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La Felicidad

¿Somos iguales ante la felicidad? Descúbrelo con Boris Cyrulnik


¿Somos iguales ante la felicidad? Boris Cyrulnik (avec Pauline Gravel)
Traducción realizada por Internenes.com

El célebre neuropsiquiatra Boris Cyrulnik piensa que el sufrimiento es un pasaje obligado para alcanzar la felicidad.

Algunas personas parecen acceder a la felicidad más fácilmente que otros, incluso cuando la desgracia se ceba sobre ellas. ¿Existen genes que predestinan la felicidad? Apoyándose sobre los descubrimientos más recientes en neurología y en psicología, el célebre neuropsiquiatra Boris Cyrulnik demuestra en su último libro, De chair et d´âme (1), que en materia de felicidad, la genética orienta efectivamente nuestras elecciones. Pero no nos asegura necesariamente una vida feliz o la depresión. Igualmente, las terribles pruebas padecidas por ciertos niños no los condenan irremediablemente a una vida fracasada y desgraciada. El entorno sensorial, afectivo, social y cultural en el que nos bañamos moldea de nuevo nuestro cerebro, cuna de las emociones. Lo humano puede saltar de la infelicidad a la felicidad. Estas dos antagonistas están desde luego intrincadamente unidas, subraya el teórico de la Resiliencia, Boris Cyrulnik. El sufrimiento sería incluso un pasaje obligado para alcanzar la felicidad. Sin ella, la vida no tendría ningún interés.

El Gen de la vulnerabilidad

A finales de los años 90, los investigadores descubrieron que los monos y los seres humanos tienen genes que sintetizan unas largas proteínas capaces de vehicular mucha serotonina, mientras que otros son pequeños transportadores de serotonina. Neuromediador segregado en el espacio situado entre dos neuronas, la serotonina juega un papel fundamental en el humor. Estimula los deseos, mejora las funciones cognitivas, y un gran número de medicamentos antidepresores hacen crecer su presencia en el cerebro. “Ahora bien, constatamos que los pequeños transportadores de serotonina son hipersensibles. Reaccionan con mucha más emotividad a las aflicciones que los grandes transportadores, mucho menos sensibles a los acontecimientos de la vida.”, confirma Boris Cyrulnik al otro lado de la línea en París. De todas formas, esta tendencia natural no predice en absoluto las depresiones futuras”. Los pequeños transportadores de serotonina al tomar conciencia desde muy jóvenes, durante la infancia, que son vulnerables a las dificultades, se organizan una vida estable y pacífica, rodeados de papá y mamá. Se integran bien en la escuela, la cual anima a la rutina. Por el contrario, soportan mal las mudanzas. Cuando se casan, son maridos fieles y buenos padres. A la inversa, los grandes segregadores de serotonina tienen necesidad de estimulaciones fuertes para tener la sensación de existir. Siendo niños, transgreden, y cuando llegan a la adolescencia, se arriesgan. Las niñas hacen autostop en minifalda y camiseta. Los chicos cometen exceso de velocidad o se lanzan en peleas inútiles, anota Boris Cyrulnik. Adultos multiplican las aventuras extramatrimoniales, y cuando se les abandonan, pasan página sin sufrir mucho. De todas formas, cuando llegan a cierta edad, no han construido nada y un número considerable caen en depresión. Si entre los animales un gran transportador de serotonina es garante de un rango elevado en la escala social, en los humanos, los pequeños transportadores, a fuerza de buenos resultados escolares - muy valorizados en nuestra cultura – y de trabajo rutinario, accederán a menudo a puestos superiores. Pero los niños buenos y sin problemas no tienen la seguridad de alcanzar la felicidad eterna, nos hace saber Boris Cyrulnik en De chair et D´âme (2). El autor cita los resultados de un estudio longitudinal llevado por investigadores portugueses sobre una cohorte de niños modelos. Como uno imaginó, estos niños irreprochables se convirtieron en adultos socializados y sin desarreglos graves de la personalidad. Pero sin embargo, se volvieron (más las chicas que los chicos) ansiosos y a menudo estaban más deprimidos que los niños “normalmente difíciles”, es decir más sujetos a provocar pequeños conflictos sin grandes consecuencias. Nada es sencillo…

Período sensible

Esta determinación biológica ligada al transporte de serotonina “no le impide de todos modos al entorno de dejar su huella en el cerebro y de orientar la adquisición de un estilo afectivo -un modo de amar– particular, nos recuerda Boris Cyrulnik. El científico explica que las informaciones sensoriales que envuelven al joven inducen a la creación de una miríada de nuevos circuitos en el cerebro. Las neuronas establecen 200.000 sinapsis por hora a lo largo de los cuatro primeros años de vida, precisa él. Un niño desatendido, maltratado o que vive cerca de una madre depresiva e infeliz en ese momento crítico del desarrollo cerebral le enseñará a su cerebro a canalizar (a “circuitar”) las informaciones hacia las zonas cerebrales que activan más bien la tristeza, explica él. Por el contrario, si el niño está sosegado y rodeado de una madre alegre, su cerebro se formateará de forma diferente y las estimulaciones de su entorno serán proyectadas preferentemente hacia la región cerebral que induce las sensaciones de felicidad y de euforia. “Es la banalidad de lo cotidiano la que moldea nuestro cerebro, subraya Boris Cyrulnik. Las interacciones cotidianas establecen circuitos, vías preferenciales, lo que confirma la intuición de Freud."El aislamiento sensorial en el que se encuentra un niño que pierde a su madre y no encuentra ningún sustituto en su familia o su cultura hace ralentizar la creación de nuevos circuitos cerebrales". La observación en el escáner de cerebros de jóvenes huérfanos abandonados y deprivados de toda afección ha demostrado efectivamente que esta zona cerebral, responsable de las emociones y de la memoria, se había literalmente fundido. Cuando estos niños fueron confiados a familias de acogidas generosas, su cerebro recobró su talla normal un año más tarde. Los chicos igualmente recuperaron un nivel intelectual normal y se integraron bien socialmente. Apoyándose en estos ejemplos, Boris Cyrulnik afirma que todo no está perdido para un niño abandonado, maltratado por la vida. Gracias al fenómeno de la Resiliencia -que el neuropsiquiatra ha divulgado enormemente- “el niño podrá retomar otro tipo de desarrollo si la familia y la cultura le facilita nuevos tutores”. Boris Cyrulnik sabe algo de esto, pues se quedó huérfano con cinco años un día de 1942, ese día su madre fue arrestada y deportada. Alistado en la legión extranjera, su padre judío de Ucrania, desaparece también. El joven Boris Cyrulnik va a parar a la Asistencia Pública (orfanato), donde una maestra, pensando que estaba en peligro, se lo queda hasta que unos vecinos la denuncian. Al chico entonces lo embarcan y lo encierran en una sinagoga de Bordeaux. Consigue escapar por los pelos a la deportación y se esconde en los servicios en el momento de una redada. Tiene once años cuando se encuentra con una tía suya en París que lo matricula en la escuela. Se apasiona entonces por la natación, la naturaleza y la etología, es decir el comportamiento animal pero también el del hombre, que estudiará a través de la psicología, de la neurología y del psicoanálisis.

Influencias determinantes

En su libro, el neuropsiquiatra explica que otros miembros de la familia del niño, de amigos e incluso la cultura pueden tener una influencia determinante sobre el desarrollo del vínculo favoreciendo la evolución resiliente. Niños maltratados por padres no se convertirán necesariamente en maltratadores a la edad adulta si se benefician del sostén de otra persona cariñosa de su entorno y si su comunidad propone otros espacios educativos. El divulgador de la Resiliencia pone el ejemplo de Bill Clinton, el cual, a pesar de la violencia del segundo marido de su madre, ha conseguido desarrollar una sociabilidad totalmente normal gracias a la afección de su madre, sus abuelos así como a numerosas asociaciones de deporte, de música y de actividades culturales presentes en su localidad. Si el pequeño Bill hubiera vivido en un entorno cerrado y aislado, su caminar habría sido mucho más difícil, previene Boris Cyrulnik. La cultura, por otra parte, nos advierte, no actúa siempre favorablemente. Durante mucho tiempo, los europeos y los quebequeños han creído que era mejor dejar llorar a los bebés y evitar cogerlos en brazos por miedo a que se hiciesen caprichosos. “Efectivamente, un bebé del que no se ocupa uno dejará de llorar a las tres horas, dice. Eso no le da la razón hasta la fecha, a esta teoría sino que confirma que un bebé que no ha sido mecido aprende la desesperación. Todo ocurre como si se dijese: “No merece la pena llorar, nadie vendrá en mi ayuda. Estoy sólo en el mundo y debo hacerme indiferente para no sufrir demasiado. “Es un comportamiento normal en los orfanatos. “ Al contrario, si, al menor llanto, se precipita uno sobre él para calmarlo, comprometemos su desarrollo, pues el bebé aprende que su deseo es rey: tu madre está a tu disposición, y si no acude inmediatamente, es que es una mala educadora”, prosigue. Para abreviar, la madre o el padre no deben estar ni demasiado distante ni ser demasiado protectores para que de ese modo el hijo aprenda a superar las pruebas. Entonces podrá desarrollar un vínculo sólido y sin inquietud (“seguro”) que le permitirá crecer bien.

Sin sufrimiento, no hay felicidad

Para que se hile un vínculo de apego, el niño debe vivir algunos sustos (un coche que pita, un perro que ladra, un desconocido que entra en la casa), que su madre o su padre sepan calmar. Si se le priva al niño de esos pequeños sustos, el niño no tendrá motivos para atarse, afirma Boris Cyrulnik. “Una alerta pacificada, una congoja reconfortada le dan a una figura de apego un poder tranquilizante y le permiten al niño volver a tomar confianza en él y sentir el placer de salir a descubrir lo desconocido”, precisa en su libro. “Cuando los padres, al contrario, rodean al pequeño hasta el punto de encerarlo en una prisión afectiva, cualquier separación es vivida como una amenaza de pérdida. “El niño sosegado siente una intensa felicidad cuando vuelve a encontrar la persona a la cual está unido y de la que se ve privado temporalmente de su presencia”. Por el contrario, el niño asediado por el desvelo materno puede sentir displacer en el momento de un reencuentro, al igual que la comida puede provocar asco cuando se ha comido a la saciedad. “Es por lo tanto el ritmo, la pulsación y la alternancia la que provocan la sensación de alegría o de felicidad extremas”. “Se puede decir que las separaciones entre la madre y su hijo son necesarias a todo lo largo de la educación. Si estas separaciones duran hasta el punto convertirse en abandonos y aislamientos sensoriales, la alerta biológica jamás calmada termina de todas formas haciendo estallar las células, explicando así la atrofia cerebral observada en los niños abandonados en los orfelinatos así como su inestabilidad emocional”, escribe el Sr. Cyrulnik. Podemos decir también que cuando nunca se produce separación, la rutina que envuelve al niño suprime cualquier sensación de acontecimiento. Ahora bien, un cerebro que no está estimulado hace un niño pasivo, incapaz de decidir. “Sólo la pareja “tristeza por la separación” y “felicidad de los reencuentros” le enseña al niño a recuperarse de sus pequeñas aflicciones y le permite adquirir un sentimiento de confianza. Para hacer crecer el vínculo de un niño pequeño, no es suficiente con satisfacer sus necesidades, insiste Boris Cyrulnik. Al contrario, lo que lo aumenta es el apaciguamiento del sufrimiento y no la satisfacción de un placer.” La empatía, esa facultad de resentir lo que piensan y resienten otros, prepara la palabra, la socialización, prosigue él. Ahora bien, el desarrollo de esa facultad está comprometido tanto en los niños privados de una base de seguridad debido a un abandono como en los niños que están bajo el dominio de un amor parental demasiado complaciente que los aísla del mundo exterior. Cuando llegan a la adolescencia, el individuo que ha sido “demasiado arropado no sabrá armonizar sus deseos a los de su pareja esperada porque no habrá aprendido a descentrarse de él mismo”.

Una segunda oportunidad en la adolescencia

A lo largo de los primeros años, el vínculo es muy maleable, subraya el investigador, cada encuentro tiene un poder determinante al mismo tiempo que las neuronas envían prolongaciones sinápticas en todos los sentidos. Luego, el cerebro se calma y el niño establece sus relaciones utilizando el estilo afectivo que ha adquirido inconscientemente. En todas las culturas, un niño de cada tres no ha adquirido el vínculo “seguro”, ya sea porque ha caído enfermo muy gravemente, ya sea porque su madre es depresiva, ya sea porque su padre desapareció, indica Boris Cyrulnik. Para esos mal arrancados de la vida, la adolescencia representa una segunda oportunidad. Bajo el efecto del derrame hormonal, el cerebro encuentra una cierta plasticidad que le permite a las intensas emociones provocadas por los primeros amores inducir una remodelación del modo del vínculo. En el ámbito de las investigaciones que efectúa en la Universidad de Toulon, Boris Cyrulnik ha podido así ver a delincuentes que han aprendido mejor a dejarse querer. Tal fenómeno es más frecuente en los chicos que conocen una agitación hormonal más intensa que las niñas, cuyas secreciones hormonales son más suaves y graduales, precisa el investigador. Más tarde en la vida, a la edad de la jubilación, el vínculo padece algunas transformaciones adicionales. En esta etapa de la vida en la que los parientes y los amigos desaparecen poco a poco, se empobrece el entorno afectivo. Pero por el contrario, nuestro mundo íntimo, constituido por el relato de uno mismo que está bien grabado en la memoria, toma el relevo. “Las figuras antiguas de vínculo se internalizan. Una foto, una carta, un objeto pequeñito son suficientes para evocar y provocar un apaciguamiento”, indica Boris Cyrulnik. A esta edad, la identidad de la persona está más fuerte que nunca. Nos permite saber, lo que queremos, lo que amamos, saber lo que dominamos y en donde fracasamos. Nuestras elecciones están mejor adaptadas mientras que cuando se es joven, a veces se hacen elecciones desgraciadas porque se conoce uno mal. “Los jóvenes tienen una identidad incierta, lo que hace que pueden muy bien soñar con ser cantante cuando en realidad no tienen ninguna aptitud” precisa el investigador. Cuando nos hacemos mayores también nos podemos acercar a Dios. “El psiquismo tiene horror del vacío, afirma Boris Cyrulnik. Cuando una persona mayor busca a representarse lo de después de la muerte, siente un vértigo al borde del abismo y se siente tranquila desde el preciso momento en el que coloca a Dios en él”. La mayoría de las veces, la persona mayor que ha vivido en una familia creyente vuelve a descubrir Dios y se aferra a él. Los “seguros” le dan las gracias por el milagro del vivir”. Más vulnerables y más rígidos, los “inseguros” mantienen con Dios un hipervínculo ansioso que los hace agresivos cuando se les intenta hacer dudar de su tabla de salvación. “Globalmente, los creyentes se sienten mejor que los ateos porque mantienen en su fuero interno una base de seguridad. El hecho de encontrarse con regularidad con personas que comparten la misma creencia, estructura su envoltura afectiva”. Explica el neuropsiquiatra antes de añadir que “la simple evocación de Dios disminuye los marcadores biológicos del estrés”. A lo largo de su libro, Boris Cyrulnik nos muestra que “la vida es una conquista perpetua, nunca fijada con antelación. Ni nuestros genes ni nuestro entorno de origen nos prohíben evolucionar. Todo es posible”.

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