Psicologia:Lo que nos mantiene en pie

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Lo que nos mantiene en pie

Diálogo entre Boris Cyrulnik y Luc Ferry


LO QUE NOS MANTIENE EN PIE
Diálogo entre Boris Cyrulnik y Luc Ferry
Traducción realizada por Internenes.com

Nunca se habían encontrado y están encantados de haberlo hecho. Sus respectivos libros, oportunamente, tocaban este tema de la confianza en uno mismo. Un sábado soleado de noviembre, en los despachos de la redacción de Psicología, han comparado sus enfoques. Boris Cyrulnik, etológo y neuropsiquiatra, nos ha explicado cómo nuestra vulnerabilidad fundamenta nuestra afectividad tan humana. Luc Ferry nos ha recordado cómo las filosofías intentan aplacar esta angustia existencial. Su diálogo es un viaje al centro del ser humano.

Boris Cyrulnik, neuropsiquiatra, es director de enseñanza en la universidad de Toulon y del Var. Gracias a sus dos best-sellers, Un merveilleux malheur y Les Vilains petits canards (Ed Odile Jacob, “Poches”2002 et 2004)(1) ha popularizado la noción de “resiliencia”, la capacidad que tiene el ser humano de recuperarse después de un traumatismo. Su último libro, en el que se interesa por la biología del vínculo, apareció en octubre pasado en Odile Jacob.

Del filósofo y escritor, ministro de la Educación Nacional de 2002 a 2004, Luc Ferry destaquemos, entre otros libros L´Homme et Dieu ou le sens de la vie (LFG, “Le livre de poche”1997) , en el que analizaba las nuevas formas de espiritualidades, y Qu´est-ce qu´une vie réussie? (Grasset, 2002). Este año ha publicado Apprendre à vivre ( Plon), dedicada a los adolescentes, Kant , une lecture des trois critiques (Grasset) y Vaincre les peurs, la philosophie comme sagesse.

El encuentro con estos dos hombres ha sido apasionante…

El miedo y el amor

Luc Ferry: Desde sus orígenes, la filosofía – el amor por la sabiduría – le ha posibilitado a los seres humanos sobrepasar sus miedos. Es una convicción tanto para Epitecto como para Epicuro: mientras “se está pillado por los miedos”, se puede acceder a la vida buena. No se puede ni ser libre ni ser generoso.

En la época de las filosofías griegas, y pienso que es una hermosa imagen, el sabio no es tanto el que alcanza la felicidad – lo que no es poca cosa – como la serenidad, es decir esa capacidad de libertad y amor que se manifiesta cuando se han remontado los miedos.

Estos últimos pueden ser “metafísicos”, ligados a la “finitud”, al sentimiento de muerte, pero también muy materiales, como cuando se “queda uno pillado” en sus gestos en el tenis, por ejemplo, debido a pequeños miedos interiorizados en el cuerpo…

Boris Cyrulnik: Si, el miedo está “internalizado”… se experimenta en el cuerpo una representación de uno-mismo que hace que se sienta uno “sereno” o no, como usted dice. Yo, en mi lenguaje habitual, diría más bien “en seguridad”. El “bébé” preverbal se mira primero en la mirada de los otros. Y esa imagen de uno en la mirada del otro provoca un sentimiento que se impregna orgánicamente en el cerebro. Hoy día, gracias a las neurociencias, se puede ver este sentimiento por imagen.

Constatamos que todos nuestros hijos, con 10 meses, sea cual sea el nivel sociocultural de sus padres, han adquirido un estilo afectivo. Para la mayoría, se trata de “un sentimiento de uno mismo “seguro”. Gracias a esta confianza en sí mismo primordial, se multiplican las interacciones. Fáciles de amar, fáciles de ayudar, son los que menos necesidad tienen de los otros. Pero otros muchos han adquirido un “vínculo “inseguro””. Porque la madre es infeliz -su historia, su marido, la sociedad, la guerra…- y no les da seguridad.

En ese momento, estos niños se adaptan al malestar de su figura de vínculo por un “vínculo helado”: se sienten seguros con comportamientos autocentrados, no tienen ímpetu hacia los demás. Algunos viven un “vínculo ambivalente”, es decir no están bien a menos que su figura de vínculo –hombre o mujer– esté presente. Si se van entran en pánico. Cuando vuelve, se echa en sus brazos, le muerde y le pega porque al irse le ha hecho sufrir.

Por último, algunos niños están completamente desorganizados. Serán difíciles de socializar, y nosotros los adultos, como no los comprendemos, los amaremos mal y les ayudaremos mal cuando son ellos los que más necesitan cariño. La aventura social empieza por una tragedia y esta injusticia.

Luc Ferry: Sí, pero sin embargo, podemos, muy bien sentir angustias incluso cuando se han tenido ¡unos padres adorables! Es lo que encuentro de lo más llamativo en la especie humana, incluso cuando no se han padecido duelos terribles, que no se ha vivido la experiencia traumatizante de la guerra, la cuestión del miedo se plantea. Incluso en un “periodo de tránsito”, la serenidad o la sabiduría parecen inaccesibles por el simple hecho de que somos mortales…

Me gusta mucho Freud, pero cuando dice, en una de sus famosas cartas a Fliess: “Cuando se piensa en la muerte, es que uno está enfermo, pues todo eso no existe objetivamente”, creo que dice una tontería. Creo que es exactamente lo contrario: cuando vemos “objetivamente” de qué estamos hechos, trozos de carne llenos de nervios con una piel frágil alrededor, cuando pensamos que el más insignificante microbio o el más insignificante descuido atravesando la calle puede quitarnos las personas más queridas, me parece que la angustia es más bien una forma de lucidez y no algo ¡patológico! A los ojos de los Griegos, el sabio es el que sin conseguir liberarse de este miedo a la muerte, no lo suprime por supuesto, pero hace algo de él.

Boris Cyrulnik: Pero sin miedo, ¡no tendríamos razón de amar! Si, idealmente, viviésemos en un no-lugar donde todo estuviese organizado a la perfección, no tendríamos ninguna razón para atarnos a otras personas. Hacen falta miedos para que alguien nos dé seguridad y para que el vínculo nos dé confianza en nosotros mismos. Cuando, yo pequeño humano, llego al mundo, la luz es muy fuerte, sin embargo estaba tamizada durante nueve meses; el ruido es fuerte, pero antes he estado como en una guata durante nueve meses; las sacudidas son fuertes, aunque vengo de una suspensión hidrostática durante nueve meses; y de pronto, me manipulan, tengo frío, por lo tanto lloro.

En ese momento llega un envoltorio que me da seguridad que va a reglar mi primer terror. Me ato porque gracias a él voy a remontar mi miedo. En el plano filosófico – ¡me voy a lanzar! -, esto quiere decir que si hubiese venido al mundo sin miedo, no tendría ninguna razón para vincularme. Esto quiere decir que no se trata de aportarles el máximo de seguridad a nuestros niños para que tengan confianza en sí-mismo, sino que hay que enseñarles a sobrepasar sus miedos. Desde Freud y su colega americano Spitz sobre todo, se nos ha hecho creer que mientras más satisfacemos las necesidades de nuestros hijos, más felices los hacemos; y se da uno cuenta que no es verdad del todo. Están satisfechos, pero están también muy ansiosos, muy vulnerables. Entonces no es el buen método. El resultado de una sociedad de consumo “sobreprotectora” es que los jóvenes, ahora erotizan el riesgo. No ha habido nunca tantas cicatrices por ejemplo. Los jóvenes se ponen a prueba porque no tienen sentido, porque no saben quiénes son.

Tener un ideal que nos guíe

Luc Ferry: Sí, pues este hiperconsumo al que nuestros hijos están llamados – una televisión en cada habitación, ordenadores, teléfonos pórtatiles … - no es posible a no ser que rompamos los valores espirituales y morales que constituían lo esencial de lo que nos ha sido enseñado; pues la estructura del consumo es la de la adicción. No soy para nada creyente, pero creo que no hay que subestimar hoy el efecto ansioso de esta “despiritualización”. Creemos hacer felices a nuestros hijos permitiéndole consumir, y se produce lo contrario… Dicho esto, me uno a usted en esto de que nunca acaba uno con sus miedos. Y todas las grandes filosofías han sido por así decir concebidas como unas especies de casas que podemos elegir para vivir, para protegernos, palacios donde se puede retomar fuerzas antes de salir a la calle para afrontar realidades a veces difíciles. Puede usted “alojarse” en Espinoza , “alojarse” en Nietzche o Kant como si usted se alojara en casa con arquitecturas diferentes.

¿Y por qué hay una pluralidad de casas filosóficas? Porque la estructuración de los miedos no es la misma en cada uno de nosotros, ni es tampoco idéntica históricamente en las diferentes sociedades.

Boris Cyrulnik: ¡Todos tenemos una casa en la cabeza! Y la casa que nos construimos habla de nuestra visión del mundo. En unos de mis libros, había ilustrado este tema con una fábula: un peregrino que iba a Chartres ve en el borde de la carretera un hombre picando piedras. Éste hace muecas, respira la infelicidad. Entonces el peregrino se para y le pregunta: “Señor, ¿qué hace usted?” El hombre infeliz, le responde:“He encontrado este oficio estúpido y mal pagado y me duele la espalda.”El peregrino sigue su camino y ve un segundo hombre un poco más lejos, con el torso desnudo picando piedras. Le hace la misma pregunta: “Señor, ¿qué hace usted?”“Pues, yo me gano la vida así, al menos estoy al aire libre” le responde el hombre. Más lejos, el peregrino ve a un tercer hombre ocupado con el mismo trabajo. Este último respira felicidad “Señor, ¿qué hace usted?” Y el hombre le responde: “Yo? ¡Estoy construyendo una catedral!”. Esta fábula muestra que el que tiene una catedral en la cabeza metamorfosea el modo de sentir lo real. El tercer hombre sufre de lo real, como los otros, pero tiene una representación de esa piedra que le da sentido. Dirijo actualmente unas tesis sobre supervivientes resistentes de los campos de concentración deportados. Constatamos que los que mejor han soportado el horror son los que tenían una “catedral en la cabeza”. El simple hecho de imaginar la misma catedral hacía que se amasen entre ellos y pudieran vencer su miedo gracias a ella. Es una sublimación necesaria, en la que hay afecto, vínculo, representación de imágenes…

Pero existen también sublimaciones mórbidas. En estos casos, se niega por completo lo real, y se comparte el mismo “delirio lógico” con otros que amamos pues hemos entrado en la misma secta – ya sea política, religiosa o laica - en este punto, hablaremos de confianza en uno mismo ¡patológica!

Luc Ferry: El problema está en que la catedral puede ser delirante. No habría que tomar la fábula como si quisiera decir: desde el momento en que cree usted en algo, está bien. ¡No, no está forzosamente bien! La idea de trascendencia en sí puede ser un nuevo delirio, Dios sabe que lo ha sido, y que lo es todavía hoy.

Una de las grandes cuestiones que se plantean las sociedades laicas es sin duda la siguiente: ¿Qué valores espirituales y morales, exigiendo sacrificios del individuo, pueden permitirle salirse de él? La idea de que vamos a encontrar todo en uno mismo -idea que domina a veces en el discurso psicológico- , algunos regresos al budismo o ciertos temas de desarrollo personal – es una inmensa ilusión, ligada justamente a la lógica del mundo del consumo. Contrariamente a lo que preveían los grandes desconstructores Nietzche, Marx y Freud, lo sagrado no ha desaparecido. Las trascendencias de entonces, verticales e inhumanas, Dios, la patria, la revolución, han desaparecido, cierto… pero en provecho de otras trascendencias nuevas encarnadas en lo sucesivo en la humanidad. Lo sagrado puede definirse como lo que estaría uno dispuesto a arriesgar, a sacrificarse. Pienso que hoy día los únicos seres por los cuales estaríamos dispuestos a sacrificarnos son nuestros allegados, los que amamos, y por extensión, claro está, los otros seres humanos, como lo vemos en la acción humanitaria.

(1) Una maravillosa desgracia y Los Patitos feos, De cuerpo y alma, todos editados en español en Ed. Gedisa.

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