algunos puntos de referencias, algunas señales luminosas que le ayuden a atravesar este trance. El terapeuta se convierte entonces en un testigo atento y privilegiado de esta experiencia humana, dolorosa pero cargada de dignidad.

Referencias

1. Patient: du latin pati, passus: sufrir, soportar; que tiene la capacidad para perseverar, constancia en el esfuerzo.

2. Freud, S. (1978). Metapsicología. Paris, Gallimard, p. 148-149.

3. Freud, S. (1978). Op. cit., p. 151.

4. A este respecto, ver la película Sous le sable de François Ozon (2001) en la cual el personaje femenino niega la muerte de su marido y sigue viviendo como si siguiese existiendo.

Bibliografía

Bowlby, J. (1999). Attachement et perte. Paris, PUF.

D’Aragon, N. (1998) «L’approche familiale intergénérationnelle dans l’intervention auprès des personnes suicidaires et de leur famille ». In Recueil de textes, Colloque de l’Association québécoise de suicidologie, Rivière-du-Loup.

Farberow, N.-L. (2001) « Helping suicide survivors ». In Suicide Prevention: Resources for the Millennium. Series in Death, Dying, and Bereavement. Philadelphia, Brunner-Routledge, p. 189-212.

Freud, S. (1978) «Deuil et mélancolie ». In Métapsychologie. Paris, Gallimard.

Jordan, J.-R. (2002). «Is suicide bereavement different? A reassessment of the literature». In Suicide and Life Threatening Behavior, vol. 31 (1), p. 91-102.

Parkes, C. M. (1986). Bereavement : Studies of Grief in Adult Life. Harmondsworth, Penguin Robinson, R. (2002). Survivors of Suicide. Franklin Lakes, New Page Books.

Wertheimer, A. (2001). A Special Scar. The Experiences of People Bereaved by Suicide. Philadelphia, Brunner-RExperiences of People Bereaved by Suicide. Philadelphia, Brunner-Routledge

Para leer el artículo en versión original


Cargando juego....



  • Jugado212 vecesValorado5 puntos de 5
  • Valora este juego


Aporte adicional de la unidad:

[Psicología Quebec] [  Castellano] [  Francés] 







¡¡Juega a Pipo Gratis!!

Custom Search



Este sitio emplea cookies de Google para prestar sus servicios, para personalizar anuncios y para analizar el tráfico.
Google recibe información sobre tu uso de este sitio web. Si utilizas este sitio web, se sobreentiende que aceptas el uso de cookies. MÁS INFORMACIÓN ENTENDIDO