Psicologia:Las Prohibiciones (1)

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Las Prohibiciones (1)

Por Jacques Trémintin


Las Prohibiciones (1)
Jacques Trémintin - Journal de l´Animation – nº 80 - Juin 2007
Traducción realizada por Internenes.com

La prohibición es la condición de la libertad

“Está prohibido prohibir” proclamaban los muros de Mayo de 1968. ¿La revuelta de los hijos del baby boum en contra de una sociedad asfixiante y represiva ha provocado una permisividad y un laxismo que serían, según la opinión de algunos, responsables de todos nuestros males? ¿De qué modo la sociedad contemporánea puede encontrar un equilibrio justo entre autoritarismo y dejar hacer. ¿Qué actitud adoptar que le dé un sitio justo tanto al respeto de la libertad individual como a reglas de vida que no pueden autorizarlo todo? La cuestión de lo que está permitido y lo que está prohibido está en el corazón de toda relación humana y específicamente en todas las relaciones entre adultos e hijos.

Las prohibiciones conocen desde hace algunas décadas un cambio de destino de lo más asombroso. Ultrajados en la segunda mitad del siglo XX, parecen beneficiar hoy día de una notable amnistía. El ejemplo emblemático de esta evolución es sin duda la reciente ley sobre el tabaco que no ha dudado en hacer de la prohibición su argumentación principal, sin haber desatado otra cosa que un tímido levantamiento de escudos por parte de los tradicionales asesinos de la represión. Algunas comunidades desean fervientemente convertir en ilegal cualquier burla contra una religión (asunto de las caricaturas de Mahoma). La actitud de cada uno de nosotros es la mayoría de las veces paradójica. Por un lado, nos resulta cada vez más insoportable ver alguna decisión sobre nuestros derechos y limitar la satisfacción de nuestros deseos. Pero por otra parte, reclamamos que la ley nos defienda de lo ajeno y nos ponga al amparo de lo arbitrario. Todo ocurre como si la prohibición hubiese que desterrarla en el momento en que nos atañe, pero debería aplicarse cuando permite protegernos. Estamos en el corazón de la articulación entre la libertad individual y el derecho a no padecer la omnipotencia del otro, entre el goce sin límites de nuestras pulsiones y la aceptación de una frustración necesaria por el respeto al sitio del otro. Nuestra reflexión no se colocará ni del lado de la aplicación acusatoria de la prohibición que consideraremos en esencia como liberticida, ni del lado de la reivindicación de la vuelta al orden y la disciplina que lamentaríamos ver que falta cada vez más en una sociedad que va a la deriva. Habría que intentar más bien comprender qué prohibiciones necesitamos, lo que podemos hacer de ellas y hasta donde podemos /debemos ir.

La universalidad de las prohibiciones

No existe sociedad humana que no esté fundada sobre prescripciones y proscripciones. El filósofo Paul Ricoeur ha explicado como la prohibición viene a poner freno a la violencia que nace de nuestro deseo de libertad. El hecho de ser un ser libre no me da derecho a hacer lo que me da la gana y no me autoriza a atentar contra la vida ajena y contra sus intereses. El convivir implica plegarse a reglas tan positivas (que indican lo que se puede hacer), como a defensas imperativas (lo que uno no puede hacer). El vínculo social que se teje entre los miembros de una misma comunidad no puede mantenerse si cada uno hace lo que le viene en gana. Plegarse a una ley común parece inevitable, a menos de transformar la sociedad en un lugar de lucha permanente de todos contra todos, cada uno intentando imponer sus intereses propios a los ajenos. Hasta la fecha, las prohibiciones se imponen siempre en un momento dado, en una sociedad concreta y no tienen como tal, ningún valor absoluto y ahistórico. Se afirma frecuentemente que existen tres prohibiciones fundamentales en la mayoría de las civilizaciones: el matar, el incesto y la antropofagia. Esta teoría nos viene de Sigmund Freud. En efecto, un examen de la realidad nos permite validar esta afirmación. Sin embargo, estas reglas no tienen nada de universal. Cada pueblo elige promulgarlas o no. Así, a nivel individual, una persona pocas veces posee el derecho de matar a su prójimo. Pero, todo ha sido, durante tiempo, cuestión de estatus.

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