Psicologia:¿Quién pone límites?

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¿Quién pone límites?

«Un niño sin límites no es libre ni feliz» Claude Halmos.


Claude Halmos: “¿Quién pone límites?”

Psychologies.com
Traducción realizada por Internenes.com

El padre es el que tiene que poner los límites, la madre tiene que recordarlos.

«Un niño sin límites no es ni libre ni feliz» nos recuerda la psicoanalista Claude Halmos. Pero para que la autoridad funcione, es indispensable que se haga un reparto de los papeles entre el padre y la madre. «No cabe duda de que exagera, pero ¡no puedo con él! Con él, tendríamos que estar gritando todo el día y, de todos modos, es para nada. Hace su santa voluntad!» Esta confesión de impotencia de un padre o una madre ante un niño de 4 años que impide cualquier conversación entre los invitados y se traga metódicamente la bandeja de los aperitivos, la hemos oído alguna vez cualquiera de nosotros. Sabemos, igualmente, la mayoría de las veces como acaba la aventura: por los llantos y a veces los chichones del niño el cual, en el colmo de la excitación, termina por subirse a la mesa y caerse.

El desamparo de algunos padres ante la autoridad.

Esta escena de la vida cotidiana es más instructiva de lo que parece pues dice, mucho más que largas retahilas, acerca del desamparo de algunos padres frente a la autoridad. El ejercicio no es fácil para nadie y la dificultad tiene que ver en primer lugar con la historia personal de cada uno. Ponerles límites a los hijos implica efectivamente sentirse con el derecho de hacerlo, de pensarse «legitimizado» en nuestra función de padre, de madre. Para ello, tiene uno mismo que haber tenido, unos padres, que nos hayan «pasado el testigo» y nos hayan dado confianza en nuestras «capacidades parentales». ¿Cómo, efectivamente, estar seguro de uno sí mismo, en cada contratiempo, cuando «papá-mamá», «suegro-suegra» nos ponen en entredicho, y bajo la apariencia de echarnos una mano no pierden la ocasión para insinuar que «quizá, haciéndolo de otro modo… ».

Para sentirse a gusto, hace falta no haber tenido en nuestra propia infancia, demasiados problemas con la autoridad. Si hemos sido criado con una educación permisiva, a menudo tendremos dificultad en darle a los hijos puntos de referencia que no hemos recibido. Si hemos sufrido la tiranía de los adultos, tendremos miedo de hacerles padecer lo que hemos padecido. Ese miedo –a veces inconsciente en los padres- es por otra parte, el origen de numerosos problemas, pues los niños ponen siempre en práctica el dicho de «el que calla, otorga».

Si el adulto no interviene para prohibir las transgresiones del niño, éste piensa generalmente que las aprueba, incluso que lo desea y, a partir de ahí las multiplica. El problema es el mismo si el adulto interviene sin creer en lo que está diciendo o si lo hace sintiéndose inconscientemente culpable. La práctica demuestra en efecto que «el niño responde» al mensaje inconsciente del adulto mucho más que a lo que se le ha dicho «conscientemente». Muchos malos entendidos de este tipo se desanudan en la consulta del psicoanalista: «Tu padre no llega a impedirte hacer esto o aquello. Es verdad, pero que sepas que no está contento con que lo haces. Esto ocurre porque cuando él era pequeño, han sido demasiado duros con él. Entonces, tiene miedo, y piensa que al ser duro contigo, vas a ser desgraciado».

Estas trabas personales para ejercer la autoridad no son las únicas que entran en juego. Para poner límites a los hijos sin demasiadas angustias, hay que saber para qué sirven. Ahora bien nuestra época desconoce gravemente la importancia de los límites en la educación. De esta forma, los padres tienen a menudo la impresión que los ponen para ellos, para «que los dejen en paz», para que su hijo se adapte a la sociedad. Tienen mala consciencia, miedo de violentarlos, de alienar su libertad, de romper su personalidad. Miedo de abusar de su poder.

¿Para qué sirven las prohibiciones?

Planteemos la cuestión de immediato: los límites son indispensables para la construcción de un niño. Debemos desatar un malentendido: un niño sin límites no es un niño «libre», pues es rehén de sus pulsiones, y no es un niño «feliz» ya que vive en la angustia. Entregado a él–mismo, en efecto, el niño no tiene otra guía más que su satisfacción immediata. ¿Quiere algo? Lo coge. Da golpes o rompe cosas. Esta situación puede, a corto plazo, resultarle agradable, pero a largo plazo es siempre muy costosa. Está cómo arrastrado por sus deseos. Incapaz de controlarse, vive en la angustia y con una culpabilidad fuertísima, si se tiene en cuenta que a esa edad, pensar y hacer están muy próximos: ¿si deseo la muerte de mi hermano pequeño, quién me dice a mi que no lo voy a matar si nadie me lo prohibe jamás?

Además, al no acotar el mundo de las prohibiciones, el adulto hace de él una jungla en donde cualquier cosa puede ocurrir. Si soy el más fuerte, devoro al enemigo; pero si soy más débil que él, ¿quién me va a proteger si no hay ley? De este modo podemos comprender por qué los niños sin límites sufren tan a menudo de pesadillas, de miedo a la oscuridad, de ladrones, etc… Si papá no es lo suficientemente fuerte para hacerme obedecer ¿cómo podrá protegerme de los ladrones? Un adulto blandengue no es para un niño un adulto tranquilizador. Los niños, además, saben intuitivamente la importancia de los límites, pues los reclaman. Sacar a los adultos de sus casillas, es el modo que tienen de reclamar límites. Cuando no los obtienen, están forzados a poner un término a su «escalada» y lo hacen generalmente con su cuerpo: se caen o se hieren, como en el ejemplo citado al principio. A falta de otra cosa, el cuerpo, hace de límite – pero además de peligroso – este límite es falso pues no enseña nada. No registra nada en la mente del niño.

¿Qué podemos exigir?

A esta cuestión, podemos responder con sencillez diciendo que los padres no sólo tienen el derecho, sino el deber de enseñarles a sus hijos los límites que le van a permitir «humanizarse», acceder a las reglas de la vida humana. En el S.XII «prohibir» se decía «entredecir» (en fr. entredire). La prohibición, es lo que dice «entre» los seres, lo que permite la comunicación humana, la vida con los otros. Los límites indispensables para el niño son los que van a permitirle:

- Saber quién es. No es un animal sino un humano. No es cuestión de dejarlo que solucione sus problemas a arañazos o dando bocados: los humanos hablamos, incluso en ¡los patios de la escuela infantil!

«No tiene por qué regentar la vida familiar, ser confidente de sus padres o hablarle como si fuesen amigos. Con respecto a la prohibición del incesto: hay que hacerle comprender al hijo que no podrá casarse con «papá» ni con «mamá », y sobre todo que papá y mamá no son «enteramente de él» pues son una pareja, que eran una pareja antes de ser padres, y que eso precisamente es lo que ha permitido que él nazca. Eso implica por tanto imponerle el respeto por la vida del padre y de la madre y la de la pareja, el respeto de momentos y lugares: no se irrumpe en la habitación de los padres, no se moviliza , bajo pretextos engañosos, a papá o a mamá por la noche, etc…

- Comprender las reglas del mundo en la que vive. No podemos hacer lo que nos dé la gana, no tenemos todos los derechos, no se puede tener todo (es inútil revolcarse por el suelo del supermercado para que os compren el supermercado entero…). Para conseguir algo, siempre hay que pagar un precio: no se convierte uno en un gran deportista sin entrenarse, no tiene uno éxito en la escuela sin trabajar.

Por último, es fundamental que el niño comprenda que estas reglas no se han inventado para «molestar» a los niños, que no están dictaminadas para ellos nada más, sino que los adultos están sometidas a ellas también. Porque el mundo funciona así. A los niños no les gusta que se le pongan estos límites e incluso puede ocurrir que sufra pues se ve privado de un placer immediato; pero no podemos construirnos sin sufrimiento.

¿Quién debe de dar prueba de autoridad ?

Esta cuestión preocupa también a numerosos padres y madres. El padre debe de poner los límites, y la madre debe de recordarlos cuando no está presente haciendo referencia a él. De hecho, para que la autoridad funcione, hace falta que la madre intervenga «en el nombre del padre». No se trata, claro está, que pida opinión al padre para comprar un simple calcetín, sino que se trata de hacerle comprender al niño que nada en su educación se decide sin el padre. ¿Por qué? Porque poner límites a un niño en una familia tiene por objetivo comprender lo que es la ley en la comunidad de los hombres, la ley en la sociedad. Ahora bien, la ley tiene dos caracteristicas :

- Es la que interviene «entre terceros» entre los individuos: mi vecino y yo no arreglamos nuestros problemas a escopetazos porque podemos hacer un llamamiento a la ley que está en medio de nosotros… de igual modo el padre y su palabra están entre la madre y el hijo.

- Es lo que respetamos, incluso en ausencia de cualquier «guardian del orden»: nos paramos ante los semáforos en rojo aunque no haya ningún policia en el horizonte.

Cuando una madre de familia le dice a su hijo: «Tu padre no está aquí, pero te prohibo hacer esto porque te ha dicho que no lo hagas», le está permitiendo comprender lo que es la ley. Al hacer referencia a la palabra del padre, le muestra en efecto al niño, que ella «no hace la ley».

Por lo tanto, si por su parte, el padre le explica claramente al hijo que las prohibiciones que impone, no han nacido por gusto, que él las respeta también, el niño comprende que la ley no pertenece a nadie y que todo y cada uno estamos sometidos a ella. Al recordarles las palabras de su padre, la madre le está demostrando igualmente al hijo que es un recurso para ella: «Si no haces lo que dicho tu padre, ¡te las arreglarás con él!» Evita también de hundirse con él en conflictos sin fin en los que las madres siempre salen perdiendo y en los que los hijos -para su desgracia– salen siempre vencedores. Y el problema no es diferente si la madre vive sola con su hijo. Incluso estando ausente el padre, la madre puede hacer referencia a su palabra, a lo que hubiera dicho, o a lo que diría cualquier padre.

¿Cómo saber si se es justo o injusto ?

Este tormento de muchos padres le da la razón a Freud que ponía la tarea de «educar» y de «psicoanalizar» - en el rango de los «imposibles».

¿Existen «recetas» para saber si uno se equivoca o no? Evidentemente no. Pero hay ciertamente un punto de referencia. Nunca somos injustos cuando imponemos un límite a nuestros hijos que cualquier padre pondría en las mismas circunstancias. A la inversa, podemos cometer el riesgo de serlo cuando el límite impuesto no tiene otra justificación que los caprichos de cada uno, nuestra neurosis o la educación que hemos recibido. Pedirles a los hijos que coman verduras no tiene nada de anormal. Encerrarse en darle puré de apio porque a nosotros nos apasiona este alimnto es sin lugar a duda más contestable.

Los principios de la «pedagogía negra»

En 1980, Alice Miller, psicoanalista suiza de lengua alemana, publica “Es por tu bien”(1) y denuncia la violencia en la educación. Violencia enmascarada poniendo por delante el "bien del niño". Hace el retrato de una pedagogía que ella llama «negra» –a semejanza de los años del mismo nombre – y describe los grandes principos de ésta.

- Los adultos son los dueños del niño. Son los únicos que zanjan el bien del mal.

- Hay que quitarle lo más pronto posible su voluntad y erradicar todo lo que viene de él: hambre, sed, veleidades de críticas, pensamientos, cóleras, demandas.

- Además, hay que hacer cómo si no se diera cuenta de nada. Debe creer que ha actuado por sí mismo.

- Deberá comprender que, sin este sometimiento, perderá la estima del adulto.

- Por último, hay que culpabilizarlo. Hacer que se sienta culpable de las cóleras del adulto y que tenga ganas de protegerlo.

Estos principios que dan escalofríos, Alice Miller no los ha inventado. Los ha sacado de textos de pedagogos célebres, entre los cuales figura el padre del «presidente Schreber» del cual estudió Freud la paranoia. Muestra también que se pusieron en práctica en la educación de criminales célebres, como Adolf Hitler. Cómo no añadir, con ella, que un eco de esto lo oímos en las educaciones dadas por algunos adultos que «hacen la ley» como les parece, sin tener en cuenta el deseo del niño y de su persona.

Los límites en la familia reconstituída

«¡No tienes derecho, no eres mi padre!» En las familias reconstituídas, puede ocurrir que el niño o el adolescente le cuestione a su padrastro el derecho de ponerle límites, a menudo ocurre en un contexto en el que la madre está a disgusto con la autoridad de su compañero, porque teme que quiera supplantar al padre, y también puede ocurrir que la madre se sienta inconscientemente culpable de haberse divorciado.

No tenemos nada más que un «padre de nacimiento», pero un niño tiene necesidad, diariamente, de una presencia paterna. El compañero de la madre es el único que puede adoptar ese papel pues, al ocupar la cama de esta última, está de hecho entre el niño y la madre. Él, es el que garantiza la prohibición del incesto. Lo ideal sería que «el padre de nacimiento» pusiera las cosas en su sitio: «X el que se va a ocupar de tí en mi ausencia». Desgraciadamente, esto ocurre muy de tarde en tarde. Por lo tanto la madre es la que debe hablarle al hijo. Ella es la que tiene que significarle que está de acuerdo con que su compañero actúe de padre. Es necesario, que el niño comprenda que los adultos se van a poner de acuerdo en todo lo que se refiere a su educación y que no lo van a dejar que se ría de sus negociaciones.

Biografía de Claude Halmos: Formada por Jacques Lacan y Françoise Dolto, Claude Halmos ha pasado consulta durante más de veinte años en un hospital de la periferia parisina. Ha trabajado también con bebés y niños víctimas de maltrato graves. Es autor además de Parler, c´est vivre (Nil 1997) Hablar, es vivir.

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