Psicologia:Cuando el amor cura

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Cuando el amor cura

Entrevista con Boris Cyrulnik


Cuando el amor cura con Boris Cyrulnik
Traducción realizada por Internenes.com

“ La pareja puede acicalar las heridas de la infancia” asegura Boris Cyrulnik en su nueva obra. Nos explica aquí todo lo que se juega en el encuentro que nos beneficia, a nuestro pesar.

Laurence Lemoine

Entrevista con Boris Cyrulnik:

Psiquiatra, etólogo, ha creado una red mundial de investigación sobre la resiliencia. Después de “Maravillosa desgracia” (1999), “Los patitos feos” (2001),”El murmullo de los fantasmas” (2003), “El amor que nos cura” es su cuarto obra dedicada a la resiliencia. Todos estos libros han sido editados en Odile Jacob.

Psicologías: Es ya su cuarto libro sobre la resiliencia. ¿Qué más había que decir sobre ello?

Boris Cyrulnik: Sabe usted, no estamos más que al principio de las investigaciones sobre el tema. Es probable que los descubrimientos futuros modifiquen un gran parte nuestras convicciones y el modo de educar a nuestros hijos. En mis libros precedentes, he explicado lo que era la resiliencia, esa capacidad que tenemos de sobreponernos a las heridas psíquicas más graves - persecución, tortura, maltrato… - e incluso de sacar fuerza de ellas. He demostrado cómo se manifestaba en los niños y los adolescentes. Aquí por primera vez, me he interesado en el proceso de resiliencia en la pareja.

Contrariamente a lo que predicen los profetas de la desgracia, no estamos condenados a reproducir los sufrimientos que hemos padecidos, por ejemplo encontrar un marido violento cuando se ha tenido un marido violento. La mayoría de las veces, el encuentro amoroso, y sobre todo el primer amor permite acicalar las heridas de la infancia, conseguir la seguridad afectiva de la que hemos carecido.

¿Por qué el primer amor nos marca tanto?

Porque surge normalmente a lo lago de la adolescencia, un periodo sensible en el plano emocional pero también en el plano biológico. La turbulencia hormonal de la pubertad modifica el funcionamiento del cerebro acelerando la transmisión sináptica, es decir la creación de nuevas conexiones entre las neuronas. Hablando en plata, eso significa que el adolescente se beneficia de nuevas capacidades de aprendizaje. Se vuelve sensible a informaciones que antes no tenían ninguna importancia para él.

Los chicos miran a las chicas con otro ojo y viceversa. De ahí la posibilidad de resiliencia que ofrece el primer amor: bajo los efectos de las hormonas y de la emoción, cada uno influencia al otro y deja en su psiquismo una huella duradera. Lo que se juega en el encuentro es a veces del orden de la metamorfosis. Un joven que se ha desviado en la vida puede encontrar en ello la ocasión de reparar las representaciones negativas de él o el estilo relacional que ha adquirido en la infancia. Para muchos, el primer amor es una segunda oportunidad. Para otros puede ser desastroso...

Estar “compensado” por la mirada del otro, ¿No es la esperanza escondida de cualquier enamorado?

Sin duda, claro. Todos tenemos cuentas que arreglar con nuestro pasado, heridas por cicatrizar. Y es con ese bagaje, pero también con nuestras victorias y nuestros sueños de porvenir, cómo nos presentamos ante el otro. Las observaciones etológicas prueban que no escogemos a nuestra pareja por casualidad. El rayo necesita pararrayos para descargarse. Nos dejamos atraer por el otro por señales preverbales, una manera de ser que le habla a nuestra alma. Esto vale también cuando el encuentro se hace progresivamente. El estilo afectivo que hemos heredado, es decir el modo en el que hemos sido amados, acariciados, nos ha vuelto particularmente sensibles a ciertos indicios vehiculados por el cuerpo del otro: su mirada, sus gestos, su voz…

Será entonces él o ella. Me enamoraré del que o de la que despierte en mí huellas de mi pasado y provoque mi necesidad de encontrarlas.

¿Esto significa que si me han querido mal en la infancia, estaré inevitablemente atraído por alguien que me amará mal?

Esto refleja verdaderamente la diferencia entre la compulsión a la repetición y la resiliencia. La primera funciona cuando me entrego a una pareja que agranda mis heridas en vez de volverlas a coser. O cuando rechazo el amor por miedo a que me abandone de nuevo. Así muchos hombres huyen de las mujeres que desearían amar, mientras que hay mujeres que agreden a los que les manifiestan interés. Pero esto no es una fatalidad. Las carencias del pasado pueden por el contrario convertirse en un factor de estabilidad en la pareja: cuando se está dispuesto a esforzarse para ganar de lo que uno ha carecido. Y ahí es donde se sitúa la resiliencia. En nuestra capacidad en apoyarnos sobre lo que hay de más constructivo en nosotros para volver a construir a pesar de nuestras heridas.

Cuando las que o los que han sido heridos/as por la vida encuentran el hombre o la mujer de sus sueños, no es de extrañar que escondan las zonas de sombras de su existencia. Es una forma de amputación de la realidad, pero les permite arrancar sobre bases optimistas.

Usted describe diferentes clases de parejas en función del contrato que los une…

Sería más justo hablar de entendimiento implícito, de conjugación afectiva, pues la mayoría de las veces los consortes no tienen conciencia de ello. Pero en función de lo que perciben el uno del otro, de lo que proyectan el uno sobre el otro desde los primeros encuentros, se dicen: “contigo, voy a poder satisfacer tal necesidad” y recíprocamente. Estos contratos tácitos están directamente ligados a su estilo afectivo respectivo, que los transporta hacia un tipo de pareja más que a otra. Podríamos describir tantos contratos como parejas existen.

Tomemos un ejemplo: un hombre padece carencias afectivas en su infancia. Cree que nadie puede amarlo, se siente como un gusano, insignificante e invisible. Hasta que encuentra una mujer aparentemente segura de ella misma, pero en realidad muy centrada en ella. Y de manera inesperada, esta mujer le envía señales ¡favorables! Este encuentro le da seguridad: por fin, alguien se ha fijado en él. La mujer encuentra también su compensación: puede dominarlo, desvalorizarlo para que no la vean nada más que a ella. Del exterior, se puede tener la impresión de una pareja coja: lo critica permanentemente, levanta los ojos al cielo para expresar su enojo porque no se atreve a encararla verbalmente y si no la deja, es porque está persuadido de no ser nada sin ella… Este es el caso de una pareja que se ama: “rechinando”. Pero juntos, encuentran un equilibrio que les da seguridad.

¿Cómo reconocer su estilo de pareja?

Podemos estar atentos a como se hablan. En una pareja “segura”, en la que uno se ama satisfactoriamente –no superficialmente sino sin encarcelar al otro, sin romperlo-, los turnos de palabras son armónicos. Cada uno está atento a lo que dice el otro, con sus palabras y su cuerpo. Cuando la voz de uno se hace más grave y su caudal se acelera, el otro comprende que la palabra le va a ser dada. En una pareja “insegura” por el contrario, se corta uno muy a menudo la palabra. Cada uno se preocupa por su herida e intenta hacerla valer. A menudo, uno de los consortes se queja de no poder expresarse en presencia del otro. Se rebela retomando la palabra a la fuerza.

En fin, en las parejas “que se evitan”, en las que uno se protege del mundo simulando indiferencia, la palabra y los cuerpos se ponen rígidos, las frases son cortas, los movimientos limitados. La emoción parece solidificarse, cada uno está sobre aviso. La forma de comunicarse dice mucho acerca de la personalidad de las parejas y de su contrato tácito. El otro existe o no existe, es un compañero o un sufre-dolor… todo esto pasa a través del cuerpo.

¿Por qué las parejas se separan más hoy que ayer?

Es difícil de decir. El contexto tiene mucho que ver en esta historia. En tiempo de guerra o de miseria, vemos uniones indestructibles porque el hombre no puede vivir sin la mujer y recíprocamente. Recientemente, me encontré con una pareja: se conocieron en Auschwitz y se casaron muy jóvenes, al salir del campo de concentración. Se habrían muerto el uno sin el otro; la conciencia de ese lazo los ha unido hasta nuestros días. En tiempo de paz y de bienestar, las parejas son más efímeras. Todo va depender del contrato que las une. Por ejemplo, cuando la pareja es terapéutica, y cada uno de los consortes acicala las heridas del otro, uno puede curarse antes que el otro e irse a querer a otra parte. Pero esto no siempre es así: los dos pueden curarse al mismo tiempo y proseguir su historia sobre nuevas bases. En el fondo, sea el que sea el contrato implícito, habría que estar en medida de renegociarlo regularmente…

Preparar a nuestros hijos para una vida afectiva realizada

“El exceso de amor es tan nocivo como la carencia afectiva, asegura Boris Cyrulnik. Si se le da demasiado a un niño, se le adormece su deseo. Hacemos de él un niño de pecho que no sabrá desprenderse de la dependencia parental a no ser que se someta a un consorte, a un grupo o a una ideología. Me parece que lo más importante para enseñarle a amar en la alegría y en el respeto hacia el otro, es integrar a nuestros niños en un sistema de vínculos múltiples: papá, mamá, pero también los abuelos, los primos, los amigos de los padres…

Más vale una familia recompuesta que una célula familiar replegada en sí misma, sin contacto ni actividad exterior, en la que el niño se verá pillado entre la angustia del incesto y el temor al mundo que lo rodea. Mientras más referentes estables rodeen al niño mejor dispondrá en caso de dificultades, de modelos y de sostén para enfrentarse a ellos.

Cupido no llama dos veces por casualidad:

En su libro, “El amor que nos cura”, Boris Cyrulnik cita con humor varias formas de contratos implícitos entre las parejas. Fragmentos.

Cuando el señor Sexohelado encontró la señora Sexotemeroso cada uno percibió enseguida los indicios de comportamientos que le permitían esperar que sus mundos íntimos podrían entrar en contacto (…) Se casaron, formaron una pareja estable y no fueron felices, tuvieron un hijo único conseguido sin placer después de una relación sexual esporádica.

“Señora Yoprimera se casó con Señor Ellaprimera y todo el mundo admiraba esa pareja unida, hasta el día en el que el señor tuvo un lapsus trágico cuando sostenía que con su pareja no tenía ningún problema. Dijo: “Mi mujer y yo, nos respetamos. Ella hace lo que quiere. Y yo hago lo que ella quiere”. Después de esa revelación involuntaria un silencio larguísimo se hizo. (…)”

Cuando la Señora Solaenelmundo descubrió que Señor Sinafecto estaba disponible, ella salió corriendo para socorrerle. Se ayudaban muchísimo, cada uno dándole seguridad al otro y pudimos constatar una mejora en su vida diaria y en su forma de amarse. El único agravante es que no podían dejarse al depender el uno del otro pudimos imaginar que si a uno le pasaba algo, le reprocharía al otro de no cuidarle.

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