Psicologia:El tercer año de vida 2

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El tercer año de vida 2


    El niño y la niña de 2 a 3 años: Su familia

    La madre seguirá siendo el centro del mundo del niño y la niña de 2 a 3 años. En momentos de problemas o angustia sólo la madre podrá ayudarle. Aunque el niño ya posee cierto grado de independencia, ella seguirá siendo el eje de su mundo. Ya ha podido comprobar cómo la madre se va y vuelve. Este conocimiento le permite poder explorar el mundo sin la presencia de la madre, no obstante, cuando él se siente demasiado autónomo, su seguridad se desvanece y tiene que recuperarla yendo de nuevo a buscarla. Al final del tercer año de vida, por fin se logra alcanzar lo que se llama en psicología "la constancia de objeto", es decir, se logra mantener la imagen mental del objeto amado y necesitado el suficiente tiempo como para poder estar realizando tareas de otro tipo, como por ejemplo, asistir a la escuela infantil, (soportando la dura espera de: Toda una mañana sin mamá).

    Aunque el niño de dos años pone constantemente a prueba sus capacidades, pronto vuelve a sus necesidades de bebé y a depender de la madre. Sus habilidades son cada vez mayores, pero sus bruscos cambios de humor pueden ser también motivo de irritación.

    Aunque si algo anda mal o si se encuentra atemorizado, el niño sólo reclama la presencia de la madre, es a ella a la que también responsabiliza de todas las desgracias. El niño de pocos años cree que la madre es todopoderosa y omnisciente. Su seguridad se apoya en ella, de manera que todos los accidentes o hechos desafortunados que a él se refieran es por culpa de su madre.

    El padre entra en escena en la vida del niño desde muy temprano, como una persona de gran importancia. En la segunda mitad del primer año podemos observar ya un intenso afecto hacia el padre. Este vínculo puede ser a veces tan estrecho que la madre puede incluso sentir celos. 

    Normalmente las fluctuaciones en el afecto hacia el padre o la madre es la norma, pero una notoria preferencia hacia uno u otro durante un largo período de tiempo también es algo frecuente. Sin embargo, todavía a esta edad el niño recurre preferentemente a la madre cuando se ha lastimado o tiene miedo durante la noche, como ya dijimos.

    La conversación entre los adultos no es fácil cuando se halla por medio un niño de dos años. Éste hará lo imposible para que aquéllos dejen de prestarse atención mutuamente y se dirijan hacia él. Es decir, el sentimiento de exclusión para él es simplemente intolerable. Deberá enfrentarse con el eterno problema de la relación triangular. Su amor es intensamente apasionado y el dolor de ser el tercero, el que está de más, es a menudo muy agudo.

    El amor hacia el progenitor del sexo opuesto trae sentimientos de remordimientos, provocados por los celos y por el deseo de suplantar al otro progenitor, al que el niño también quiere y necesita. Esto se traduce muchas veces en pesadillas nocturnas. 

    El niño se siente herido y excluido de la relación entre sus padres. Esto es consecuencia del hecho de vivir en la comunidad social de la familia, pero el niño gana algo al superar los celos y la cólera que surgen, y cuando crezca, estará preparado para el intercambio que suponen las relaciones sociales fuera de la familia. Estos primeros impulsos y sentimientos se reeditarán de nuevo en la adolescencia. 

    El amor del niño hacia sus padres es apasionado y habitualmente incluye el deseo sensual de un estrecho contacto físico con ellos. Cuando un niño quiere a su madre, ahora se convierte en un pequeño amante que quiere acariciarla, abrazarla y besarla. A menudo se manifiesta claramente que su amor está teñido por la excitación sensual y sexual. El niño puede tener erecciones y mostrar su masculinidad de diversas maneras, en especial en su rivalidad hacia el padre. Del mismo modo la niña de esta edad tiene, por lo general, una actitud muy coqueta y femenina hacia su padre.

    Este amor apasionado hacia los padres también linda con la agresión, ya que la frustración de saber que él no es en realidad el poseedor exclusivo de su querida madre o de su padre, le produce cólera. Sus propios sentimientos violentos pueden atemorizar a veces al niño y también confundir y asustar a los padres.

    Este tema, como tantos otros, habrá que tratarlos con la delicadeza que se requiere, por una parte aceptado los deseos amorosos del hijo y por otra repudiando las actos agresivos dirigidos hacia ellos o hacia otras personas del ámbito familiar, pero también demostrando al niño que se le sigue queriendo y que a pesar de sus sentimientos la pareja sigue estando intacta así como el amor por parte de ambos progenitores hacia el hijo, que no sólo no se ha debilitado sino que por el contrario, se ha fortalecido.

    Esto hará que el niño pueda postergar sus deseos y podrá desistir en el empeño de elegir a uno de los progenitores como futura pareja, pensando que cuando sea mayor siendo como su padre, en el caso del hijo, podrá conseguir el amor de una mujer como su madre. Pero para que esto ocurra deberá pasar al menos tres o cuatro años más.

    © Francisco de la Flor Terrero

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