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Adultismo

Cuando los hijos llevan las maletas de los padres. Claude Seron.


Adultismo Claude Seron (avec Joëlle Delvaux)
Traducción realizada por Internenes.com

Hijos-padres: es así como podríamos llamar a los niños que se sacrifican para venir en ayuda de sus padres enfermos, deprimidos o disminuidos. Hijos que parecen más maduros que los demás pero que están heridos en su identidad. Esta situación entre otras muchas ilustra lo que Boris Cyrulnik, neuropsiquiatra y etólogo francés muy conocido por sus obras acerca del vínculo y la resiliencia, llama “adultismo” (1). Este vocablo de consonancia poco estética evoca muy bien la impresión extraña que sentimos en presencia de estos niños que se sacrifican para venir en ayuda de sus padres enfermos, que van a la deriva. Estos niños son lindos, valientes; se ocupan de todo en casa: las compras, los contactos con los cuidadores, el correo, el pago del alquiler y de las facturas. Velan por sus padres y buscan el modo de esconder sus lagunas. Nos quedamos fascinados por su entrega, su inteligencia y su valentía, pero a pesar de su sociabilidad, suscitan una impresión extraña. Sentimos que no deberían estar ahí. Que no están en su sitio.

¿Un fenómeno patológico?

Es sano que los niños le ayuden a los padres: eso le permite al hijo crecer, llegar a ser más responsable y hacerse cada vez más capaz de cuidar de los demás. Esto le permite también a la familia sobrevivir. Pero el ser hijo-padre se convierte en un problema cuando el funcionamiento familiar es muy rígido, cuando se espera del niño cosas que no están en consonancia con su edad, y si el niño no recibe ni reconocimiento, ni compensación por su “sacrificio”, las exigencias van a hipotecar su desarrollo. Se trata en este caso, de una forma de abuso del niño pues no son los adultos los que se hacen cargo de él sino al contrario. Si el niño no tiene islotes de descanso, zonas en las que tiene derecho a ser niño, entonces esto llega a ser muy problemático.

De una generación a otra

Iván Boszormenyi-Nagi psiquiatra de origen húngaro, habla del libro grande de las cuentas donde están contabilizados los meritos y las deudas de cada uno de los miembros de la familia. El balance de esta contabilidad se llama la balanza entre lo que se ha dado y lo que se ha recibido. Según este psiquiatra, los individuos buscan corregir en la generación actual lo que ha estado desequilibrado y ha sido fuente de perjuicios en la generación precedente. Cuando un padre no consigue mostrarse protector, podemos plantear la hipótesis de que no ha sido protegido cuando era niño y que la experiencia de la pareja que ha fundado no es reparadora; no consigue corregir antiguas vivencias. Otros padres han tenido tantas carencias o maltratos que los ajustes de cuentas con su propia familia, con las instituciones y la sociedad son prioritarias con respecto a la toma de conciencia de las necesidades de sus hijos. Buscar ayuda para salir del atolladero es entonces simplemente impensable. ¿Qué elecciones le queda al niño testigo de este fracaso? ¿Derrumbarse además por falta de estímulos, de sostén y de inversión afectiva? Si no está asfixiado por la culpabilidad de abandonar a su padre a sí mismo, ¿debe huir y delegar en otras personas? ¿Debatirse y luchar al lado de su madre o (de su padre) para intentar salvarlo/a? Estas son las elecciones, no verdaderamente deliberadas, que hacen los niños adultos, que hacen de padres.

Los otros se hunden porque están obligados a recargarse al lado de personas quebrantadas, incapaces de asumir su papel de tutor de desarrollo. Como un pajarillo, el niño se impregna entonces de la vivencia familiar de sufrimiento y aislamiento, y se identifica exclusivamente con el padre o la madre desfallecido viéndose como un “hijo que no sirve para nada, hijo de borracho o de madre permanente deprimida”. Una imagen que le devuelven por otra parte los demás y refuerza su derrumbamiento narcisista.

Testigo de la aflicción de sus padres, sin poder comprender el origen, el niño tiene tendencia a sentirse responsable de las desgracias de su madre y de su padre. Recibe informaciones a través de emociones sensoriales y motrices sin que ninguna palabra las acompañe para atribuirle un sentido. Cuando se encuentra mal, la madre que no ha simbolizado nunca su existir a nivel verbal no está preparada para volverse hacia su hijo para decirle por ejemplo. “Lo siento, no me encuentro bien en estos momentos, la película que acabamos de ver me recuerda acontecimientos muy dolorosos. Hace un rato cuando te he contestado brutalmente, eso no tenía nada que ver con tu comportamiento, era debido a esos malos recuerdos que suben a la superficie.”

Cuando un padre se comporta mal con su hijo, éste no dispone todavía de capacidades de descodificación para adoptar una actitud crítica con respecto a él. En esos momentos, tiene tendencia a culparse y a sobreproteger el padre inapropiado. Esta dependencia no les permite escapar del dominio afectivo para tomar una distancia emocional salvadora.

Así es como numerosos niños descuidados participan en la disimulación de problemas en el seno de la familia. Son muy conscientes de que si colaboran con mediadores, se arriesgan a señalar las disfunciones graves de sus padres. Al sentirlos al borde del precipicio, si los denuncian, los empujan al abismo. No quieren por nada del mundo cargar más su existencia.

Una madurez falsa

Los niños que hacen de padres parecen más maduros, más avanzados que los demás. Pero no se trata nada más que de una impresión. En realidad son niños retrasados en el plano afectivo; han aprendido esta forma relacional que es una forma de inferioridad. Estos niños que tendrían más necesidad de ser amados son a veces difíciles de amar. Temen la intimidad con los extranjeros que correría el riesgo de ser interpretada como una forma de traición por sus padres o crearía un terreno favorable para la confidencia acerca de lo que pasa en sus casas. Se defienden con una especie de hipercontrol de sí mismos.

A la edad adulta, estos niños heridos por el sufrimiento de sus padres tienen tendencia a seguir viviendo bajo el modo “darse demasiado por deber, para escapar(se)”, persuadidos que de este modo podrán ser amados por su pareja, por sus hijos, su gente. Muchos niños padres elegirán por otra parte, una profesión que les permitirá darse, ayudar, pero algunos se darán además de un modo en el que no se respetan bastante a ellos mismos.

En este estadio de la reflexión, es útil subrayar que el estilo de vínculo que desarrollamos durante nuestra infancia nos predispone pero no determina nuestro destino de modo fijo o definitivo. Está sujeto a modificaciones en función de encuentros y experiencias correctoras. A menudo, en la adolescencia los hijos padres consiguen desprenderse de ataduras de alienación que los sujetan a sus padres enfermos. El adolescente consigue volverse a centrar sobre sus propias necesidades y descubre otras maneras de establecer relaciones afectivas. Muchos de estos niños salen de ahí si están rodeados, ayudados, si han conocido personas que les responden y para los ojos de los cuales ellos se dan cuentan de que tienen un valor por ellos-mismos y no porque se están entregando de forma exagerada.

(1) En una investigación llevada a cabo por Boris Cyrulnik, ha descubierto que el 54% de los niños en semejante situación desarrollan esta estrategia tan costosa. Los 46% restantes se hunden porque sus tutores de desarrollo se han hecho añicos.

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