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La Adolescencia 0

Traducción de una entrevista al Dr. Boris Cyrulnik


¡LA ADOLESCENCIA, UN FENÓMENO EN VÍA DE DESARROLLO!
por el Dr. Boris Cyrulnik (Neuropsiquiatra, Psicoanalista y Etólogo humano) *

Es bien simple, hay culturas donde la adolescencia no existe.
La pubertad, ella sí, tiene un determinismo hormonal que modifica el cuerpo de una niña o de un niño y los hace aptos para la reproducción, pero la adolescencia es un fenómeno psicosocial que aparece solamente si las condiciones técnicas y culturales conciben condiciones favorables para ello.
En un contexto natural difícil, la supervivencia es prioritaria. Una niña se casa y se queda embarazada en el preciso momento en que su vientre se lo permite y un niño es enviado al campo o al taller cuando sus brazos pueden. En ese contexto, la adolescencia no tiene tiempo para nacer.
Los jóvenes son cada vez más diferentes de sus padres.

Hoy, para la mayoría de los pueblos del planeta, la adolescencia está en vía de desarrollo y en las culturas occidentales su duración se prolonga muchísimo. Este fenómeno que conjuga lo biológico con la cultura plantea un problema psicológico mayor: nuestros jóvenes desarrollan personalidades muy diferentes de las de sus padres. Cuando una chica joven debía ocuparse de dos o tres hijos a partir de los 16 a los 20 años, no tenía tiempo de pensar en su aventura social. Cuando un niño trabajaba en el campo desde las cinco de la mañana hasta el atardecer no tenía tiempo para reflexionar sobre problemas culturales. La cultura estaba pensada para una minoría de aristócratas, de grandes burgueses, de algunos curas y filósofos. En Francia hasta la mitad del s. XVIII, el 2% de la población solamente se dedicaba a la cultura. Los otros se debatían para poder sobrevivir.
La explosión tecnológica de estos últimos cincuenta años, la mejora de la higiene alimentaria y de las condiciones educativas han hecho que la pubertad (sobre todo en las niñas) baje unos cuantos años. Sin embargo, el aprendizaje de un oficio se alarga cada vez más y todo esto conlleva un retraso en la integración social de los jóvenes.
Para que ocurra lo podríamos llamar “adolescencia moderna” tiene que transcurrir un periodo de varios años hasta que los jóvenes estén aptos para la sexualidad y el momento en el que se puedan integrar en la sociedad. Este período, hoy día, dura en Francia desde los 12 a los 25 años aproximadamente, mientras que hace dos generaciones, no duraba más que dos o tres años. Este fenómeno provoca la aparición de dificultades psicológicas hasta ahora impensables.
Diversidad pero también riesgos
La sociedad que reduce la edad de la pubertad y retrasa la integración de los jóvenes, no se hace cargo de ellos. Los adolescentes, en esta sociedad moderna en la que los padres desaparecen por la mañana y regresan por la noche agotados, ya no están envueltos, estructurados, encuadrados por un grupo social y cultural. Las jóvenes personalidades, menos constreñidas por un entorno adulto, crecen mejor, en direcciones diferentes, lo que puede considerarse como un beneficio porque no hay un sólo modo de desarrollarse, pero en caso de dificultad, no habrá tampoco puntales, enganche por parte de un miembro del grupo, lo que puede considerarse como un maleficio.
La urbanización hace aparecer este fenómeno a partir de la primera generación: el relajamiento de los lazos con la familia le permite a una minoría de jóvenes escapar a las limitaciones de la tradición e inventarse personalidades que no habrían tenido el derecho ni la posibilidad de desarrollarse en otro contexto. Pero, los que, debido a un problema sicológico o debido a una herida escondida, no consiguen beneficiarse de esa libertad, rechazan la ayuda de su familia, porque en un contexto de ablandamiento de los vínculos, toda familiar nuclear hace el efecto de una prisión. Incluso cuando los padres desean ayudar al joven, el contexto cultural atribuye a esa tentativa de proximidad afectiva la significación de una intrusión, como si el joven dijese: "Los otros adolescentes crecen mejor lejos sus padres, y ustedes, penetráis en mi mundo psíquico en el que soy infeliz".

¿Responsabilizar a nuestros adolescentes?
En una sociedad en guerra o en un ambiente ecológico difícil, este razonamiento es impensable porque la familia se convierte en el vínculo de la seguridad, del afecto y de la ayuda mutua. Todos los adolescentes cantan sus alabanzas. Sin embargo en un contexto de paz, donde los progresos tecnológicos y culturales no hacen indispensables los vínculos afectivos, la familia ha perdido este efecto protector y el joven al contrario lo siente como un opresor. Oigo desde aquí a los malintencionados pensar: “Entonces, usted dice que lo que hace falta es una buena guerra”. Está claro que no digo eso. La familia se acobarda cuando la desgracia es cotidiana.
¿Habría que responsabilizar a nuestros adolescentes entonces? Este trabajo no lo pueden hacer familiares cercanos, los adolescentes los enviarían a paseo. Tan sólo la cultura puede inventar lugares y leyes para pedirles a los jóvenes de ocuparse de las personas mayores, de instruir a sus hijos, de trabajar en el campo o de reconstruir casas derrumbadas. Esto sería un oficio verdadero, una auténtica responsabilidad, una pequeña paga que les ayudaría a proseguir sus estudios.
Sueño, claro está, pero los alemanes, los suecos, los islandeses y algunos otros países desarrollan este tipo de estructura en el que los adolescentes parecen estar a gusto. Se pagan su autonomía, escapan de sus familias y sienten esos años de adolescencia, de trabajo, de estudios y de libertad como un rito de iniciación de los que están orgullosos después de la prueba.
Para crear este tipo de estructura intermediaria, entre la prisión familiar y la angustia social, hace falta una cultura rica y en paz. Y para pensar una adolescencia de este tipo entre el nido y la aventura, hacen faltan filósofos, curas y artistas para enunciar lo prohibido y explicar su valor. Es muy curioso que, la prohibición familiar es una asfixia para un adolescente cuando la cultura no le da la posibilidad de vivir fuera de su familia. Sin embargo cuando el joven piensa que va a ser acogido por la sociedad, la misma prohibición produce un efecto de seguridad y “narcisista”: “Si respeto esta ley, me voy a sentir moral y en seguridad”.

Las familias pierden el poder
El culto al rendimiento que se desarrolla en Occidente impide estas estructuras intermediarias. “Debes quedarte en tu familia para conseguir mejores resultados en tus estudios….Haz lo que quieras, pero sé el primero” dicen los padres que quieren ayudar a sus hijos. Esta amable proposición suprime los encuadres y las prohibiciones, a cambio de un éxito angustiante.
En este tipo de cultura, el joven se ve sometido a la asfixia familiar y angustiado por un ideal de éxito, el fracaso entonces se convierte en una herida grave que explica por qué tantos adolescentes prefieren no intentar nada antes que correr el peligro de fracasar. El dolor es menor cuando se le atribuye el fracaso a otro. La decepción es dolorosa cuando el ideal de uno mismo no se ha realizado cuando los padres les han dado todas las oportunidades: “Fracaso, no realizo mis sueños, a pesar de tener todo en la palma de la mano”.
La idea que emerge de esta pequeña reflexión, es que estamos sometidos al entorno técnico y cultural que nuestros mayores han inventado. Estos descubrimientos provocan cambios familiares y psicológicos que tenemos dificultad en comprender pues evolucionan rápidamente. Sea lo que sea, las familias extensas y los parientes próximos no tienen el poder afectivo y psicológico que les pertenecía hace tan sólo una generación. Y no sé si esto es un progreso.

Traducción realizada por www.internenes.com

Artículo original en http://www.leconomiste.com/article/65279l-adolescence-un-phenomene-en-voie-de-developpementbr-par-le-dr-boris-cyrulnik


* Boris Cyrulnik es neúrologo, psiquiatra, psicoanalista y pionero de la etología humana francesa. Es conocido por sus aportaciones al concepto de resiliencia que podríamos definir de este modo: capacidad para sobreponerse a las adversidades, a los traumas psicólogicos y las heridas emocionales más graves, (como el duelo, la violación, la tortura, la deportación o la guerra tanto como a las violencias psíquicas y morales) y salir fortalecidos de la situación. Según Cyrulnik dotando el dolor de sentido podemos llegar a ser felices porque según él para ser feliz hay que haber sufrido. La clave de la resiliencia residiría en los lazos afectivos y en la solidaridad humana. Su vida es un ejemplo de resiliencia. Nace en el seno de una familia judía en 1937 en Burdeos (1937). Sus padres fueron exterminados en un campo de concentración, del que logra huir con apenas 6 años. Estuvo en varios centros de acogida hasta que fue adoptado por unos granjeros que le permitieron crecer y estudiar hasta llegar a ser médico. Actualmente vive en Seyne sur Mer, al sur de Francia y dirige varios grupos de investigación, trabaja con Universidades, da conferencias y escribe. Sus libros son éxito de ventas en Europa. Es un viajero incansable, le gusta la pintura, jugar al fútbol, ver partidos de rugby y escuchar música.


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